La fuerza de tres mil caballos a lo lejos, con su armadura de acero, danzando al compás de las instrucciones en el árido suelo y su vapor, ese esbelto humo blanco perdiéndose en el inspirador cielo. Un nuevo tren se estaba acercando a la estación de este emergente pueblo.
Los años que corrían no eran los suficientes para desprestigiar los sentimientos, más bien era la época dorada de estos, aunque muchas veces fueran esclavos de los mandatos sociales y estamentos.
Antonio Martín García se encontraba sentado en uno de los nuevos y lujosos bancos de madera en la estación central del pueblo. Hacía meses que llevaba planeando este viaje sin contar los días previos en que se dedicó plenamente a pensar una y otra vez la decisión de hacerlo.
Al oír la ferocidad con la que el tren se acercaba, cauteloso como era, sacó su reloj de bolsillo para confirmar lo que ya sospechaba. Todavía faltaban treinta minutos para la llegada del tren que lo llevaría directo a la metrópoli y, si algo era exacto en la realidad que lo comprometía era la exactitud en la programación ferroviaria.
Una soberbia sonrisa se dibujó en el rostro de Antonio al comprobar que el tren, ahora calmo como una bestia que sació su apetito, no era el suyo. Los siguientes minutos se dedicó a observar a los pasajeros, tanto aquellos que emprendían su viaje como aquéllos que habían llegado a destino. Era curioso como resaltaba una diferencia entre quienes subían y quienes bajaban, tan evidente que hasta el más despistado podría notarlo y Antonio, observador innato, lo detectó de inmediato.
Todas las personas que ascendían a la colosal maquinaria tenían una ingenua felicidad en sus rostros, una sensación de promesa que estaba por cumplirse. El tiempo era relativo para ellos, los segundos transcurrían en una inquietante tranquilidad, sin apuros. Mientras, aquellas personas que descendían del tren tenían sus rostros cansados y desechos como si su tiempo se hubiera terminado y no existiese más remedio que perderse en la nada misma, cediendo su lugar a quienes estaban subiendo.
La sensación interna de Antonio al percibir esta imagen que se estaba sucediendo frente a sus ojos fue lo suficientemente interesante para que sacara su cuaderno y lápiz del pequeño bolso que llevaba y comenzara a trazar distintas líneas en una especie de bosquejo. Si bien tenía su propio almacén en el que comercializaban telas junto a su madre, siempre había tenido devoción por el arte, más precisamente por la expresión gráfica.
Antonio salió de su trance artístico al oír una dulce voz que extrañamente le resultó familiar.
—Interesante dibujo —dijo una joven apoyando su delgado brazo sobre el respaldo del banco de madera en el que se encontraba Antonio.
—Gracias. ¿Señorita…? —respondió Antonio.
—Esther, María Esther Martínez.
—Gracias, María Esther, por su apreciación.
—Por favor, llámeme Esther, simplemente Esther —insistió la joven—. ¿Y su nombre, señor?
—Antonio, Antonio Martín García pero solo Antonio estará bien.
La joven sonrió al notar en las expresiones de Antonio un sincero recibimiento a su acercamiento.
—¿Puedo preguntarle algo, señor Antonio? —interrogó la joven al tiempo que se notaba cansada y el hombre le hacía un espacio a su lado invitándola a sentarse en el lujoso banco de madera.
—Sí, señorita, dígame.
—He notado que constantemente mira el tren y la estación al tiempo que retrata este paisaje pero no logro descifrarlo, es decir ¿dónde está el tren? ¿o las personas? Solo distingo lo que podría ser un sol en medio de líneas y borrones —dijo Esther mientras analizaba el dibujo, inclinando levemente la cabeza sobre su hombro.
Antonio quedó sorprendido ante la exagerada confianza de la joven pero nuevamente, esa sensación familiar, lo hacía sentir seguro y paciente para tomarse el tiempo necesario en responder y explicar su incipiente obra.
—Señorita Esther…
—Simplemente Esther —volvió a insistir la joven.
—Esther —continuó Antonio—. Muy bien ha notado usted que estoy dibujando un paisaje pero permítame decirle que no ha sabido interpretarlo correctamente. ¿Conoce usted el significado de la palabra abstracto?
—Por supuesto —respondió ella—, abstracto es algo sin sentido objetivo, algo extraño, carente de lógica.
El eventual silencio de Antonio había inquietado a la joven.
—¿Acaso me he equivocado en mi definición? —preguntó Esther.
—No, para nada, es decir, en términos académicos, está usted en lo correcto.
Esther quedó expectante esperando a que Antonio continuara con su respuesta.
—Permítame decirle, Esther, que usted ha respondido lo que toda persona que se educó responde a esta pregunta. El problema es que no puede responderse algo desde el desconocimiento y lo abstracto es, en esencia, ajeno a la naturaleza de la educación —respondió Antonio que conocía muy bien el sistema educativo de la época.
La reacción de la joven sorprendió al hombre quien pudo evidenciar en ella una postura de alegría al escuchar sus palabras. Por lo general, este tipo de comentarios u opiniones generaban rechazo de los demás hacia él creyendo que era una especie de “loquillo” que divagaba al cuestionar algo tan noble y sagrado como lo era la educación.
—Y dígame, Antonio, ¿qué es abstracto? —preguntó la joven con curiosidad explícita.
—Lo abstracto es identidad, nace de lo más profundo de una persona y toma distintas formas para evidenciarse ante los demás. No hay nada más puro y real en una persona que su abstracto interno.
Esther quedó paralizada, intentando descifrar las palabras de Antonio.
—Por ejemplo, mi dibujo —continuó Antonio—. ¿Qué le genera al verlo?
—Lo que le comenté, lo que parece un sol al medio y… —Antonio no dejó a Esther terminar su respuesta e insistió:
—No, no me conteste lo que ve, dígame qué le genera.
La joven quedó inmóvil, incrédula, por un momento pensó en retirarse amablemente pero no, la conversación la estaba atrapando como hacía tiempo no la atrapaba, en especial, aquéllas que mantenía con los distintos hombres en el pueblo. Respiró tranquilamente e inclinó nuevamente su cabeza, con la mirada puesta en el bosquejo. Mientras, Antonio sentía esperanza en la próxima respuesta de Esther.
—Siento…
El hombre se incorporó expectante al notar que la primera palabra que salía de esos finos labios rojizos tenía que ver con un sentimiento y no una percepción.
—Siento —continuó Esther— alegría pero envuelta en un manto de tristeza, ambas conviven, me es imposible notar la plenitud de una o la otra. Lo lamento, Antonio, sé que mi respuesta es una tontería, no era mi intención desilusionarlo —dijo la joven rendida, con un pesar en sus ojos oscuros pero emanantes de luz.
Esther comenzó a impacientarse al notar como Antonio la observaba sin emitir sonido ni manifestar ningún gesto que anticipe su pensamiento.
—Increíble —dijo Antonio—, me halaga intensamente que mi bosquejo le haya sido tan claro.
—No sea irónico conmigo, Antonio, no creo que sea necesario —respondió un tanto molesta la joven.
—Mis disculpas, no… —se apresuró a decir Antonio—, no era mi intención sonar irónico, créame que me estoy manifestando sinceramente. Permítame, Esther, le voy a explicar.
Antonio volvió a ojear su reloj de bolsillo, solo para confirmar una vez más que el nuevo tren que había llegado no era el suyo, faltaban poco más de quince minutos. Luego se incorporó, invitando a Esther a que juntos observaran a las personas que subían y bajaban del gigante de acero, al tiempo que analizaban el bosquejo.
—¿Nota alguna diferencia entre quiénes suben y quiénes bajan del tren? —preguntó Antonio.
—¿Puede ser más preciso? —replicó en tono simpático Esther.
—Mire sus rostros, los que suben tienen una alegría imposible de disimular, mientras que los que bajan…
—Están tristes —se anticipó Esther.
—¡Exacto! —exclamó con fervor Antonio—. Ahora vea mi dibujo —continuó señalando el bosquejo—, ¿logra interpretarlo?
—Son las personas —respondió Esther comprendiendo lo que antes le había sonado irónico—. Es la presencia de la alegría y la tristeza conviviendo en un marco de luz y oscuridad.
Antonio no podía evitar sentir una sensación de plenitud al conversar con Esther. La había sentido desde esa primera y extraña sensación familiar al oír su voz y la sentía aún más al escucharla hablar sobre el bosquejo.
—Esther —dijo Antonio—, no pudo haberlo interpretado mejor. Es inevitable ver cómo las personas que suben emiten una luz avasallante, pacífica, donde la decisión de subir es inminente pero sin apuros mientras que quienes bajan lo hacen de forma acelerada, desvaneciendo su presencia por todos los rincones como si su tiempo se hubiera acabado. Es un paisaje tan natural como mi dibujo —continuó Antonio—, un sol saliente decidido a emprender un nuevo día llevando en cada uno de sus rayos la luz que corre a las débiles nieblas de la noche, las cuales se retiran rendidas de la escena, entendiendo que no existe otro final más que su propio fin.
La joven quedó admirada ante las palabras de Antonio, sentía que le estaban revelando una verdad que hacía tiempo estaba esperando pero que, por su seguridad, se la habían estado ocultando.
Ambos, de pie, en medio de la estación central, con el tren alejándose en un nuevo viaje, quedaron en silencio, mirándose, sintiéndose sin tocarse. Por primera vez los nervios se hicieron presentes en ambos y, aunque las preguntas eran incontables, muchas respuestas eran evidentes.
—Esther —interrumpió Antonio—. ¿Está usted esperando un tren?, ¿o más bien esperando a alguien? —preguntó notando que la joven no llevaba consigo ningún bolso o maletín de viaje.
—Más bien lo segundo —respondió ella—, trabajo en una de las secretarías de la realeza en la metrópoli y me trasladaron hace un par de semanas para que me asegure que todo esté en las debidas condiciones para recibir hoy mismo a un importante enviado de la corona, al parecer este pueblo es de interés para algunos negocios pero no tengo más información que la necesaria para cumplir con mi trabajo. No tarda en llegar, debería estar aquí exactamente en…
—Diez minutos —dijo Antonio—, es el mismo tren en el cual debo irme —pensó.
—Sí —exclamó Esther—. ¿Cómo lo supo?
Nuevamente el silencio, la mirada cómplice, las palabras latentes y las posturas inquietas.
—Usted claramente está por partir, Antonio, ¿o es que en realidad acaba de llegar? —preguntó nuevamente Esther al no tener una respuesta por parte del hombre.
Antonio se tomó un tiempo para responder, no quería revelar la intención de su viaje aunque su inquebrantable sinceridad siempre había sido para él un arma de doble filo.
—Discúlpeme, en mi caso estoy por partir, lo haré en el próximo tren, el mismo en el que está llegando el enviado que usted espera.
—¿Va a ilustrar a la metrópoli sobre lo abstracto o simplemente decidió salir un tiempo? —preguntó Esther lúdicamente con intención de pasar desapercibida en su intento por descubrir el motivo del viaje de Antonio.
Era inevitable, el hombre no tenía otra salida más que explicar aunque sea superficialmente el motivo de su partida.
—Voy a visitar a mi prometida, tengo la intención de proponerle… —Antonio notó como la sonrisa de Esther se mantenía forzada luego de oír sus palabras—, tengo la intención de proponerle abrir un local en la metrópoli, verá —continuó Antonio como si de repente hubiera recuperado la memoria y todo lo que debía decir en un instante—, con mi madre tenemos un almacén de telas en el pueblo y, debido al crecimiento de la demanda de vestidos, quiero proponerle a Judith…
—¿Judith? —interrogó Esther.
—Mi prometida —respondió nerviosamente Antonio y continuó—, ella se maneja en un círculo de mucha influencia y las muestras que se ha llevado desde el pueblo han despertado gran interés en las modistas de la metrópoli. Entenderá que por una cuestión de costos nos es conveniente abrir un nuevo almacén allí.
Antonio llevaba en su bolso algo tan valioso en términos monetarios y a la vez tan pequeño que cabía perfectamente en el dedo anular de la mano más delicada. Su intención era comenzar una sociedad en la metrópoli pero no precisamente en relación a un almacén de telas.
Esther, por su parte, se limitó a sonreír y asentir para nuevamente encontrar su mirada con la de Antonio que estaba contemplándola tímidamente, esperando su desaprobación.
La realidad se desdibujó y en esa tarde de julio de 1930 en una pequeña pero reluciente estación de trenes en Algodor, España, dos personas transcurrían los últimos minutos en espera del tren, observándose una a la otra pintando una escena que combinaba la alegría y la tristeza por el inesperado encuentro y la pronta despedida. El sol con las tinieblas. Las personas que suben como las que bajan de los trenes.
—Muy bien, ha llegado —dijo Antonio al notar como el tren desaceleraba y quedaba paulatinamente estanco frente a ellos.
—Ha sido todo un placer, Antonio. Le deseo lo mejor a usted y… a usted y a su prometida —respondió correctamente Esther.
El hombre quiso decir tantas cosas pero en lugar de eso solo atinó a sonreír y hacer un gesto de despedida asintiendo. No fue capaz de emitir siquiera una sola palabra.
Esther vio cómo subía Antonio al tren conservando hasta el último instante la esperanza pero ¿la esperanza de qué? Se preguntaba. Era insensato pensar que algo extraordinario pudiera suceder, así no funciona la realidad, ¿o sí?
Mientras Antonio avanzaba por el pasillo en busca de su asiento no puedo evitar pensar en lo paradójico de su bosquejo. El sentido de la dirección había cambiado repentinamente y, mientras todos subían a su lado felizmente, él lo hacía con cierta resistencia, indeciso. Contemplaba por la ventanilla a quienes bajaban con pesar y nacía en su interior una tentación por acompañarlos y contagiarlos de felicidad, demostrando que había razones para llegar o simplemente para quedarse.
Cuando los vagones se pusieron en movimiento y el humo por la combustión se aceleró, Antonio cerró los ojos para mirar su interior.
Treinta minutos, ni un segundo más ni uno menos. Treinta minutos para caer en la comprensión de la finitud del tiempo y lo infinito de lo vivido. Solo treinta minutos le tomó a lo abstracto convertirse en algo tan real.
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