«¿Acaso será posible que quien esté escribiendo esto sea el protagonista de otra de mis invenciones y que quien lo esté leyendo un personaje más dentro de la historia?»
























«Hay un momento antes de escribir, cuando el mundo calla y las voces del pasado comienzan a susurrar»
En la interrogante
está la evidencia.
Desde el momento en que nacemos buscamos, instintivamente, dotar de certezas a un mundo cuya realidad no ofrece más que incertidumbre.
Cuando crecemos y desarrollamos la capacidad del lenguaje, adquirimos una herramienta importantísima para manifestar nuestra intención de obtener certezas y resulta que a temprana edad, con la lúdica curiosidad de niños, en un bucle incesante, determinado y agotador para los adultos comenzamos a indagar desesperadamente en los ¿por qué? Nada es incuestionable, lo absoluto es complejo por no decir ridículo y las infinitas posibilidades de la verdad nos ilusionan hasta lo más profundo de nuestro ser a pesar que no tengamos la conciencia aún para razonarlo de esta manera. Sigue siendo puro instinto.
Entonces ¿por qué decidí escribir?
Con el paso del tiempo, cuando mi rol u obligación como ciudadano dentro de una sociedad inclinó la balanza a su favor frente a mi primera condición de humano, las respuestas a mis preguntas se fueron categorizando y su aspecto se volvió rígido.
Las infinitas posibilidades se limitaron y la estructura de la verdad, por más funcional que fuese, no lograba conformarme.
Fue la sensación de un instante repentino y a su vez de toda una vida la que me llevó a reencontrarme con el niño que había sido para emprender juntos, otra vez, este camino de preguntas y respuestas, de curiosidad y descubrimiento, de imaginación y posibilidades, de opiniones y verdades.
En mi caso es la escritura la ciencia que burló al espacio/tiempo y me permite, cuando lo deseo, verme a mí mismo y a los demás en distintas líneas temporales o realidades alternativas.
Por supuesto encuentro en la escritura un lugar de gusto y plenitud, pero también representa un momento de libertad. Cuando escribo las normas se desvanecen y me elevo a un universo infinito de posibilidades, el mismo que veía cuando era niño y la verdad no estaba sometida al orden establecido.
Cuando escribo me encuentro conmigo mismo y en ese diálogo interno me comprendo mejor de lo que cualquier religión, bandera o algoritmo pueda llegar a lograr jamás.
Mi nombre es Mariano Drudi y escribo para los que aún seguimos en la búsqueda de respuestas.
