Prosa criminal

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La noche oscura y tormentosa, cual arrepentimiento imperdonable, era la antesala perfecta de lo que sería un nuevo y fiel invierno en Londres.
La armónica llovizna hacía horas que se había convertido en un violento diluvio, la fuerza del viento se batía en feroz combate contra los elevados e imponentes árboles de la ciudad en una demostración de fuerza y resistencia y los estruendos del cielo auguraban el canto de la primera trompeta.
Las calles hicieron su protagónico en tal obra del desastre imitando al más agitado río que en su creciente pierde humildad y arrasa con todo sin comprender que el poder solo es una ilusión momentánea.
Los grandes edificios de la ciudad estaban a oscuras. En medio de la metrópoli el silencio artificial era el rey de reyes, la naturaleza imponía su ancestral dominio y recordaba una vez más su jerarquía.
La valentía no se destacaba en una noche como esta pero a lo lejos podía verse a un joven en la entrada de un edificio de pequeña y colonial estructura despidiendo a su affaire en una demostración de afecto que, junto al gris de la noche, generaban una extraña combinación entre una película clásica de romance y una porno vanguardista. La atrapante escena dejaba una única certeza en tal misterioso encuentro; al deseo le es prescindible la valentía.
De lo infinito a lo limitado, entre la vasta oferta comercial solo buscando incansablemente podría encontrarse uno que otro bar, de reglamento y condiciones dudosas solo para aquéllos donde el exterior coincidía con su interior y la tormentosa noche mutaba en una especie de cálida compañía comprensiva y sin prejuicios para sus pensamientos encubiertos.
Era el primer viernes de enero y no era precisamente el inevitable frío el que mantendría alejado de su fugaz y forzado sueño al prometedor y joven escritor Austin Blake.
El resplandor del primer rayo iluminó parcialmente el interior del departamento C ubicado en el decimoquinto piso de un nuevo y lujoso edificio realizado por la más destacada y reconocida desarrollista de la ciudad londinense.
La luz que se colaba a través del balcón, se adentraba por la espaciosa habitación y dejaba en evidencia lo sucedido, quizás solo unos minutos antes. En el piso alfombrado de lana, cerca de la gran puerta corredera empotrada que separaba al impactante salón de ingreso completamente vidriado del dormitorio se podía ver un vestido escarlata junto a unos tacones altos del mismo color, de esos que fácilmente delatan su valor económico. No muy lejos, como si se tratara del mismo despojo, se hallaba un tumulto de ropa azul y blanco esparcida de manera nada planificada pero que, por su nivel de detalle, podía distinguirse fácilmente que se trataba de un traje de gala realizado por el más comprometido y detallista sastre quien había dejado en cada costura su añorada ascendencia italiana. Llegando a los pies del somier, una prenda íntima femenina, tan delgada y tentadora como los lineamientos éticos de la política hacían de su espectador un ave fénix, capaz de incendiarse y renacer nuevamente.
Sin un lugar definido, haciendo presencia por todo el innovador amoblamiento se podían encontrar botellas de todos los tamaños, formas y colores pero con un pequeño detalle en común, el alcohol.
La combinación de copas, desde vino hasta champagne y desde martini hasta margarita, incluso un par de old fashioned, daban nota de la intención del encuentro. Era poco probable que, a excepción del vino, hubiera habido una conversación previa de interés genuino.
Un segundo rayo, aún más potente que su antecesor, iluminó con mayor claridad a los protagonistas.
En la enorme y exclusiva cama, distanciados uno del otro, se encontraban durmiendo una mujer y un hombre.
Las sábanas blancas de la más fina seda asiática se amoldaban perfectamente a las curvas de ella, volviendo aún más deseable su cuerpo desnudo que reposaba boca abajo dejando al descubierto su espalda color mestizo y su larga, brillante y ondulada cabellera negra. Sus manos juntas haciendo de sostén a su rostro contra la almohada generaban una sensación poética de inocencia a la vez que sus labios reflejaban la experiencia de una mujer de treinta años de edad.
Al costado izquierdo, a un metro de distancia, yacía de frente en una posición incómoda y poco habitual un joven de cabello corto y moreno, barba prolija y figura esbelta. Sus ojos color miel, completamente abiertos y fijos mirando al techo como si estuviera observando el más aberrante suceso pero con la frialdad de quien lo estudia objetivamente.
Las sábanas llegaban hasta su cintura dejando en libertad su torso pero no serían sus marcados músculos los primeros en llamar la atención de cualquiera que se detuviera a observar. No. Había algo en su piel pálida. Algo inusual.
Al cabo de unos segundos, giró sobre sí y se quedó contemplando la figura de la mujer que dormía plácidamente de la misma manera en que un niño pequeño se hipnotiza ante la magia de un sin fin de colores. Inclinó levemente su cabeza, analizando a su acompañante en busca de una falla pero no le tomó demasiado tiempo comprender que tal falla no existía. Era perfecta. Aunque no sería sencillo.
Una última y tierna caricia que recorrió desde la mejilla hasta la zona lumbar de la mujer generó una pequeña sonrisa en su inocente rostro pero sería la respiración, leve y pausada, la que le haría entender al autor del gesto que la había sentido de forma inconsciente, en un hermoso sueño posiblemente.
El joven se levantó cuidadosamente, se puso su ropa interior, cruzó la habitación y fue directo a la luminosa barra que había en el amplio y llamativo estar de paredes vidriadas. Se sirvió una medida de Platinum Label, que bebió de un sorbo, luego se sirvió otra y tomó la botella con la mano que le quedaba libre para ir en dirección opuesta de la sala, frente a los grandes vidrios, contemplando la tormentosa noche, vislumbrado por la hermosa vista, al borde del abismo.
Una vez acabada su segunda dosis, optó por tomar un último sorbo directo de la botella el cual no le inmutó en absoluto. Dejó ambas reliquias, la botella y el vaso, en una pequeña cómoda y se dirigió nuevamente a la habitación.
De frente a la cama, contemplando nuevamente a su acompañante, soltó un suspiro satisfactorio como quien está a punto de finalizar un largo camino, casi alcanzando la meta y susurró para sí mismo:
—Oh Sophie, no debiste…
Lejos de la ciudad, en la zona residencial, el tercer rayo iluminaba el rostro adormecido e incrédulo de la joven promesa literaria, Austin. Un llamado de madrugada le confirmaba que su vieja amiga, Sophie, había sido asesinada.
Inmediatamente Valencio se quitó los lentes en un gesto de derrota y frustración.
—¡Mierda! —exclamó.
Dio un pequeño manotazo a su escritorio donde se encontraba sentado escribiendo su nueva novela sobre un femicidio ocurrido durante una tormentosa noche en Londres.
Respiró brevemente y un pensamiento se cruzó por su mente: “mierda es lo que estoy escribiendo”.
La luna menguante no despertaba gran atención como si el completo cielo despejado y cubierto por estrellas de diferentes brillos.
Valencio observaba el espectáculo nocturno sentado en su escritorio, de frente a un gran ventanal en el hogar de su estancia en compañía de una copa que contenía un delicado vino de gran reserva proveniente de una privilegiada etiqueta mendocina. Su afición por el vino lo había llevado a probar diversas cepas en distintas partes del mundo pero ni siquiera consiguió en Italia, tierra de su entrañable abuelo, sentir esa sensación excitante en el aroma y textura del vino argentino ni el placer al ver la lágrima previa a la degustación del mismo. Para él, el vino era un reflejo histórico de la sociedad en la cual había nacido y prosperado. Ambos fueron el resultado de distintas influencias europeas y era en esta historia divergente que Valencio percibió la libertad, libertad que podía beber para despertar su inspiración al escribir.
La copa estaba casi vacía y de reserva solo quedaba la aclaración en la etiqueta de la botella. Una inagotable fuente de inspiración para el escritor, como lo era su propio ritual de sommelier no fue suficiente para retomar su prometedora escritura la cual hacía tiempo se había esfumado.
Se levantó de la silla y bebió el último sorbo mirando su reflejo en uno de los vidrios del ventanal. La imagen que le devolvió no le agradó, pero no era tanto por su apariencia física, había sabido cuidarse muy bien con el correr de los años. De hecho, últimamente le reconocían más su capacidad para conservarse que su capacidad para escribir. Lo que le molestaba era ver un hombre vacío de inspiración, un hombre dudoso de sus pensamientos e inseguro de sus palabras. Un hombre incapaz de despertar interés ni atracción en sus reflexiones. Un hombre completamente ordinario de intelecto.
¿Se acabaron los recursos? Era la pregunta que lo había atormentado los últimos diez años y que había leído como titular en una columna de un diario de carácter y reconocimiento internacional meses después del lanzamiento de lo que sería una de sus últimas obras.
El autor, un prestigioso crítico y periodista español, había redactado una columna dedicada al flamante escritor argentino de la época, quien había logrado cautivar en sus obras criminalísticas a todas las generaciones de distintas culturas debido a su explícita y atrapante escritura, la cual expresaba los sentimientos y acciones más profundas, inconscientes y humanas de los distintos asesinos de sus historias generando en los lectores todo tipo de sensaciones.
Dicha columna comenzaba con diferentes y múltiples halagos hacia Valencio debido a sus incontables éxitos, muchos de los cuales se habrían llevado también a la pantalla grande y chica en formatos de películas y miniseries.
Pero pronto Roma ardió y de ella solo quedaron cenizas y grandes historias de lo que un día fue, comparaba el autor de la columna con el éxito de Valencio debido a su antepasado italiano.
Seguido de ese postulado cada palabra de la nota había sido un puñal letal para el escritor argentino quien nunca más pudo recuperarse. Las repercusiones habían tomado cierta escala y cuando intentó acallar las malas lenguas con una nueva obra unos años después de la publicación de la columna solo logró decepcionar a los pocos lectores que aún confiaban en su ingenio y su expresión escrita por lo que la misma fue rápidamente retirada de circulación.
Su acrecentado ego no podía soportar la asfixiante exposición de la ciudad bonaerense y decidió irse a vivir lejos. Lejos de la gente, de las críticas, de su fama, de su decadente carrera. Lejos de todo.
Durante mucho tiempo estuvo sin lugar fijo, hospedándose en distintos puntos del país, de norte a sur y de este a oeste. Viviendo distintas experiencias, haciendo uso en ciertas ocasiones de su exitoso pasado para conseguir algunos beneficios. Buscando siempre lo que él sabía que necesitaba para recuperar la creatividad; un atrapante suceso criminal de poco conocimiento.
La travesía de pasante, como empezó a considerar durante el último tiempo de su viaje, había sido totalmente en vano. Poco había conseguido de lo que buscaba y solo quedaba en sus memorias recientes alguno que otro amorío casual que, aunque pudo despertarle cierta inspiración, no era capaz de convertirlo en una obra. El romance nunca fue su fuerte.
Cansado y frustrado, perdido completamente en la impotencia de querer vencer al tiempo intentando resucitar un pasado había tomado la decisión de continuar su gira a través del mundo, en fin, dinero y tiempo le sobraban. Además, durante su éxito, solo había recorrido el globo por conferencias, presentaciones y formalidades, nunca en plan de investigación y descubrimiento. Para ese entonces, Valencio se encontraba en el punto central, en la provincia de Córdoba, más precisamente en el departamento de Calamuchita.
A finales de los años setenta, siendo apenas un inspirado joven de veintiún años, había logrado evitar el servicio militar obligatorio por cuestión y fortuna del azar y huyó en cuanto pudo junto a su primera novia, estudiante forzosamente interrumpida de filosofía por la dictadura, hija de profesores universitarios, a las famosas sierras cordobesas en busca de aire tanto físico como psicológico. Por aquellos años, las licencias de juicio eran un lujo reservado y nada conveniente por lo que ambos decidieron marchar sin más que lo único que necesitaban; la compañía uno del otro y el armamento más fuerte y temido por cualquier autoritarismo, capaz de someter al imperio más avasallante de toda la historia: los libros, los provocadores libros. Fue ahí, en ese lugar, perdido en una humilde cabaña en el medio de la montaña, donde Valencio comenzó sus primeros ensayos como novelista pero no fue sino con la extraña muerte de su novia, Carmela, que ingresó involuntariamente a la prosa criminal dando luz a su primera novela Panal rojo. Obra que lo catapultó al reconocimiento.
De la nada misma al éxito y de este último nuevamente a la nada misma.
Las memorias se volvieron demasiado densas y dolorosas como para soportarlas. Valencio se encontraba nuevamente ahí, de pie frente a su reflejo, sin nada que beber en la copa que sostenía, con su rostro pesado por el alcohol y los recuerdos.
De pronto notó una luz que se abría paso en el bosque de pinos e inmediatamente reconoció las ópticas de un vehículo que se acercaba a toda velocidad a través del camino, en dirección a la estancia.
—Son casi las nueve de la noche —pensó Valencio—. ¿Quién podrá ser a esta hora?
Dejó la copa nuevamente sobre el escritorio y fue en dirección a la puerta principal. Cuando abrió la misma se encontró de frente con una camioneta negra que estaba ya a pocos metros y, a juzgar por velocidad a la que venía, quien manejaba tenía determinación en sus intenciones, consideró el escritor.
Valencio reconoció en seguida de quien se trataba, era la misma joven que lo había visitado esa mañana unas horas después del alba, Emma. Tal reconocimiento vino acompañado de incertidumbre.
—Emma, debo admitir que me asombra su capacidad para sorprenderme —la saludo Valencio.
—Perdón por el atrevimiento pero tenía que venir a verte —respondió la joven.
Valencio, notó rápidamente como la muchacha se había ahorrado los formalismos en una inusual confianza hasta el momento inexistente desde su primer encuentro. No le tomó demasiado tiempo invitarla a entrar.
Emma comenzó a investigar el poco decorado hogar en dirección a la sala donde Valencio tenía una especie de oficina montada con un amplio escritorio de madera de roble sobre el cual se encontraban una notebook y distribuidas alrededor de la misma múltiples hojas sueltas con anotaciones de las cuales solo se diferenciaban un par debido a una mancha de café no tan reciente como si lo era la copa de vino presente.
En un extremo del escritorio se podía ver una lámpara relativamente moderna que iluminaba la totalidad del mismo, incluso el otro extremo donde se encontraban distintas pilas de libros. Rápidamente volteó su mirada y se encontró con una gran pizarra blanca melaminada con trípode. Se acercó aún más para lograr dar sentido a todas las palabras, símbolos y conectores que podían observarse, sin embargo su esmero no contó con el tiempo suficiente cuando Valencio apareció nuevamente con dos tazas en sus manos.
—Es una técnica propia aunque todavía no logré dominarla como me gustaría.
—¿Ah sí? ¿Y cómo funciona? —respondió Emma al tiempo que recibía una de las tazas con café expreso la cual envolvía protectoramente entre sus manos y la acercaba a su rostro aprovechando el calor que emergía desde la superficie del oscuro líquido.
—Es una creación compartida en realidad que surgió de varios encuentros con un colega en España. Puede hacerse perfectamente de manera individual pero el pequeño secreto para alcanzar el éxito en esta técnica está en que sean dos quienes la lleven a cabo desde distintas posiciones. Pero no deja de ser más que un juego inventado por dos amantes de la innovación, no quiero aburrirte.
—No lo creo, me parece interesante. ¿Y cómo serían los roles en este innovador juego? —preguntó la mujer con su mirada brillante y su sonrisa cómplice mirando fijamente a Valencio.
—Bueno, para empezar, existen dos personajes: el navegante y el juez. El primero hace referencia al inconsciente, aquello que no somos capaces de controlar sino que simplemente es y que, en gran parte, nos guía. Como un navegante en un desconocido y enorme mar abierto donde no existe certeza ni en el horizonte cruzando las imprevisibles aguas, ni hacia arriba en el infinito cielo ni tampoco hacia abajo en las oscuras profundidades.
—¿Y el segundo?
Valencio sintió una gran satisfacción repentina al confirmar como una persona nuevamente, luego de mucho tiempo, se interesaba en sus palabras y, aunque así no lo fuera, la imagen de Emma, una atractiva y sensual mujer, conmovería fácilmente a cualquier hombre en seguir hablando.
—El segundo, el juez, vendría a representar lo consciente. Es todo aquello en donde nos sentimos capaces y poderosos para emitir un determinado juicio racional exactamente como lo haría un juez que dicta sentencia en el marco de un sistema de leyes de público y aceptado conocimiento.
—Bien, perfecto. Entiendo los paralelismos pero ¿cómo se eligen los protagonistas? Es decir, ¿quién es quién y cómo ejerce su rol? —El tono en las preguntas de Emma hacía notar un interés más intenso y comprometido que lejos había quedado del tono lúdico inicial.
—Se trata de ordenar los sueños desde una mirada ajena y libre para emitir un dictamen. Tanto mi colega como yo y probablemente el común de la población mundial tenemos sueños. Imágenes nocturnas que parecen lógicas pero en el momento en que nos despertamos, ni aunque pudiéramos recordar con exactitud lo vivido en esos sueños, lograríamos asimilarlo como algo coherente, ni siquiera importante. Pero lo curioso es que, aunque los sueños sean totalmente disparatados sucede que son capaces de avivar sentimientos y generar distintas sensaciones que sí, y lo digo por experiencia, son muy reales.
A estas alturas Emma se encontraba completamente atrapada, en una especie de hipnosis al escuchar las palabras de Valencio.
—¿Cuántas veces te levantaste por la mañana luego de una experiencia nocturna y ese sentimiento de pesar estaba tan presente como si ese hecho ilógico realmente hubiese sucedido? ¿Y de haber sucedido por qué causa ese pesar si es totalmente imposible que suceda de esa misma forma? —continuó Valencio—. Ese beso que no pudiste dar, ese lugar al que nunca pudiste llegar, ese grito que jamás se oyó, esa palabra que no pudiste decir, ese encuentro que no sucederá, ese momento que no volverá…
Entonces te levantás y con esa sensación en el pecho escribes palabras, solo palabras, las que quieras pero con una única condición, debe haber al menos un sentimiento, una identidad y un lugar. Buscas evidenciar rápida y genuinamente lo primero que pescaste en las aguas del inconsciente.
—Me suena a psicología freudiana esta técnica —contestó Emma saliendo del trance.
—Puede ser —replicó desafiante Valencio, esperando esa respuesta—. Pero de ciencia no tiene nada, quizás el medio pueda ser similar pero el fin es completamente distinto. No buscamos revelar la formación en la identidad, simplemente el juez ordenará libremente esos elementos para obtener una historia. Se trata de crear, no de parametrizar y esa es la gran diferencia entre la ciencia y el arte. Solo en uno se puede jugar a ser Dios.
La mujer, aun conociendo el doble filo de las palabras, no encontró inmediatamente un argumento para rebatir la teoría de Valencio. Después de todo estaban hablando de su técnica.
—¿Estás escribiendo algo? —preguntó Emma.
Conservando demasiadas preguntas por hacerle a la mujer que se había aparecido dos veces ese mismo día sin terminar de revelar sus intenciones, optó por seguir la conversación como si esta se tratase de un momento ajeno al pasado e inconcebible para un futuro.
—He estado trabajando en algo, sí, ¿te gustaría leerlo? —preguntó Valencio, quien no llegó a esperar la afirmación de la joven para acompañarla al escritorio e invitarla sentarse frente a la notebook. Se limitó a tocar una tecla y la pantalla se iluminó dejando a la vista lo que parecía un documento editable escrito. Luego se hizo a un lado contra la arremetida de Emma, quien comenzó a leer mientras bebía decididamente su amargo café.
No pasaron más de cinco minutos cuando el silencio se vio interrumpido por una serie de preguntas de la joven:
—¿Eso es todo?, ¿tres hojas?, ¿nada más?
Si bien las preguntas no sorprendieron al escritor si lo hizo el tono en que se habían realizado.
—¡¿Y qué tanto te importa si son tres o son quinientas las hojas que escribí?! ¡¿Cuál es tu problema con eso?! —El tono en que hizo las preguntas Emma fue la chispa que dinamitó las variadas y complejas emociones contenidas en Valencio quien en ese momento solo sentía ira. Contra la mujer, contra el lugar en el que estaban, contra su presente, contra su pasado, contra sí mismo. Solo ira.
Emma se quedó inmóvil, apenas respiraba mientras presenciaba todo el descargo del hombre. No emitió sonido hasta después de unos segundos cuando parecía que Valencio ya había sacado todo lo que contenía dentro, al menos lo inmediato.
Se levantó del escritorio y fue en dirección al hogar donde reposaba rendidamente Valencio sosteniéndose apenas de pie gracias al apoyo que hacía con su brazo sobre una modesta repisa adornada con algunas reliquias anticuadas para la época pero que le eran uniformes a todo el estilo de la estancia. La cabeza del hombre hacia abajo, los ojos cerrados y la boca entreabierta terminaba de confirmar la derrota moral del protagonista.
Al acercarse pudo sentir las respiraciones profundas y quebradas propias de un cansancio prolongado, una larga fatiga sin nada a cambio y un sollozo tan puro como lo fue de breve.
Emma puso su mano sobre la espalda de Valencio quien rápidamente se incorporó, hizo una fuerte inhalación como si estuviera recuperándose de un resfriado, aclaró su garganta y se puso de espaldas a la mujer.
—Te pido disculpas si mi reacción no fue apropiada. No hace falta aclarar que no estoy bien, hace rato no lo estoy. Es por esto que te voy a pedir que te vayas, porque, aunque suene contradictorio, necesito estar solo ahora mismo —dijo Valencio en un irreprochable tono de calma.
La joven continuó mirándolo y entre lágrimas las cuales no pudo contener, abrazó a Valencio quien, sorprendido por la reacción, se dio vuelta pero eso no evitó cortar el fuerte abrazo que estaba recibiendo de Emma que ahora tenía su cabeza hundida en el pecho del escritor.
—No me iré, Valencio, no. No al menos hasta que suceda lo que vine a buscar.
En ese preciso instante Emma tomó con ambas manos el rostro de Valencio y se acercó vigorosamente en busca de sus labios pero no llegó a cumplir con su deseo cuando él la apartó y la sujetó con firmeza de los hombros.
—¿Y esto?, ¿estás bien? —le preguntó Valencio a la enérgica mujer que aun así seguía intentando por todos los medios besarlo.
—Perdón si te ofendí con mis preguntas, también tengo mis problemas ¿sabes? Pero no me digas que no te pasa lo mismo, ¿o no? Dale, yo sé muy bien que lo estás deseando tanto como yo —le susurró Emma al tiempo que con su mano acariciaba el abdomen del hombre en dirección a la entrepierna.
—Emma… no… que… de verdad —Valencio no podía terminar sus frases y su respiración se intensificaba a medida que la joven lograba su cometido y lo masturbaba mientras le besaba tierna y delicadamente por su pecho y alrededor del cuello.
Valencio no pudo contenerse, incluso para una persona de excepcional y destacada formación la educación no podía más que la propia naturaleza. Le era imposible pensar, tenía la mente en blanco. Toda esa frustración, esa impotencia, esa ira que sentía se convirtió en deseo, deseo del tipo más primitivo que puede sentir un hombre. Al fin y al cabo, ambas emociones, enojo y excitación, tienen sus bases en la misma hormona.
Sujetó con fuerza el cuello de Emma y se la quedó mirando fijamente mientras ella continuaba satisfaciéndolo con su mano.
—Sabía que también querías —le dijo ella ahogada apenas como pudo debido a la fuerza que estaban ejerciendo en su garganta.
—Vos no sabes un carajo —contestó él concretando al fin el apasionado beso.
Solo la tímida luz del hogar reflejaba como la sombra de dos personas se fusionaban en una sola.
Valencio puso de espaldas a Emma y la empujó violentamente contra una pared. Estando sobre ella, le desgarró las vestiduras con una audacia desmedida y volvió apretar nuevamente el cuello al tiempo que le susurraba:
—¿Te gusta?, ¿así lo ansiabas?
La mujer logró apartarlo y se le quedó mirando de forma desafiante, demostrando su poco interés en la sumisión. Valencio se quedó confundido mirando a Emma quien con delicadeza terminaba de quitarse lo que le quedaba de ropa para luego acercarse y desnudar completamente a su compañero. Lo besó y le dijo:
—Desconozco a qué estás acostumbrado pero conmigo vas aprender a como darle placer genuino a una mujer…
Se besaron nuevamente y Valencio vio como la figura de su compañera caminaba en dirección al cuarto, frenando antes de ingresar para invitarlo con la sugestiva mirada a continuar su encuentro íntimo.
Pasada la medianoche podía oírse el silencio en aquella estancia luego del eufórico encuentro entre Valencio y Emma.
El escritor se encontraba con sus ojos completamente abiertos y fijos mirando al techo como si estuviera observando el más aberrante suceso pero con la frialdad de quien lo estudia objetivamente. Las sábanas llegaban hasta su cintura dejando en libertad su torso completamente herido con marcas similares a las que pueden provocar unas uñas humanas en estado de desesperación y su boca ensangrentada saboreaba instintivamente el rojo vivo ajeno como si fuera miel.
A su lado, el cuerpo desnudo de Emma reposaba boca arriba dejando al descubierto su inexpresivo rostro. Sus brazos y manos extendidas libremente a los costados daban una sensación dramática de final a la vez que sus mutilados labios reflejaban la violencia de un hombre determinado a satisfacer sus más bajos deseos.
Valencio, le dio al cuerpo sin vida de Emma una última y tierna caricia para luego dirigirse a su escritorio. Frente a la pantalla de la notebook, satisfactoriamente inspirado como hacía tiempo no se sentía, escribió: “Yo soy el principio y el fin”.

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