Los rayos del sol matutino se cuelan a través de las hendiduras de la cortina y calientan mis manos mientras son guiadas por una especie de interruptor automático, deslizándose sobre el teclado en mi escritorio ante la solicitud o reclamo de un nuevo cliente.
Naturalmente, estos mismos rayos intentan generar calor en mi inexpresivo rostro, que se mantiene inmutable, frío e incluso inhumano durante el transcurso de la jornada laboral.
Inmerso en una rutina de la cual no comprendo cómo escapar, sigo involuntariamente el ritmo de la vida, desahuciado, entregado a no ser más que un simple componente de esta visceral y colosal maquinaria que consume demasiada energía para seguir avanzando. Agotado de luchar contra las fuertes corrientes y los pobres peces que inconscientemente nadan en ellas, pero también frustrado por no haber encontrado, aún intentándolo, las aguas calmas para contemplar la vastedad de lo que nos rodea por miedo o confusión a ser devorado, producto del hambre insaciable de las prehistóricas bestias.
Otra vez mi filosofía me traiciona y comienzo a divagar, pero no por demasiado tiempo, ya que un nuevo cliente activa el interruptor automático y mis manos comienzan a funcionar sobre el teclado. No puedo evitar sentir impotencia ante la indiferencia de mis interlocutores, pero tampoco puedo culparlos. Ni los clientes ni yo somos los responsables de la dinámica en esta interacción, solo somos dos simples piezas, cada una desde su lugar, programadas por la colosal maquinaria para funcionar de tal manera. Ambos creemos estar persiguiendo algo propio, pero no es la realidad. Mientras seguimos corriendo la eterna carrera, unos pocos han de permanecer tranquilamente en la meta.
Otra vez mi filosofía poco rentable, pido las disculpas correspondientes.
He tomado una decisión, la única que realmente me pertenece. Sé que algo nuevo me espera, algo propio del sistema ancestral y superior. Aquel en el que las normas y creencias que mantenemos se vuelven tan ridículas e ilusorias como la vastedad misma del universo.
—¡Vittorio! —exclamó una contundente voz.
Inmediatamente agarré el celular para confirmar mi sospecha.
—¡Me quedé dormido! —respondí exaltado al tiempo que mis ojos hacían un esfuerzo por enfocar la pantalla.
Eran las 7 a. m. y rápidamente entendí que no llegaría a tiempo al trabajo. Incluso ya en mis sueños, o más bien pesadillas, me veía reflejado en lo que vagamente a diario vivía. Por primera vez en mucho tiempo, el incumplimiento de mis obligaciones no me importó.
Misteriosamente, decidí aceptar el curso del destino, como si este hubiera aceptado la posibilidad de una tregua con mis ideas y quisiera al fin que las cosas sucedieran tal cual se habían planificado. Una especie de encuentro amistoso entre las energías del cosmos y los pensamientos de una persona. Quizás no era la forma en que siempre lo había imaginado, pero me consolaba la idea de que al menos una vez el destino no me había dado la espalda. Eso, a esta altura, tenía significancia. Y mucha.
Me tomé exactamente quince minutos para reposar tranquilo en la cama mientras observaba el techo de la habitación en un persistente intento por ver a través de mí mismo.
Era curioso cómo aún, con el pesimismo galopando a través de mi torrente sanguíneo, debilitando la fuerza de mis latidos, encontraba belleza en la uniformidad. Quince minutos exactos fueron los que estuve tratando de encontrarme, y el hecho de no desperdiciar ni un solo segundo en ese nuevo intento me dio cierto placer.
Salté de la cama y la siguiente línea de sucesos respetó la monotonía de todos los días. Desayuné, me duché, me arreglé y leí brevemente las noticias en mi celular antes de partir. Particularmente, la avena esa mañana tuvo más sabor, el agua tibia sobre mi espalda me reconfortó en lugar de salpicarme y me encontré con una noticia que en cierta medida me alentó a creer en la sociedad de la que soy parte en lugar de recordarme lo triste de la realidad.
Manejaba pacíficamente mi moto hacia el trabajo y sonreí levemente al notar que los demás conductores intentaban, siempre con una imprudencia audaz, encontrar los espacios para adelantarse entre ellos en una especie de carrera urbana. La tímida sonrisa se convirtió en una carcajada cuando no comprendí el premio de ser primero en esa competencia, o más bien cuál sería el castigo por no serlo. Una señora que estaba en el auto al lado mío, esperando la luz verde, notó mi carcajada y no pudo evitar mirarme con desdén y un poco de preocupación al considerarme un loco al volante.
Observando a las demás personas en su desesperación por cumplir, vaya uno a saber muy bien qué, me fue necesario, más bien imperativo, reflexionar acerca de la definición de Einstein de la locura y el fin último de la existencia en la filosofía de Aristóteles.
-¿Efectivamente las personas lograrán alcanzar la felicidad repitiendo esta misma rutina una, otra y una vez más?-
Más adelante en mi trayecto, recordé a la señora parada hacía un par de minutos a mi lado. Me pregunté: ¿cuál de los dos está loco realmente? Evité una carcajada, alguien más podría reparar nuevamente en mí y, simplemente, no lo entendería.
Una vez en la oficina, comencé mi tarea, no sin antes dar las explicaciones por mi retraso. No utilicé demasiados recursos intelectuales para crear una historia digna de ser creída; de cualquier forma, ya no tenía sentido.
Cuando comencé mis actividades laborales, me invadió una inmensa sensación de placer poder al fin sentir una calma genuina ante las superficiales presiones de la vida diaria y una templanza total frente a las exigencias habituales.
Mi indiferencia fue tan notoria que mis superiores advirtieron que tendríamos una conversación en unos días. Tal advertencia no logró perturbar en lo más mínimo mi persona porque la paz que sentía muy pocos la llegan a sentir, ya que no es más que la certidumbre en relación al futuro y yo muy bien sabía que esa “conversación” nunca sucedería.
Mientras regresaba a mi casa, noté cierta tristeza en mí por haber transitado ese día tan especial de aquella manera, pero pronto concluí que debía ser así. Después de todo, era la primera vez que el destino acompañaba prolijamente mis planes y no iba a atentar contra eso.
Llegué a mi departamento y automáticamente comencé a ordenar el desastre que había acumulado durante el último tiempo solo con la intención de no pensar. Logré rápidamente mi objetivo y dejé impecable todo lo contenido en ese limitado espacio, para permitirme contemplar, nuevamente, la belleza en la uniformidad.
La obsesión por la perfección estructural en todos los sentidos parecía ser lo único que me incitaba a desistir, pero la decisión ya estaba tomada.
Había dejado en mi escritorio un par de hojas y un sobre, y con ellos una lapicera color plata que tenía mi nombre bordado en dorado. Era casi poético.
Cuando el reloj marcó las 18:16 horas, emulando la independencia de un sistema opresor, comencé a despedirme de este mundo, escribiendo distintas declaraciones, como supieron hacer los promotores de una nueva y soberana tierra, la patria mía. ¿Acaso también estaba consiguiendo mi libertad?
—¡Vittorio! —exclamó una contundente voz.
Me percaté enseguida de que me había dormido sobre la mesa, pero no por mucho tiempo. La luna estaba iluminando con vigor sus primeras horas en esa estrellada noche y me encontraba frente a mi escritorio con un sobre sellado que tenía una carta en su interior.
Finalizada la tarea principal, desgarradora tarea por cierto, ya que me había convencido de que sería sencillo debido a la apatía dominante luego de haber tomado la decisión, me encaminé hacia el balcón para sentir la brisa cálida que anticipaba el inminente verano. Mientras una cantidad reducida de transeúntes continuaban inmersos en su rutina, o escapando brevemente de esta, unos siete pisos arriba me podían encontrar a mí, Vittorio, un joven con una vida saludable y aparentemente prometedora, con mucho por conquistar, admirado por terceros por su talento y capacidad discursiva. Pero existía, también, otro Vittorio. Difícil de conocer y complejo de entender. Totalmente impredecible en su accionar. Un ser con un vacío existencial capaz de oscurecer cualquier luz de esperanza. Capaz de absorber cualquier intento de supervivencia. Un Vittorio envuelto en la dialéctica de presumirse dueño de una larga y próspera vida al tiempo que era sometido a la servicial e inquietante tentación de la muerte.
Quien tiene un porqué para vivir encontrará casi siempre el cómo.
Si bien uno de los dos tenía demasiados porqués, la realidad era que el otro no tenía ninguno. Y como un agujero negro en el espacio, ese vacío se iba apoderando de mí y devoraba toda la vida.
Nuevamente presente pero sin estarlo, observé la ciudad desde mi balcón y nació en mí la pesadumbre por no haber compartido un último y especial momento con aquellas personas, pocas por cierto, a las que, fuese donde fuese, iba a extrañar eternamente y de seguro ellas a mí también. El arrepentimiento fue breve al convencerme de que ese momento, por más bello que pareciera, hubiera sido imprudente. Mi ánimo me habría delatado y un impulso de advertencia a los presentes podría haber atentado contra el destino, aquel destino que ya estaba sellado. Tan sellado como lo estaba el sobre encima de mi escritorio.
El mes anterior, cuando el recurrente pensamiento se había convertido en decisión, empecé a investigar todas las formas posibles de acabar con una vida; no digo existencia porque esta se había extinguido hacía ya unos cuantos años. Si expongo detalles, se sorprenderán de la infinidad de opciones con las que contamos para hacerlo.
Luego de una tétrica investigación, opté por una manera. Era, aparentemente, la más “limpia” y uniforme, siempre prolija, de hacerlo.
—¡Vittorio! —exclamó una contundente voz.
Instintivamente me inundó un sentimiento de arrepentimiento al oír aquella voz, el grito desesperado de la persona dentro de mí que sí elegía decididamente vivir ese día y miles más, pero lamentablemente era tarde. Había negado la vida tres veces antes de que el gallo cantara.
La madrugada del tercer viernes de noviembre del vigésimo tercer año del segundo milenio después de Cristo, expresado de una manera rudimentaria, en el año 2023, a mis veinte y siete años de edad, me encontraba meticulosamente acostado en mi cama, envuelto en un profundo terror. En aquel momento, frente a la inminente muerte, me sentía más vivo que nunca.
Las nubes me atravesaban y eran, al mismo tiempo, parte de mí.
La velocidad era relativa, avanzaba en fracciones que me permitían recorrer el mundo entero más de doce veces por segundo, pero eso no me impedía contemplar cada suceso en detalle a mi alrededor.
Viajaba en lo que parecía un carro romano, tirado por dos caballos, uno blanco y otro negro, conducidos por un auriga sin rostro. Dos inmensas alas elevaban el pesado vehículo, acercándose al arco que sostiene el cielo. No era un pasajero, tan abstracta y claramente era el carro en sí, cada parte del mismo. No tenía pasado ni futuro. No existía contrario a mi esencia. No poseía conocimientos ni valoraciones. Solo el viaje al más allá, por encima de las visibles alturas.
Me acompañaban, en cualquier dirección, incontables carros alados, todos guiados por uno en particular, comandado por un hombre de presencia divina que surcaba los cielos con facilidad y templanza, ordenándolo todo y de todo ocupándose, seguido en primera instancia por un número reducido de otras divinidades capaces de dominar los aires y su carro, siguiendo a su imponente líder.
Más atrás seguíamos los miles de millones que intentábamos a duras penas seguir el ritmo. Todos los aurigas de este grupo multitudinario parecían enfrentarse a grandes dificultades para controlar a uno de los caballos que tiraban el carro hacia abajo, más cerca de la Tierra, y el movimiento de las riendas se volvía penoso para avanzar en el viaje y superar las barreras por detrás del cielo, donde el líder y su séquito divino ya cursaban las sendas celestiales de la Verdad.
Todo lo que parecía pacífico se convirtió en tormento cuando muchos de los aurigas de los carros que transitaban a mi mismo nivel se dejaron vencer por las fuerzas del caballo indomable y cayeron en picada a la Tierra. Cada átomo de mi alma intentaba incansablemente templar a mi auriga y evitar la victoria del salvaje caballo que decididamente buscaba descender. En mi notable esfuerzo, logré contemplar una pequeñísima parte donde el dios del cielo ya reposaba cómodamente en el Olimpo acompañado de su linaje apolíneo para luego, inevitablemente, perder el control y caer brutalmente al plano terrenal, golpeando contra la oscuridad en un olvido y silencio total.
—Vittorio —exclamó, en esta ocasión, una tierna y delicada voz.
De repente, la luz volvió y quedé impactado, perplejo, al notar que un ángel se había encomendado al alma de un agnóstico como lo era y había sido yo desde siempre.
—Tranquilo, no te alteres. Solo estamos nosotros dos —continuó la tierna voz.
—¿Qué? ¿Nosotros? ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? —traté de incorporarme al momento que preguntaba. Nada tenía sentido, hasta que el natural hecho de sentir el dolor en mi cuerpo me hizo caer en la cuenta. Aunque estaba convencido de lo contrario el destino, una vez más, se había encargado de frustrar mis planes.
—Tranquilo, de verdad, todo va estar bien —insistió la delicada voz.
Con una serenidad imprevisible para una persona que se había intentado suicidar, me recosté nuevamente en la cama, mareado y dolorido, pero plenamente consciente del lugar en el que estaba.
—¿Podrías darme un poco de agua? Tengo la garganta seca —le pregunté a mi supuesto ángel.
—Sí, tengo agua para darte. Te pido solamente que bebas con prudencia y me comentes si sientes algún dolor físico que seas capaz de reconocer —respondió la enfermera.
Me tomé un tiempo considerable para beber tan sólo dos sorbos de agua, pero no fue por acatamiento a las indicaciones recibidas, sino más bien por la necesidad personal de aceptar lo que estaba sucediendo.
Miré la sala donde me encontraba e intenté explicarme cómo había llegado allí, y más importante, el hecho de que ¡había fallado! en el intento de quitarme la vida y la vergüenza e impotencia que ello me provocaba.
—Vittorio —insistió la enfermera—. ¿Sientes algún dolor físico que puedas reconocer?
Inmediatamente reparé en el detalle de su pregunta. Era obvio que debía conocer la causa de mi estancia en el hospital, pero era necesario recalcar la palabra “físico”. Entendía que ella debía de presuponer qué dolores emocionales habría como causa de mi decisión, pero… ¿Estaba evitando que yo osara querer contarle sobre mis emociones? ¿O pensamientos? ¿O que la utilizara de sostén para quebrar en llanto en busca de consuelo? No. Definitivamente no haría algo así. O quizás la pregunta era en el tono correcto que su perfil profesional exigía. De todas maneras era una enfermera, no una psiquiatra o psicóloga.
—No, dolor no. Solo cansancio y mucho. Te agradecería si me dejaras solo, por favor —respondí, ocultando el insoportable dolor de estómago que me afectaba.
—Bien, es importante que no haya dolores. Lamentablemente, y a pesar mío por querer cumplirle, no voy a poder retirarme de la sala. No al menos hasta que venga el médico.
“Claro”, pensé, “en qué momento creí que dejarían sola a una persona como yo, luego de haber intentado lo que intentó”.
—¿Y el médico vendrá? —consulté a la enfermera, quien dirigió su mirada al básico reloj colgado en la pared lateral izquierda, por encima de la puerta que debía conducir al baño de la habitación.
—Son las tres de la mañana —dijo—. El doctor Vasileiou tuvo que entrar a una cirugía programada impostergable. Tendrá al menos seis horas de arduo trabajo por delante.
Perfecto, la noticia que deseaba escuchar. Estando repleto de frustración y amargura, era angustiante tener que estar seis horas acompañado de una persona de la cual solo podía sospechar lástima hacia mí. Sabía que no lograría conciliar el sueño y que tampoco me lo iban a facilitar, pues la enfermera sospechaba de mi intenso dolor de estómago cuando me acercó un recipiente y una toalla limpia al costado de mi cama. Ese gesto me hizo confiar instintivamente que estaba en compañía de una profesional difícil de engañar, por lo que fingirse dormido era si no insensato, al menos patético.
Los siguientes minutos transcurrieron en un silencio mortal, como si ambos en la habitación no fueran más que dos pacientes a la espera de ser llamados en un turno médico, totalmente ajenos el uno del otro.
Me resistía a la idea de haber fallado en mi plan, por lo que, inconscientemente, dejé de creer en todo lo que había sucedido y, junto con la vergüenza que me provocaba el desenlace de la situación, evité cualquier tipo de conversación o silencio que dejara de manifiesto implícitamente lo sucedido unas horas atrás.
—Las tres de la mañana, ¿no? —comenté por lo bajo, dejando escapar una leve sonrisa.
—Sí, exacto —respondió la enfermera—, las tres pasadas.
—El horario del diablo —contesté a secas, comprendiendo apenas lo ridículo del comentario.
—Eso dicen, quizás sea el mejor horario para liberar los demonios, ¿no crees? —contestó nuevamente la enfermera. Su respuesta me dejó perplejo, ya que, no solo no esperaba una, sino mucho menos una que incluyera intriga. ¿Acaso la situación era igual de incómoda para ella tanto como lo era para mí? Posiblemente, después de todo, tenía que compartir seis horas con un suicida al que ni conocía y lo único que deseaba era distraerse hasta cumplir las próximas horas. Sea cual fuese la realidad de su pensamiento, me limité a convencerme de que, comprendiendo mi actualidad, me convenía seguir en esa especie de demencia psicológica social.
—Una vez que se abre la caja de Pandora no es posible volver a cerrarla —aludí sin terminar de lograr coherencia en mi comentario.
—¿Te gustan los mitos? —insistió la enfermera.
—Más de lo que deberían —contesté más relajado.
—A mí también —continuó ella—, y sabrás muy bien, tal como lo cuenta el mito de Pandora, que al abrir la caja estaremos liberando los males, pero también conservaremos la esperanza, que es lo último que se pierde.
Su respuesta me brindó dos claridades. Por un lado, estaba frente a una mujer adulta, no solo audaz en su profesión sino también intelectual en su formación. Por otro lado, indudablemente, evitar mi realidad y el motivo que nos encontraba allí sería imposible.
—No tengo interés en hablar de ello, al menos no en este momento —contesté mientras se esfumaba de mi rostro la diminuta iniciativa de conversación.
—¿No tienes interés en hablar sobre qué? —insistió la enfermera.
Una sensación de enojo me invadió, y sin poder controlar la euforia de la emoción creciente ante lo que creía un descaro de la mujer, exclamé en tono elevado:
—¡Intenté quitarme la vida! ¡¿No lo entiendes?! No tenía ni tengo interés en vivir. Tristemente hasta eso fallé, así que te pido disculpas, pero… No, no me disculpo por no querer hablar, no quiero y punto. ¡¿Está claro?! Seguramente te obligan a quedarte en esta habitación conmigo por miedo a lo que pueda hacer. Anda tranquila, que no va pasar, ya quedó en evidencia mi fracaso. ¡Quiero estar solo! ¡No quiero estar más! ¡Solo quiero morir en paz! Por favor, déjame…
La erupción volcánica de mi ser dio lugar a la lluvia ácida al quebrar en un llanto desgarrador e infantil. No entendía por qué seguía sufriendo en un momento en el cual ya no debería ni siquiera estar sintiendo. La realidad había sido demasiado insoportable para mí como para tener que seguir aguantando ahora con la carga de la vergüenza propia y la lástima ajena.
—Por favor, por favor —suplicaba por mi soledad.
Los minutos pasaron y con ellos las lágrimas. En todo momento noté que la enfermera permanecía inmutable en su lugar.
Con los ojos hinchados y una extraña sensación de calma, me recosté sobre la cama al tiempo que el dolor de estómago se esfumaba por completo. Con el sueño vino la esperanza y con la esperanza la ilusión de escapar, aunque sea durmiendo, de ese momento y de ese lugar.
En la oscuridad escuchaba gemidos, en principio al lado, muy cerca, luego otros, más lejos, pero seguramente todos dentro de un mismo espacio, siguiendo la misma línea. Luego, una tímida luz dejó en evidencia mi cuerpo y el de otros. Cada uno de nosotros, encadenados en nuestro cuello y piernas a un suelo de tierra húmeda, y frente a nuestros ojos un enorme mural de piedra, infinito y circular que rodeaba y servía de pilar para un techo montañoso, que nos privaba de cualquier interacción, más que las sombras en forma de figuras que danzaban gracias al reflejo de un fuego, el cual no podíamos apreciar más allá de la iluminación que generaba en aquello que contemplaba la mirada de todos los encadenados.
Todos miraban atentamente al frente, imposibilitados de observar hacia atrás, incluso de aventurarse en algo que no sea la interpretación de las sombras. Estaban privados de hacer otra cosa, aunque lo preocupante era su desinterés en intentarlo.
Hice un enorme esfuerzo por liberarme de las cadenas y otro aún más abismal por encontrar la salida de aquella caverna. Finalmente pude contemplar la belleza de las cosas y no la interpretación de ellas. La plenitud de esa radiante luz era demasiada para un individuo, y fui en busca de lo colectivo al adentrarme nuevamente en la caverna para liberar a los demás.
Mi ilusión se volvió ingenuidad cuando se rieron de mí, y ante mi insistencia y acercamiento, consiguieron sujetarme para violentamente acabar con mi insolencia. Mientras sentía el dolor mundano de los golpes en mi estómago por parte de los otros encadenados, percibí por última vez las copias en las sombras a la vez que recordaba la luz de la realidad.
Me levanté agitadamente sin poder evitar el vómito. El recipiente al costado de la cama contuvo la mayoría del fluido e, inmediatamente, visualicé la toalla limpia que me habían facilitado hacía apenas unos instantes. Luego, mientras limpiaba mi rostro, casi como un acto reflejo, miré el modesto reloj en la pared solo para sorprenderme de mala gana que mi sueño no había superado la hora.
Nuevamente, los extraños sueños platónicos acechaban mi inconsciente. No hice tiempo a pensar más allá de esa afirmación, cuando una tierna y conocida voz preguntó:
—Vittorio, ¿cómo te sientes?
La enfermera puso su mano en mi pecho y sus ojos se encontraron con los míos en una dulce mirada maternal.
—No muy bien, todo me da vueltas.
En esa oportunidad, ser sincero me pareció la mejor opción. Además, a diferencia de mi anterior despertar, no tenía la menor intención de que la mujer saliera de la habitación. Las imágenes de los sueños anteriores se repetían en mi memoria y solo deseaba encontrarle un sentido a la cadena de sucesos de la que debía haber sido mi última noche. La ternura en la mirada de la enfermera delató cierto interés genuino en mí, por lo que su compañía, además de resultar extrañamente reconfortante, podía ser de utilidad para esclarecer mis dudas.
Sujetando levemente la mano de la mujer que se encontraba calmando mi pecho, sin saber del diálogo que se aproximaba, pregunté:
—¿Podría darme algún calmante para el dolor de estómago?
—Vittorio —respondió la enfermera—, eso no será posible. Tu hígado está delicado y consumir cualquier tipo de calmante podría comprometer aún más su funcionamiento.
—¿Aún más? —consulté.
Pude distinguir el brillo en los ojos de la enfermera y cómo se remojó el labio inferior con la lengua cuando acomodó su mano en mi frente.
—¿Quieres un poco más de agua?
—Sí —le respondí, omitiendo el hecho de que hubiera ignorado deliberadamente mi pregunta.
Me facilitó el vaso con agua advirtiendo nuevamente las indicaciones de que bebiera en forma pausada. Habiendo quitado la amargura solo de mi garganta, y a pesar de sus peticiones para evitar que lo hiciera, me incorporé en la cama.
—Me disculpo por el atrevimiento, pero ¿su nombre? —consulté a la enfermera.
—¿Mi nombre? —replicó en tono desconcertado.
—Sí, tenemos al menos cuatro horas hasta que venga el doctor Vasileiou, además…
—Santina —respondió la enfermera—. Mi nombre es Santina.
Su inmediatez para contestar y la forma en que se acomodó en la silla junto a mi cama me hizo comprender que la mujer estaba dispuesta a seguir conversando. Lo que no dejaba de sorprenderme era la natural atención que ofrecía a la oportunidad de dialogar, cuando podía asegurar que, a juzgar por el contexto, solo estaba cumpliendo formalmente con su tarea, deseando que las horas aceleren su paso.
—Santina, lindo nombre —comenté—. Quiero disculparme por el exabrupto anterior. Últimamente no soy yo.
La enfermera sonrió cortésmente e interpeló lúdicamente:
—Las disculpas no son necesarias, tampoco los formalismos —continuó—. Vittorio, ¿quién eras antes de dejar de ser tú?
En cualquier otro momento, su pregunta me hubiera desconcertado, pero debía reconocer que algo en esa mujer logró aislarme del contexto. Es decir, horas antes había intentado acabar con mi vida. Lo último que recordaba era la infinidad de pastillas que había consumido y el terror que sentí al contemplar mi vacío interno cuando, de repente, sin más, aparecí en la habitación del hospital, acompañado de una presencia angelical que no dejaba de sorprenderme.
Era cierto que había fallado en mis intenciones. Lo que no era tan cierto era la manera en que el destino había frustrado nuevamente mis planes.
Faltando poco más de tres horas para que el misterioso doctor Vasileiou apareciera y obviando cualquier realidad que nos invadiera, nos entregamos con Santina a una conversación totalmente abierta y dispuesta. Sin formalismos ni miedos.
Es curioso la manera en que nos conectamos con algunas personas. Son conexiones capaces de absolutamente todo, incluso de desvanecer pasados y burlar futuros. Son conexiones atrapantes e intensas, en las que todo se vuelve ridículo y a la vez trascendente. Son conexiones inexplicables, pero también inevitables. Son conexiones que generan inquietudes cuando transmiten seguridad. Son conexiones limitadas, suceden pocas veces, aunque generan posibilidades ilimitadas. En fin, son conexiones ajenas a la razón, no obstante, son conexiones plenamente reales.
Por algún motivo sentía dentro de mí esta conexión con la enfermera. Era tan fuerte la sensación que podía asegurar que a Santina le estaba sucediendo lo mismo, y su accionar no solo confirmaba mi teoría, sino que delataba sus intenciones de omitir cualquier indicio de desistimiento.
—¿Entonces? —preguntó Santina—. ¿Quién eras antes de dejar de ser tú?
Ante la magnitud de la pregunta, me tomé un tiempo considerable para responder. Buscando, entre respiraciones hondas y profundas, las palabras correctas para resumir semejante combinación de posibilidades.
—Debo admitir que hacía tiempo no reflexionaba acerca de mi identidad, tal vez por la vorágine de los días y noches en automático o por la mera entrega al sin sentido del cuestionamiento —respondí con el afán de ganar los segundos necesarios que me permitieran descubrir la respuesta universal. Con el transcurrir de los años noté que mis argumentos habían perdido sinceridad para lograr una cierta profundidad capaz de deslumbrar a los demás en una especie de admiración por mis conclusiones. Admito que la vanidad se había hecho de mí como cualquier otro, pero esa noche retomé la seguridad para conversar genuinamente, ordenando solo lo necesario los argumentos, para que logren coherencia sin perder la legitimidad natural de mis pensamientos. Sería absurdo que a esa altura mendigara por aceptación ajena.
Sin más, iluminado por el reflejo de mi presente, relajando instintivamente mis músculos, continué:
—Creo que simplemente era.
La entrega de la enfermera a nuestro intercambio lingüístico, intrigada y sin perder la templanza, me hizo abrir una puerta que hacía unas cuantas etapas se había cerrado.
—¿Eras? —insistió Santina.
—Sí, era —respondí—. Cuando venimos a este mundo, somos, incluso quizás antes de venir también. Lo curioso es que, poco a poco, dejamos de ser para, sencillamente, existir.
La conversación tomó una dirección que inevitablemente llevaba a la obvia pregunta por parte de la enfermera:
—Te gusta mucho la filosofía, ¿verdad?
—A decir verdad, sí, mucho. Incluso me tomé la libertad de escribir algunos ensayos. Evidentemente mi carrera fue breve, no tanto por mi motivación sino por el pragmatismo adquirido que me hizo entender que no son rentables para la existencia. —Santina me miró con esfuerzo para entender a qué me refería—. Lo lamento —continué—. ¿Alguna vez escuchaste hablar del existencialismo?
—Algo conozco…
—Lo curioso del existencialismo es que no hay una respuesta o definición homogénea. A la vez, deja de ser curioso y se convierte en interesante cuando encontramos que la base del pensamiento existencialista es subjetiva. Por tanto, al ser un pensamiento particular para cada quien, difícilmente se convierta en algo homogéneo o único para todos. Sin embargo, podría apostar que encontraron la manera de convertir la existencia en una sola.
—La existencia precede a la esencia —interrumpió gratamente para mi sorpresa Santina.
—¡Exacto! El filósofo Jean-Paul Sartre fue quien estableció ese paradigma. En concreto, lo que intenta decir es que las personas somos libres de existir, y a partir de la libertad con la que contamos, podemos definir nuestra propia esencia, es decir, decidimos quiénes y cómo queremos ser. Prácticamente, cuando existimos, no somos nada, y solo después de definir nuestra esencia, somos.
—Entonces, ¿quién eras cuando simplemente eras? —preguntó Santina un tanto confundida, retomando el inicio de la conversación.
Inmediatamente comprendí que mi transparencia para hablar me había hecho perder coherencia.
—Últimamente tuve unos sueños extraños, recurrentes. Seguramente conocerás a Platón.
—¿El amor platónico? —respondió lúdicamente la mujer.
—El mismo. Bien, soñé con distintos mitos de sus obras, pero todos con un significado común. Nuestra alma cayendo a la Tierra, perdiendo la oportunidad de vislumbrar la realidad junto a los dioses del Olimpo. Nuestro despertar encadenados en la materia de nuestros cuerpos, confundidos por nuestra errónea percepción de lo que nos rodea. La desesperación de mi alma por conquistar al fin aquello que nos impide esta farsa de las sombras en la lúgubre cueva y recordar lo que alguna vez vio en aquel carro alado que surcaba los límites del cielo para descubrir la verdad y compartirla abiertamente con los demás.
—Entiendo que te refieres a la cueva de Platón, ¿correcto? —preguntó la enfermera.
—Sí —respondí—, la misma. ¿Has leído acerca de ella?
—Diría que más que leer, la viví en carne propia. Sin embargo, quiero terminar de comprender tus sueños.
La mitad del tiempo se había cumplido al estar cursando la tercera hora a la espera del doctor Vasileiou, cuando la enfermera y yo transitábamos el camino del diálogo, totalmente absortos en las palabras, sin más que la reconfortante sensación de descubrir la consciencia propia y del otro.
—La cueva de Platón —continué—, el mito que usó el fundador de la Academia para explicar su pensamiento político. Las personas encadenadas, que creen que las sombras son la realidad, aunque no son más que un reflejo producido por un fuego a sus espaldas. La necesidad de liberarse de las cadenas para salir de la cueva. Lo imperioso de dejar nuestro cuerpo para que el alma conquiste finalmente la verdad.
—Siempre me pareció interesante lo que plantea Platón en este mito. Si bien solo quería evidenciar que los filósofos eran los únicos capaces, por su tipo de alma, de rozar la verdad y guiar a los demás para salir de la cueva, porque eran idóneos para gobernar a través de la figura del filósofo rey —interpeló Santina—, considero que tiene infinitas interpretaciones en relación a cómo percibimos la realidad y, sobre todo, a cómo vivimos.
La conversación estaba tomando el giro necesario para concluir la idea. No obstante, habiendo tocado diversos temas, era necesario resumir y conectar los puntos para acabar mi respuesta a la pregunta disparadora.
—Entonces, Santina, me preguntaste quién era yo antes de dejar de ser yo. —El rostro de la enfermera se iluminó al entender que se acercaba finalmente la revelación—. No creo en
el existencialismo como tal, ese dualismo de existencia precede a esencia. Tampoco considero que no somos hasta que definimos con nuestras acciones quienes somos. Más bien, llegué a una conclusión que es una tríada: primero ser, luego existir para finalmente concebir una esencia. Somos al principio y no al final. Cuando somos, somos alma y conservamos la energía que nos impulsa a crear y distribuir esa energía, aportando a la naturaleza de lo que nos rodea, para tomar lo necesario de ella y devolverlo equitativamente. Ese primer impulso por descubrir, ese instinto por vivir y concebir vida. La gran mayoría, al momento en que toman en forma temprana la consciencia de su existencia, se creen libres de las decisiones que toman, cuando no son más que presos encadenados a la existencia definida por un sistema que persigue intereses particulares, moldeando así una esencia previamente diseñada por ese sistema. Al principio fueron las religiones, luego los Estados y finalmente las corporaciones los que moldearon la existencia. Más allá de cualquier creencia, modelo o ideología, por más contrarias que parezcan, son personalidades de un mismo sistema identitario. Anteriormente dije que el existencialismo se basaba en la subjetividad, por lo que no podían definirse esencias homogéneas. También mencioné que apostaría sin dudar de mis sospechas. Lamentablemente, lo único genuino en nosotros es nuestra alma, la primera parte de la tríada, cuando somos. Luego, en la segunda etapa, la del existencialismo, nos amoldamos según las subjetividades impuestas por el sistema para, finalmente, formar una esencia perseguida vilmente de antemano, y creemos que en ese punto recién somos alguien en la vida, cuando en realidad, paradójicamente, es el punto en que dejamos de ser alguien para convertirnos en algo. —Santina me miraba fijamente—. Creerás que estoy loco —continué—, pero siento que fui alguien en algún momento muy temprano de mi vida y me lo arrebataron. Me impusieron una existencia que no me corresponde y arruinaron mi esencia.
Noté que Santina se quedaba reflexionando en todo lo que había dicho. Sabía muy bien que, para la mayoría de las personas, lo que acababa de decir sólo podía interpretarse como palabrerías sin sentido, aburridas palabras, por cierto, pero para ella no. Confiaba en que lograría conectar los puntos de mi dura decisión y el mensaje que le estaba transmitiendo.
—Todo, absolutamente todo, es una farsa. ¡Una cruel y detestable farsa! —exclamé, inflando el pecho y sin sentir el miedo que me había acompañado durante años, al menos desde que tenía memoria.
Intenté tomar su mano cuando, nuevamente, sin previo aviso, volvieron los fuertes dolores de estómago y las náuseas. Hice lo posible por contener el vómito, pero tal esfuerzo fue en vano.
Mi mente solo podía reproducir una escena asqueante e incluso humillante, cuando no se trataba más que de una enfermera asistiendo a un paciente.
En medio del bochornoso suceso —al menos lo era para mí—, advertí cierta alegría en Santina.
—¿Qué es lo gracioso? —pregunté un tanto ofuscado.
—El simple hecho de que te avergüences por algo tan mundano me da esperanzas —respondió cortésmente.
Era posible que la astucia de Santina hubiera advertido en mí, incluso antes que yo mismo, un leve deseo por volver a vivir.
Me quedé pensando en las palabras de la enfermera, cuando entró en la habitación un corpulento hombre con un peinado y barba similares a las esculturas de piedra de la antigua Grecia.
—Señor Di Marco, me presento, soy el doctor Vasileiou —dijo el hombre de ambo distinguido al tiempo que se acercó a la cama—. Le pido disculpas por no haber podido presentarme antes, pero estuve arduamente requerido esta noche. Además, confío en haberlo dejado en buenas manos.
El médico presente rompía con mis prejuicios, lo había dimensionado de una manera y resultó ser totalmente opuesto a lo que había imaginado. Era un hombre joven, atlético, pulcro a simple vista y de un semblante perspicaz. Combinaba en su aspecto al mismo tiempo la adrenalina de la juventud y la serenidad de la vejez. Denotaba agilidad y seguridad y ciertamente fue capaz de generar algún tipo de envidia en mí cuando vi cómo se acercaba a Santina y la felicitaba por su labor en las horas pasadas.
—Doctor —me expresé como pude debido a los dolores de estómago—, le pido que me de algún calmante o medicamento que me quite los fuertes dolores de estómago. Realmente lo necesito.
—Señor Di Marco, eso no será…
—Sí —lo interrumpí—, eso no será posible. No es la primera vez que lo escucho esta noche.
Sin perder su característica templanza, el doctor Vasileiou analizó la situación y, luego de unos instantes, preparó lo que, según mi ignorancia, parecía una solución salina. La inyectó en el suero e indicó que eso me ayudaría a recuperar el sueño y que podría descansar un poco de mis fuertes dolores que, conforme pasaban los minutos, se iban intensificando.
Rápidamente, me invadió un cansancio inexplicable y los párpados me pesaban lo suficiente para cortar toda visión, no sin antes identificar la preocupación de Santina y su perplejidad hacia el doctor Vasileiou. Fuese lo que fuese que estaba sucediendo, era tarde para comprenderlo. Me dormí profundamente.
—César, ¿por qué hiciste eso? —le preguntó Santina al médico.
—Ya no tiene salvación—respondió Vasileiou—, al menos le evitemos el sufrimiento. No tiene sentido darle falsas esperanzas, le administré un calmante para que no sienta dolor, al menos, por un par de horas.
—¿Cómo que no tiene salvación? Desde que despertó está consciente y se maneja perfectamente. Solo tiene dolores recurrentes de estómago, pero se debe seguramente a la cantidad de pastillas que consumió, y no han pasado ni veinticuatro horas de eso.
—Amor —insistió el hombre frente a la desesperación de la mujer—, eres una profesional y te estás comportando como una novata. Tu trabajo como psiquiatra era amortizar el duro despertar del pobre tipo para evitar cualquier intento repentino de violencia contra otros o él mismo e indagar indicios que ayuden a comprender rápidamente su entorno para tomar las precauciones iniciales. Ahora te explicaré todo, aunque debo admitir mi desconcierto ante tu reacción.
Santina, la supuesta enfermera de Vittorio y de tantos otros que habían llegado en las mismas condiciones y que cada vez eran más, no era tal sino más bien era la doctora Soler, experta en psiquiatría. También era la novia del doctor César Vasileiou. Ambos habían funcionado muy bien en equipo para ese tipo de situaciones, simulando una escena que les permitiera ayudar a pacientes de esas características. Después de todo, intuían, y les había sido eficaz, que era mejor el teatro que la cruda realidad para entablar una difícil conversación inicial.
Incluso ella se sorprendió al caer en la cuenta de su errático comportamiento, pero aun así no era ninguna novata, por lo que le resultó sencillo reponerse ante su novio:
—Es que veníamos muy bien, avanzando a una velocidad ampliamente mayor que en otros casos. Realmente creí que sería un logro destacable para mi carrera la recuperación de este paciente —fingió.
—Entiendo —respondió César—, sinceramente me hubiese encantado que así fuera. Tanto por tu carrera como por la vida de él, pero estuvimos viendo el resultado de los estudios. Lamentablemente, el daño que sufrió en el hígado es irreversible y su calidad de vida, si es que logra salir adelante, se verá considerablemente afectada.
La doctora Santina Soler sintió por primera vez en mucho tiempo un inexplicable vértigo al comprender que Vittorio, un joven filósofo sobreviviente, al que conoció apenas tres horas, estaba cerca de la muerte.
—¡Espera! —comentó con euforia el hombre, tomando con ambas manos el rostro de su novia—. No todo son malas noticias. Cuando hicimos los estudios, aproveché para analizar su corazón y resulta que ¡es compatible! —Santina lo miró desconcertada—. Amor —continuó César Vasileiou—. ¡Podría ser el donante que estábamos esperando!
Hacía años que la doctora Santina Soler estaba a la espera de un donante de corazón. Desde que era niña, a muy temprana edad, le habían detectado defectos cardíacos congénitos producto de una mutación cromosómica heredada de su madre. Razón más que suficiente para que la experta en psiquiatría no sólo decidiera incurrir en el mundo de la medicina, sino también para evitar con empeño la maternidad. Aunque el abandono e indiferencia de su padre desde el instante de su concepción podría tener, además, relación indirecta con su elección.
Durante años, un dispositivo de asistencia ventricular le había permitido llevar adelante una vida relativamente normal y, aunque había resuelto especializarse en cardiología, en algún momento, mientras llevaba adelante sus estudios de grado en medicina, le impactó más el campo de la psiquiatría al tratar la depresión que se manifestó en ella luego de la muerte de su madre y observar de cerca el sinfín de patologías mentales que afectan la salud de las personas.
El hecho de ser una mujer introvertida por naturaleza y ensimismada por los sucesos que afectaron su vida la llevó a lograr todos sus objetivos en términos de formación al costo de alejarla de los vínculos sociales. Por cada éxito académico sembrado, cosechaba un nuevo espacio de soledad.
Todo cambió el día que conoció al doctor César Vasileiou en un congreso de genética humana en Málaga, España. En aquel alboroto de colegas, Santina y César habían hallado el espacio para conversar, obviando las malas costumbres de conseguir la razón para encontrar, sencillamente, los sentimientos mejor guardados del otro. Incluso, para develar los propios.
Inmediatamente conectaron y comenzaron una relación que los sorprendió a ambos. En el caso de ella, era la primera vez que sentía intereses más allá de su carrera. En el caso de él, era la primera vez que se comprometía fielmente a una relación única y duradera. Su compañerismo se extendió por fuera del hogar que habían creado para formar un equipo médico sin precedentes, con un funcionamiento simbiótico.
El doctor César Vasileiou era, además, cirujano cardiológico y, a pesar de sus múltiples hazañas heroicas con el bisturí, sólo podía enfocar su atención en una única e inigualable victoria: salvar a la mujer a quien había convencido finalmente para que se convirtiera en la madre de sus hijos. Esa era la gloria que deseaba, con la que se acostaba en la noche y se despertaba por la mañana.
—¿El donante? ¿Cómo? ¿En qué momento? —Santina no salía de su asombro luego de escuchar las palabras de su novio.
—Sí, es el donante ideal—continuó César—, no sabemos qué sucederá pero, lamentablemente para él, las probabilidades de que no sobreviva son muy altas.
La salud de la doctora Soler se había complejizado en los últimos meses y el dispositivo que le había permitido vivir durante todos estos años ahora la estaba abandonando. Su situación estaba en la delgada línea entre grave y urgente, debía conseguir un nuevo corazón, su última esperanza, por lo que se encontraba internada en el hospital cardiológico a cargo del director, nada menos que su novio, el doctor César Vasileiou.
A pesar de su estado crítico, no podía evitar seguir en actividad. Solo la confianza y la cercanía con su novio le permitían realizar tal disparate dentro del hospital, aunque contadas veces. El resto del tiempo de la internación lo había dedicado a retomar su lectura en filosofía, aquella materia que la había cobijado en los peores momentos de su depresión, incluso más que los ansiolíticos y la teoría de la patología que sufría.
—Pero, César… No es tan sencillo… Necesitamos autorización de la familia… Hay otros pacientes en espera antes que yo… ¿Cómo?… —La mujer no comprendía el entusiasmo de su novio, había estudiado muy bien el proceso, por lo que conocía perfectamente la burocracia de conseguir órganos por más que existieran los donantes.
—No te preocupes, ya me encargué del asunto. Está todo arreglado. En caso de que no sobreviva, tú eres la siguiente en la lista.
La pareja se vio interrumpida por la línea continua en el monitor al costado de la cama y el sonido atronador de la alarma. Los signos vitales de Vittorio se estaban esfumando tan rápido como la sonrisa del doctor Vasileiou al contarle a su novia la noticia.
—¡¿Qué sucede?! —gritó Santina—. César, ¡haz algo!
—Está entrando en shock —dijo el doctor Vasileiou, recuperando su característica templanza—, su hígado finalmente cedió y está afectando al resto de los órganos. Nunca me hubiese imaginado que sería tan pronto.
Rápidamente, ingresaron en la habitación las enfermeras con otro médico de guardia para intentar reanimar a Vittorio, al tiempo que César se llevaba fuera a su novia para evitarle la dramática escena. Al cabo de unos minutos, el médico de guardia salió junto con las enfermeras para confirmarle a su jefe que el paciente no había resistido.
Vittorio Di Marco, un joven idealista, encontró finalmente la muerte.
La cadena de sucesos había ocurrido demasiado rápido como para asimilarlos y ahora Santina se encontraba en su habitación a punto de ser trasladada a cirugía. Había un nuevo corazón esperando por ella.
En otras circunstancias hubiera sentido alegría al estar a punto de recibir lo que más anhelaba: la oportunidad de seguir viviendo. Sin embargo, se encontraba distante de la realidad, inmersa en los recuerdos de su conversación con Vittorio. Algo en aquel muchacho era especial, lo hacía distinto al resto de las personas con las que alguna vez había interactuado, las cuales, si bien eran pocas, en su mayoría eran grandes intelectuales, e incluso ninguna había llegado nunca a deslumbrarla de la manera que el joven lo había hecho.
Fueron solo un par de horas, apenas algo más de tiempo, y aun así había sentido una conexión con Vittorio. Es cierto que había similitudes, reflexionaba, que se volvían fuertes puntos de semejanza, como el hecho de que a ambos les gustaba la filosofía, su intento por salvarlo de lo que ella entendía como pares de una misma depresión común o tan solo el brillo en sus ojos al hablar de su creencia, lo que despertaba en ella un estado de enajenación que la hacía divagar o (sonrió) olvidarse de su existencia para naturalmente ser.
Esa posibilidad que le ofreció Vittorio, probablemente sin buscarlo, de escaparse de lo imaginario para centrarse en lo real, a diferencia de la vida cotidiana de la humanidad, que ciegamente afirma lo contrario, le despertó un sentimiento de admiración y deseo hacia su compañía y la sabiduría transferida que difícilmente podría describir con palabras. No podía vislumbrar con entendimiento una clara conexión entre ellos hasta comprender que solo podía tratarse de un amor platónico. Un amor ideal, inalcanzable, con alguien que ya estaba materialmente muerto.
La mujer sinceramente hubiera deseado que Vittorio sobreviviera y, más importante aún, que decidiera vivir, pero entendía que las consecuencias de su decisión lo habían llevado a la muerte, no sin antes permitirle un último suspiro en su compañía. Un suspiro que haría resollar la posibilidad de libertad, cargando ahora ella con total responsabilidad su nuevo corazón.
La inminente cirugía se acercaba y Santina reposaba lista en su habitación esperando que la trasladaran.
Con el alba como compañía se encontraba el doctor César Vasileiou en su oficina, sentado en el precioso y clásico escritorio de madera de roble, escritorio que acompañaba perfectamente su personalidad. El roble, un árbol sagrado asociado al dios supremo Zeus, era el espejo inanimado del fructífero profesional que había forjado su carrera y su identidad con bases inquebrantables, como la convicción en sus principios morales y la determinación para conseguir sus objetivos siempre y cuando —comentaba en reiteradas ocasiones— no atentaran contra lo primero. Como era de esperar para cualquiera que haya tenido contacto alguna vez con él, lo había logrado exitosamente en variadas y complejas situaciones.
La mañana del tercer viernes de noviembre del vigésimo tercer año del segundo milenio después de Cristo, expresado de una manera rudimentaria, del año 2023, lo pondría en una particular encrucijada.
Templado, observaba con detenimiento una carta que había llegado a sus manos cuando, por la noche, los enfermeros ingresaban un nuevo paciente por intento de suicidio, un tal Vittorio Di Marco.
Como director del hospital y enamorado profundo de una de sus pacientes, la persona más importante en su vida, estaba dedicado completamente y sin horarios a su labor. Confinado ética y emocionalmente a la estructura que servía diariamente al yin-yang de la vida y la muerte como dos fuerzas opuestas y complementarias.
La carta asomaba de un sobre rasgado, indicio de que alguien había roto el sello y seguramente había leído el contenido. Ese alguien, especialmente ese único alguien, había sido el mismo doctor César Vasileiou.
Se puso sus lentes y decidió leer la carta, una vez más, solo para convencerse nuevamente de su decisión, tal como lo había hecho un número incontable de veces esa noche durante al menos dos horas.
16 de noviembre de 2023
Solo espero que seas la persona adecuada para leer esta carta.
Te pido disculpas por la pasión con la que voy a expresar las siguientes palabras, mas espero que comprendas las circunstancias.
He tomado una decisión, la única que realmente me pertenece, y aunque el sentido de este escrito pueda ser en vano si el destino me acompaña, me es menester asegurarme de que se respete mi voluntad.
¿Es la curiosidad o la esperanza?
Quienes lean mis argumentos intentarán descifrar lo que hice para conocer mis pensamientos más insólitos, más íntimos, o buscarán la causa que los libre de culpa por su inacción. Por supuesto, la respuesta está en quien lea y que tanto me conoció en vida. Lo interesante es que ambas motivaciones, curiosidad y esperanza, relucen tanto en la muerte como en la vida.
No es solo cuando morimos, sino también cuando vivimos que la curiosidad por comprender lo incomprensible nos moldea en busca de la esperanza de un infinito. Somos ciertamente inválidos para concebir la verdad, pero eso nunca nos privó de imitarla para subsistir y, de hecho, para progresar.
¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Para qué estamos aquí y ahora?
Los extremos se tocan, y de morir a vivir solo hay lugar para una mutación. Sin embargo, esta mutación está codificada en un lenguaje metafísico, ya que es impropio a toda comprensión terrenal.
Perverso mecanismo divino que nos permitió ser naturalmente curiosos y dependientes de esperanzas cuando nos prohibió, simultáneamente y en forma tajante, la posibilidad de saciar ambas motivaciones con la verdad.
No obstante, como aclaré anteriormente, este cruel proyecto nunca nos impidió como especie imitar lo que originalmente nunca podremos conquistar.
Es entonces, cuando nuestra curiosidad va en sendas oscuras, por ejemplo cuando muere alguien cercano, que nuestra esperanza reluce para consolarnos y decirnos que pronto volveremos a ver a ese ser querido. La posibilidad del reencuentro incentivó una incontrolable atracción entre la curiosidad y la esperanza, un amor salvaje y primitivo que engendró creencias, mitos e ideologías de infinitas variedades, todas en pos de subsistir. Con el auge de la subsistencia a través de la imitación de la verdad, surgieron quienes vieron en esta imaginación social la posibilidad del control para prevalecer. La subsistencia se extiende así a algo más complejo pero con base en sus orígenes, el progreso.
No nos dejemos confundir por falacias. El progreso colectivo va siempre acompañado de un mayor sufrimiento individual.
Las circunstancias de los vínculos me han llevado a un espacio cada vez mayor de soledad y, en términos económicos, de necesidad.
En una evolución que no es tal solo descubro una verdad inventada, poco acabada, donde la curiosidad solo nos lleva a la producción y la esperanza al consumo.
El sufrimiento es cotidiano y la felicidad un eslogan. Habrá, claro, quien logre refutar esta teoría con argumentos válidos. Siempre dentro de la verdad inventada, quiero aclarar.
No es mi intención contradecir a los demás, de hecho, envidio en cierta medida su capacidad para subsistir y ser parte del progreso. Tampoco me siento superior con mis creencias, ya que son solo mis creencias.
Lejos estoy de querer imponer la verdad, es sabido que es incomprensible tanto para mí como para el resto. Solo anhelo, en este momento, más que nunca, vivir la verdad de mi ser, siendo ustedes libres de vivir las verdades que deseen. Aunque ninguna de estas sea la original, aún nuestra curiosidad y esperanza nos puede llevar a lograr imitaciones más reconfortantes que las impuestas.
Entonces, como el fin no es más que el principio, tal como comencé la carta me despido rogando a la persona que esté leyendo que, si por algún motivo el destino que decidí me abandona y sigo viviendo, por favor, con respeto y empatía, nunca con lástima y misericordia, me mate.
Vittorio Di Marco.
La contradicción de César era inconmensurable. La oportunidad que había estado esperando para salvar a su amada, Santina, había al fin llegado, aunque la manera distaba de cualquier tipo de comprensión o deseo que haya franqueado su mente.
No podía responder a la pregunta de si hubiera inyectado aquella solución letal en el suero de Vittorio Di Marco si este no hubiese sido enfático en su declaración escrita. Es decir, se había convencido férreamente de que, aunque fuese paradójico, sólo la decisión de la muerte daría origen a la vida.
El procedimiento era sencillo para alguien de conocimientos y contactos como los del doctor César Vasileiou. No obstante, esto no lo dejaría impune de las inevitables consecuencias legales. Lo sabía muy bien, pero eso no le interesaba en absoluto como para cambiar su decisión. Para la comprensión del brillante profesional, Vittorio tenía derecho a morir como anhelaba, como así Santina tenía el derecho a vivir como deseaba.
Solo él y unos pocos y confiables cómplices, sabrían la verdad de cómo el corazón de Vittorio latía en el pecho de Santina, quien inocentemente creería, al igual que todos, que el hombre había muerto naturalmente.
Reflexionaba el hombre mientras observaba posiblemente por última vez su despacho, lo único trascendental era que Santina viviría.
Sonaba de fondo en la oficina del doctor César Vasileiou, en inmejorable frecuencia, la canción “Stand by me” de Ben E. King.
I won’t cry, I won’t cry.
No, I won’t shed a tear.
Just as long as you stand,
stand by me.
And darling, darling, stand by me.
Oh, stand by me.
Oh, stand,
stand by me,
stand by me.
Si este relato te conmovió, compartilo.
Tal vez alguien, en algún lugar, también lo necesite hoy.
