Ya era el tercer café cuando el reloj marcaba las tres, lo único que encajaba simétricamente en esa madrugada. La hora maldita se hacía presente en los demonios y fantasmas que se manifestaban ante mi persona. Las bestias encubiertas sigilosamente en dolorosos recuerdos y miedos injustificados. La cabeza aterrada por un huracán tropical y el cuerpo cansado por un sofocante desierto. Lo sucesivo de lo atemporal en esa fatídica noche me había llevado a un límite físico, mental y emocional. En suspenso, presente pero ausente, expectante de la vida propia cuando el pasado persigue, el presente agobia y el futuro se esfuma, haciendo que el protagonismo sea quimérico.
Miré la taza, la misma que conservaba de aquel viaje hace un par de años cuanto menos, que más que viaje fue un fugaz escape a la imponente ciudad de Buenos Aires y que en ese improvisado paseo por las ferias del pintoresco San Telmo resultó en la improvisada compra de una taza elaborada por un artesano simpático por fuera pero notoriamente dolido por dentro, quien aseguraba haber dejado impregnada parte de la sabiduría de su experiencia en la cerámica gris que ahora era una taza en mis manos medio llena con café negro sin azúcar. Recordé aquel artesano, pensé en sus palabras mientras esperaba que el café enfriara un poco, deseando olvidar todo aunque sea por un instante y concentrarme solo en eso.
Fue solo un efímero momento, lejanamente inferior al que anhelaba, el que pude reprimir a las bestias antes que volvieran más fuertes que nunca. Me apuré a beber un sorbo del café y me quemé la lengua. El dolor que sentí misteriosamente me agradó porque permitió la oportunidad para concentrarme en otro tipo de aflicción que no fuera la pena.
Me senté en el extenso sillón azul que había comprado prioritariamente, incluso antes que la heladera, cuando entendí que había llegado la hora de partir de casa, de soltar solo una mano de mis padres ya que la otra queda unida de por vida y mudarme a mi nuevo departamento en el centro, lejos de la rutinaria calma que ofrecía el techo en el cual había nacido y me había criado. Podía tener un sillón y no heladera como así también podía salir de fiesta y conseguir alimento de la alacena de mamá, porque las prioridades era algo que solo después entendería.
Sobre el sillón, en suspenso, sin poder asegurar con certeza un período de tiempo específico, vi mi celular. Era probable que fuera la séptima u octava vez que lo contemplaba, había perdido ya la cuenta. Cuando lo levanté, automáticamente se iluminó la pantalla y debajo de las 3:15 analicé una vez más la notificación del mensaje que me había llegado hacía ya unas cinco horas antes cuando estaba cenando aquel almuerzo que no fue en el trabajo y se convirtió en cena para el hogar.
La notificación del mensaje solo exponía una parte del mismo, una parte que no decía nada pero que podía llegar a decir tanto a la vez: “¿Estás? Créeme que es muy fuerte todo esto para mí también, lo pensé mucho y…”.
¡Tanto y tan poco! Falta de coraje la mía para enfrentar el resto del mensaje, me devoraba la curiosidad pero me frenaba el miedo. Dejé el celular a un costado, otro intento fallido de valentía.
Mientras bebía el café, reflexionaba acerca de la paradoja de Schrödinger sobre el gato encerrado en una caja que, a diferencia de cualquier caja común, esta ofrecía un particular diseño en el cual podía activarse o no aleatoriamente por medio de electrones un mecanismo que automáticamente esparcía un veneno letal dentro de la misma. Al colocar el gato en la caja y cerrarla nunca podríamos conocer en un cierto lapso de tiempo natural si el animal vivía o había muerto ya que no conocíamos si el mecanismo que esparcía el veneno se había activado o no, por tanto hasta no comprobarlo abriendo la caja, ambas realidades coexisten. El gato está vivo y muerto a la vez.
Pensaba, que quizás el mensaje en mi celular era como el gato. Hasta no abrirlo y leerlo completamente no existía una única realidad cierta que afectara a mi persona, al menos en un cierto lapso de tiempo natural, tal como el experimento.
No me atrevía a descubrir un camino, no sin antes contemplar ilusoriamente el recorrido de los dos posibles, Ambos muy distintos uno del otro, tanto como lo era la vida o la muerte para ese inocente gato.
Con los pensamientos divagando en el oscuro pozo que se encontraba mi mente pude reconocer el precario amoblamiento de aquel lugar que me gustaba llamar hogar pero que no sentía como tal. Las extrañas y sombrías siluetas se convertían poco a poco en objetos tan ordinarios como corrientes pero a la vez imprescindibles. El amanecer se hacía presente y la hora en mi celular lo confirmaba. El mágico pronóstico cumplió con la promesa de la primera luz del día a las 05:38 am y no pude corroborar la hora sin pasar por alto la notificación. ¡Ese maldito mensaje que tanto decía y a la vez nada confirmaba! “¿Estás? Créeme que es muy fuerte todo esto para mí también, lo pensé mucho y…”.
Claramente había una conclusión, un único resultado pero no para mí. Me encontraba suspendido en un rincón olvidado del espacio—tiempo donde solo yo podría salir y enfrentar una de las dos realidades que hasta entonces eran posibles. Una que tanto anhelaba y otra que tanto temía.
Era evidente que no estaba preparado para enfrentarme a la decisión. Tan solo el planteo me resultaba intrincado.
En medio de la ruina psicológica que provoca la proyección futurista de los pensamientos sentí un impulso. Una necesidad de hacer, un deseo de actuar.
Entré tan rápido como salí de la ducha para recibir un golpe helado de realidad. Me cambié sencillamente; unas bermudas, remera, zapatillas deportivas y agarré un abrigo. Junté efectivo como para no tener que preocuparme por uno o dos días y salí no sin antes agarrar el celular y el cargador. Estaba escapando.
Presioné el botón del ascensor que me llevaría al subsuelo donde se encontraba mi Hilux modelo 2010 blanca estacionada y una vez allí me subí inmediatamente. Saqué los lentes de sol de la guantera para resistir aquel sol que se imponía rápidamente en las mañanas de verano. Con la primera marcha ascendí lentamente por la rampa de la cochera y una vez en el pavimento de la calle Paraná comencé a viajar. Las cubiertas no habían rodado ni cinco kilómetros por las desérticas calles del centro cordobés un domingo con el alba cuando me di cuenta de que había entrado en reserva.
Vislumbré una estación de servicio y me detuve para cargar combustible sin saber aún que sería la primera parada de un extenso viaje. Tampoco tenía claro que los viajes no solo se miden en distancias físicas. Aproveché esos minutos para comprar algo de comida y bebida ya que el calor y el desvelo me estaban jugando una mala pasada.
Con el trámite listo, puse primera nuevamente y salí a la calle, en dirección norte, tomando la autopista sin un destino fijo ni claro.
A la hora entendí que ya había dejado atrás cualquier posibilidad de encuentro con algún vínculo cercano o familiar, pero aun así continué manejando, en silencio, bebiendo un poco de la botella de agua que había comprado y conviviendo con mi soledad.
Había alcanzado los primeros cien kilómetros y fue la repentina llovizna tropical la que activó mi conciencia para distinguir que estaba bordeando San Marcos Sierra en dirección a Cruz del Eje por la ruta treinta y ocho. Me invadieron las ganas de volver, estaba camino a salir de la provincia de Córdoba pero con la intención del regreso vino el recuerdo del mensaje, ese mensaje que me había desvelado y dar vueltas violentamente en el encierro de mi departamento como la más feroz de las bestias enjauladas. El impulso de hacer para no pensar me obligó a continuar, a seguir manejando. Por primera vez encendí la radio y fui cambiando de emisora escuchando solo el bullicio en el intento de la antena por encontrar señal hasta que de repente sonó “Don’t Cry” de Guns N’ Roses y el dique de contención en mi cabeza cedió ante la creciente presión del recuerdo. Axl Rose recitaba:
Dame un susurro,
y dame una señal,
dame un beso antes
de que me digas adiós…
Mientras las palabras tomaban forma de una conversación privada, en mi mente solo podía vislumbrar una única e inevitable realidad. Pero lo cierto es que la notificación del mensaje seguía pendiente y el final del mismo, al no ser leído, ofrecía aún dos realidades posibles.
Paré al costado de la ruta, necesitaba estirar las piernas. Eran pasadas las ocho de la mañana.
Empecé a molestarme conmigo mismo, no le encontraba explicación a mi reacción de huir ni tampoco comprendía el exagerado temor que me provocaba leer unas palabras. Sí, definitivamente era una locura estar sentado al costado de una ruta a más de cien kilómetros de mi hogar un domingo a la mañana sin un por qué y con solo una botella de agua casi vacía, unas galletas surtidas y un celular sin señal pero con solo una notificación pendiente. Instintivamente quise leer completo el mensaje para terminar con esta imprudencia pero una vez más no pude. La molestia se transformó en enojo y el enojo en ira hacia mí mismo. Llegué a detestar lo que representaba en ese momento: el infantilismo y la falta de coraje.
Era el único responsable de mi tormento y el único capaz de acabar con el mismo. Mi realidad era una pequeña y oscura habitación y solo yo tenía la posibilidad de encender la luz y abrir la puerta. Pero no podía porque hacerlo significaba enfrentarme con algo fuera de la habitación aún desconocido. Podía ser muy bueno pero también podía ser muy malo. Podía hacerme muy feliz pero también inundarme de desdicha.
El hecho de no avanzar le daba vida a las dos posibilidades pero también me dañaba la incertidumbre propia de la quietud aunque era, en cierta medida, un daño menor.
Me encaminé nuevamente hacia mi preciada camioneta con la decisión de leer el mensaje y aprovechar el regreso para reflexionar acerca del mismo. Las horas pasaban y con ellas la credibilidad en la demora de una respuesta.
Una vez dentro solo pude continuar manejando en la misma dirección en la que lo venía haciendo. Otro intento fallido de pisar una realidad.
Salí de Córdoba y atravesando La Rioja tuve un imprevisto, o quizás alguien o algo si lo tenía previsto, pero lo cierto es que en medio de la ruta el paragolpes trasero salió desprendido debido a un precario arreglo luego de un choque unos meses atrás. La tragedia como tal no ocurrió porque venía viajando por una ruta tan solitaria como lo era mi momento. Dejé el vehículo con balizas y fui caminando unos metros atrás donde había quedado abandonado el paragolpe no tan dañado por suerte pero con total imposibilidad de volver fijo a su lugar si solo de mí dependiera. Lo subí en la caja y agarré mi celular por primera vez sin la intención de contemplar la notificación, en busca de algún lugar cercano donde me pudieran ayudar. Estaba pronto a descubrir las riquezas de la tierra olvidada…
Desgraciadamente no tenía señal por lo que el único destino al que podía aspirar era la estación de servicio más próxima continuando por la ruta. La mayoría hubiese optado por volver en busca de tal estación pero yo no, no estaba listo y seguí en dirección oeste anhelando encontrar ayuda. Por suerte o por destino, no me tomó demasiado tiempo llegar a una precaria zona urbana donde fácilmente se podía distinguir una estación de servicio. Estaba en Patquía, La Rioja.
En la estación no pudieron ayudarme con el arreglo pero me mencionaron sobre un hombre a poco más de seis kilómetros que podría ayudarme. Con vaga decisión pero con mucha necesidad comprendí que no tenía opción, por lo que cargué nuevamente combustible y partí en busca de Salvador o “Fierro” como me mencionaron que lo llamaban habitualmente, el único capaz de ayudarme con el arreglo de mi camioneta. A medida que me acercaba según las indicaciones recibidas de aquellos mansos empleados de la estación caí en la cuenta de que ya me acercaba a los cuatrocientos kilómetros recorridos pasando el mediodía.
Rápidamente noté que el destino existía al descubrir un pequeño y humilde taller en ese frágil barrio de calles de tierra y hogares de madera y chapa. Me bajé de la camioneta atento, cargado de prejuicios y ligero de reflejos en busca de don Fierro.
Cuando lo tuve de frente instintivamente me sentí tranquilo. A pesar de su gran tamaño y la fuerza con la que me apretó la mano, noté en su mirada la inocencia de un niño puro y en su voz la calidez de lo genuino. Hombre de pocas pero justas palabras don Fierro me calmó al asegurarme que mi camioneta tenía arreglo y no le demoraría más de una hora hacerlo.
Mientras Salvador, oportuno nombre para mí tenía, arreglaba la camioneta me distraía pensando en cuanto me iba a costar el arreglo y como haría para pagarlo al mismo tiempo que contemplaba los perros que acompañaban al riojano, tan flacos y consumidos como los sueños de quienes en esta tierra vivían, pensaba.
Hombre de palabra, a la hora exacta escuché el llamado de Fierro. Cuando me acerqué y vi mi camioneta me sorprendí al comprobar la habilidad del hombre al no encontrar rastros de un daño. El paragolpe estaba en su lugar incluso mejor que luego del primer choque, como nuevo. Semejante nivel de detalle con tan poca herramienta a disposición sonaba a metáfora; cuando alguien tiene talento el capital no vale nada.
En forma tímida, casi temerosa le pregunté a Fierro cuánto le debía, sabía que no iba a ser algo barato. Me encontraba en el medio de la nada y eso el hombre lo sabía, entendía de mi necesidad y que cualquier precio pagaría.
Me miró un instante que para mí fue eterno y mientras cebaba un mate me dijo riendo:
—¿Qué te puedo cobrar?
Me reí en complicidad y con un gesto de resignación le di todo poder y potestad a don Fierro para que defina el precio.
—¿Estás apurado? Me preguntó el hombre, a lo que respondí que no, que ahora lo que me sobraba era tiempo.
Me invitó a que subiéramos a la camioneta y fuéramos hasta su casa a tan solo cien metros del humilde taller. Cuando llegamos, noté las condiciones en las que don Fierro vivía y que a la vez una familia tenía cuando salieron a recibirnos una hermosa mujer y una pequeña “chinita”. Lo primero que pensé fue que me llevó a conocer un poco de su vida para que no sintiera duda alguna en pagar un buen precio por el arreglo. Nuevamente las nubes de los prejuicios me impidieron ver el panorama completo.
Luego de recibirme tan amistosamente, demasiado para mi sorpresa, don Fierro le hizo un gesto a su pequeña hija quien rápidamente desapareció un instante para volver con algo en sus brazos envuelto en un viejo trapo. Se acercaron entre ambos y pude notar como una pequeña cabecita peluda asomaba entre los trapos, maullaba y reclamaba alimento ese pequeño y colorado gato.
La incertidumbre me invadió, quedé perplejo cuando don Fierro me afirmó que ese gatito era el precio.
Dos horas más tarde, luego de comer algo con Salvador y su familia me encontraba manejando mi camioneta en dirección hacia Córdoba, nuevamente a mi hogar, en aquel departamento en un edificio de la calle Paraná.
Mientras recorría la ruta a través de la calurosa tarde de La Rioja recordaba la conversación que había tenido con Salvador, mi salvador.
Luego de comentarme su precio me preguntó por mí, por quien era y hacia donde me dirigía. Le conté sobre mi impulso y el miedo de afrontar la verdad. Sobre el mensaje que hasta entonces no había podido leer, también sobre la necesidad que sentí de escapar. De lo ridículo que me sentía, de lo frágil de mi esperanza. Me emocioné al explicarle lo mucho que mi vida podía cambiar fuese cual fuese el mensaje final, que por mucho que me esfuerce solo dos caminos podía vislumbrar y que la notificación en mi celular era la última parada antes de que uno de los dos se volviera realidad.
Luego de oírme muy atentamente, don Fierro me preguntó si conocía el verdadero significado de la palabra Patquía que tenía como nombre la localidad donde nos encontrábamos. Ante mi esperada negativa me comentó que significa -Cruce de caminos- en quechua, idioma de los antiguos nativos, y que por alguna razón o por obra del destino la incuestionable sabiduría ancestral había actuado nuevamente al encontrarnos en ese momento y en ese lugar de la forma en que había sucedido.
Sus palabras luego fueron tan intensas que provocaron en mí una conmoción particular, razón por la cual quedarán en mi memoria por el resto de mi vida:
Lo que se conoce como realidad no es estático ni tampoco funcional, es simplemente algo que escapa a nuestro control y que no deja de mutar.
Si algo hoy es cierto puede que mañana ya no lo sea más. No trates de evitar lo que no se puede evitar ni tampoco te sientas capaz de crear lo que no puedes crear. La realidad tiene infinitas formas y varía en su identidad, todo depende de quién la mire y cómo la moldeará; donde algunos ven pobreza otros ven lo esencial, donde algunos ven derrota otros ven oportunidad y donde algunos ven solo dolor otros ven la necesidad de amar.
No te limites a limitar la realidad, solo atrévete a transitar con valentía y humildad, apreciando todo el paisaje y no solo el bello floral.
De la alegría se vive y de la tristeza se aprende. La paz es necesaria pero el movimiento es vital.
Disfruta el presente pero no evites lo que vendrá, lo mucho que en tu camino se cruzará y tu realidad cambiará. Nuevas emociones llegarán y las antiguas en el recuerdo quedarán pero el cambio constante significa que estás vivo y el hecho de vivir es la razón final.
De repente un tierno maullido puso fin a mis pensamientos. En el asiento de acompañante de mi camioneta, un pequeño y colorado gatito reclamaba alimento y por supuesto se lo iba a dar. Tal como le prometí a don Fierro y su hija, me haría cargo del gato y lo cuidaría ya que a ellos, por sus propias carencias, les representaba una dificultad.
Ya anocheciendo en Córdoba, a solo unos pocos minutos de llegar a mi departamento, paré en una veterinaria en busca de comida para mi nueva compañía y, mientras esperaba que me atendieran, decidí abrir la notificación: “¿Estás? Creeme que es muy fuerte todo esto para mí también, lo pensé mucho y…”.
Cuando finalmente leí el mensaje completo, una sonrisa se dibujó en mi rostro al comprender que la realidad que me esperaba sería aún mejor con la pequeña vida que llevaba en mis brazos.
Finalmente el veneno letal no se había esparcido en la caja y el gato estaba vivo.
Si este relato te conmovió, compartilo.
Tal vez alguien, en algún lugar, también lo necesite hoy.
