¿Será así por toda la eternidad?¿Es el inconmensurable dolor inevitable?
¿Será la ancestral diferencia naturalmente inconcebible?
¿Continuará viciosamente la desmedida vanidad?
¿Podrán el egocentrismo y la ambición permanecer siempre unidas?
¿Reinará durante las batallas de los siglos la conquista por sobre lo conquistado?
¿La imposición por sobre la aceptación?
¿La fuerza por sobre el diálogo?
¿Permanecerá el amplio concepto de justicia ferozmente encasillado en una utopía?
¿El interés general sometido a unos pocos interesados?
¿Acaso está el destino escrito y sellado?
Las preguntas quitan las armaduras y las respuestas desgarran la carne.
Los planteos son desesperantes y las soluciones una incertidumbre angustiante.
Las conversaciones con los pares son como una muerte sin promesa de otra vida. Nunca se vislumbra una luz al final, por siempre oscuridad.
Los diálogos internos, una decepción constante. Mucho ruido, imposible calmarse.
La atención como así la presión están dirigidas a la generación cambiante. Siempre la misma estrategia y el resultado nunca mutó de algo frustrante.
Entonces me pregunto, una y otra vez, me cuestiono y hasta me desafío. ¿Es obligación mía iniciar el olvidado cambio en el cual aún confío?
Allí nos encontrábamos, los dos, de frente, acompañados solo el uno del otro en un introspectivo momento.
Respirábamos aire puro, recurso aún no codiciado. Cada uno lo hacía a su manera, a su necesidad pero ambos persiguiendo el mismo fin; la purificación.
De pie, juntos. ¡Qué ironía!, siendo él mucho mayor, resistía incansablemente su postura erguida, en cambio yo, aún joven, ya no podía más. Decidí sentarme pero siempre junto a él.
Continuamos respirando, como dije, cada uno a su manera. Mi respiración, casi imperceptible. La de él una folclórica melodía solo obvia para quien escucha, no para quien oye, repito, para quien escucha.
En un gesto innato pongo mi mano sobre él. Notamos la diferencia de nuestros exteriores. Mi textura blanda, la suya dura.
Mi piel flexible, la suya rígida. Nos vemos distintos por fuera, nos sentimos iguales por dentro.
El agobiante calor nos afecta de similar forma. Bebemos agua. El vital líquido recorre desde arriba hacia abajo en mí mientras que en él lo hace desde abajo hacia arriba. No importa la dirección, nos satisface a los dos.
Extendemos nuestros brazos en un gesto de plenitud. Yo, solo los dos que tengo. Él, hasta los que conté, son ochenta y dos.
Una peculiar ave se para sobre uno de mis dedos con total confianza. Arriba, en los dedos de mi compañero, se encuentra su pareja cuidando la futura descendencia en el armonioso nido de palos y hojas. El omnívoro acepta mi humilde presencia y regresa con su familia.
Allí nos encontrábamos, los dos, un imponente y ancestral árbol junto a una diminuta e inexperta persona.
Me recosté sobre su tostado y resquebrajado lomo, miré al cielo y le pregunté con los ojos cerrados. ¿Será así por toda la eternidad?
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Tal vez alguien, en algún lugar, también lo necesite hoy.
