La costa oeste

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La mañana del veinticuatro de mayo era, una vez más, el retrato idílico de la fecha establecida y transmitida de generación a generación hacía ya unos incontables años.
Toda la población costera de este irrelevante pueblo, en esta intrascendente ciudad, se había reunido, como todos los años, a despedir otra prometedora embarcación.
Transitando la hora dorada del sol, el reflejo de sus mitológicos rayos iluminaba el rostro experimentado pero feliz de toda la muchedumbre reunida y compacta de frente al modesto navío. Los brazos y manos se erigían con fervor a lo alto, en señal de una eufórica despedida.
Desde proa hacia popa, por todo babor, la juventud que recientemente había embarcado respondía con la misma intensidad el saludo. Sus rostros de espalda hacia la luz solar no permitían notar a quienes los apreciaban desde abajo sus rasgos faciales pero la danza descoordinada de sus miembros superiores y los gritos de felicidad aseguraban que en esa embarcación no cabía espacio para otra sensación que no fuera la plenitud abrazada por una latente seguridad.
Eran exactamente las 9.36 horas cuando el navío de escasa eslora desplegó sus velas que inmediatamente comenzaron un romance con los imponentes vientos costeros, impulsando a la embarcación mar adentro.
Mientras el irrelevante pueblo de la intrascendente ciudad desaparecía a lo lejos, un joven tímido y reflexivo que se dirigía pacíficamente a estribor no pudo evitar pensar. Sin ideas fijas ni conclusiones elaboradas, su mente divagó en distintas formas, experimentando múltiples conexiones que, sumado al irregular movimiento de las aguas, lo llevó hasta el punto del mareo.
Repentinamente abrió los ojos solo para darse cuenta de que se encontraba tendido en cubierta. Notó que ningún otro pasajero había reparado en su estado por lo que, sufriendo el dolor de la timidez, atinó a incorporarse. Una mano sobre su hombro atentó directamente contra su esfuerzo indicando que lo mejor era tomarse un tiempo antes de volver a estar de pie ya que el golpe en su cabeza, producto de la caída, había sido sin dudas de fuerte impacto y lo más seguro era permanecer en reposo hasta asegurar que toda la maquinaria funcionaba correctamente.
—¿Tiempo? —se preguntó el convaleciente joven—. El tiempo es una obligación, no un derecho. Era inconcebible la idea de malgastar este recurso y más a bordo de este particular navío.
Quiso expresar su malestar por el comentario pero las repercusiones del golpe hicieron efecto y, cuando menos lo esperaba, nuevamente se encontraba tendido en cubierta, con los ojos hacia el cielo, entrando en una envolvente oscuridad.
—¿Ahora sí? ¿Tiempo? —dijo una divertida voz.
El joven que nuevamente estaba volviendo en sí parecía no haber olvidado las secuencias de sus desmayos y sin ningún preámbulo afirmó:
—Sí, un poco de tiempo está bien.
Por primera vez pudo observar el rostro perteneciente a la mano que había tocado su hombro previamente. Le resultó extrañamente familiar, como si ya lo hubiese conocido de antes, quizás no de verlo pero si de pensarlo. Ese rostro le provocaba una genuina admiración, un estado de paz.
Luego de unos segundos, milésimas de segundos, el joven ya se encontraba de pie en compañía del amigable rostro, contemplando juntos la vastedad del océano.
El tímido joven no podía soportar la incomodidad del silencio cuando no estaba en soledad por lo que rápidamente le preguntó el nombre al otro joven, de contextura similar a la suya, a su lado.
—¿Y tu nombre es? —dijo.
—Eso no importa —respondió calmadamente—. En este naufragio no importa tu nombre, importa tu intención.
El joven que había hecho la pregunta, lejos de obtener una respuesta solo consiguió incrementar sus dudas.
—A ver, a ver —continuó divertidamente su respuesta—. Por ejemplo tú, ¿cómo te llamas?
La sorpresa fue desmedida cuando el tímido joven descubrió que había olvidado su nombre pero no solo eso, no recordaba quién era ni de dónde venía.
—¿Lo comprendiste? —continuó el enigmático personaje. La respuesta a quién eres pierde sentido ante la pregunta sobre quien quieres ser, o mejor dicho, quien serás.
—¿Quién seré?
—Exacto, quién serás —exclamó el amigable y familiar rostro. Entiendo que a esta altura lo sabes perfectamente.
El joven, ante la inquietud que le generaba la confusión, volvió a insistir:
—Yo tengo un nombre, y tú tienes un nombre y cada uno en este navío tiene su nombre. Además —respondía decididamente por primera vez—, esto no es un naufragio como mencionaste, es una embarcación rumbo a destino.
La misteriosa compañía no hacía más que sonreír en forma cómplice ante las afirmaciones del ya no tan tímido joven.
—Muy bien —respondió enderezando firmemente su postura pero sin perder la calma y la paz que transmitía en sus palabras
—Tú no recuerdas tu nombre y yo tampoco recuerdo el mío. ¿Te parece justo si nos llamamos según nuestro destino?
El joven por primera vez sonrió pero no por gracia sino por impaciencia y dijo:
—Eso generaría mayor confusión, ¿no crees?
—¿Por qué razón? —preguntó su compañía.
—Te lo diré, aunque lo sabes muy bien, aquí existe solo un destino, una sola ruta marítima hacia el sur. No existe duda de que a ambos nos une un mismo e inevitable destino, entonces, si eso hace a nuestro nombre, ¿cómo nos diferenciaremos uno del otro?
—Eso es sencillo.
—¿Sí? —preguntó el joven que por algún motivo ya no dependía de la impaciencia para continuar la conversación.
—Sí, sencillo y claro. Tú irás al sur, junto a los demás jóvenes en esta embarcación, si es que llegan. Pero yo no, iré al oeste.
—¡¿Al oeste?! —exclamó el joven con cierta recriminación. Eso es imposible.
—¿Imposible? —se sorprendió su compañía.
—Nadie se aventura al oeste, el oeste no existe. Ir al oeste es imposible.
El enigmático personaje continuaba con su inquebrantable templanza y comentó:
—Tú serás Sur y yo seré Oeste, ¿Te parece bien?
El joven, resignado a tener una conversación coherente, asintió.
—Bien, Oeste, aún continuas sin aclararme lo del naufragio.
—Mi estimado Sur, no es sensato intentar explicar lo que uno solo puede validar a su debido tiempo. Cuando llegue el momento lo entenderás.
—Parece ser que tú comprendes perfectamente todo ¿Verdad, Oeste?
—El que parece comprender perfectamente todo eres tú, Sur, al afirmar que todo tiene un nombre y un único destino, mientras que otras cosas son imposibles o simplemente no existen.
Eran las 11:36 horas, dos horas exactas desde que el navío había zarpado, cuando Oeste invitó a Sur a observar a los demás jóvenes a bordo.
—¿Notas algo diferente, Sur?
—Ya no están eufóricos, parecen confundidos.
—Exacto, Sur, todos estos jóvenes ya no conservan la misma energía y decisión que tenían hace un par de horas, además…
—No son ellos, Oeste, sus rostros, sus cuerpos, han… ¡Han cambiado!
—Sí, Sur, crecieron.
—¿En qué momento?
—Durante este par de horas a bordo. En busca de su ilusión, o lo que creían que era su ilusión, han consumido casi una quinta parte más de su vida. Para las 14:24 horas la habrán consumido totalmente, dejando solo las dos quintas partes restantes.
Inmediatamente Sur buscó desesperadamente la forma de obtener un reflejo suyo para caer totalmente rendido ante lo que ya sospechaba. Su rostro y su cuerpo también habían envejecido. Aún era un hombre joven, más maduro pero no anciano.
—Oeste. ¿Y tú? ¿Por qué tú no has envejecido?
—No sabría decirlo con certeza, Sur, pero considero que me he librado de una fuerza que ejercía presión sobre mí. Creo que de alguna forma estoy más liviano y eso hace que el tiempo transcurra a una velocidad menor en mí persona.
A esta altura el joven, ahora llamado Sur en acuerdo con su par Oeste, sentía que había caído en una especie de ilusión. Todo lo que estaba sucediendo no podía ser real porque, a fin de cuentas, ¿en qué cabeza cabe? Estar navegando sin recordar su propio nombre ni rastro de su pasado, en un navío donde no se respetaban las leyes naturales del tiempo y junto a un personaje que nada de real tenía, solo ese extraño rostro familiar que, a pesar de la desesperanza de la conversación, le causaba una inexplicable admiración. Y, como si no fuera suficiente, la descabellada idea de viajar hacia el oeste cuando todo el mundo sabía perfectamente que el único camino era la solitaria ruta marítima hacia el sur. Tanto el norte como el este eran los extremos de un mismo arco que disparaba todos los años, cada veinticuatro de mayo, una flecha en dirección sur, donde se prometía incansablemente y con una convicción elocuente que quien lograra llegar a sus costas podría conquistar esas fértiles tierras de la consolidación y el desarrollo.
Viajar al oeste era un disparate del ser más insensato. Existían, claro está, esos rumores urbanos en todos los irrelevantes pueblos de las intrascendentes ciudades tanto del norte como el este que con el tiempo fueron convirtiéndose en mitos y cuentos. Estas historias comprendían distintos tipos de personajes pero todos con un mismo principio y un mismo final: su viaje al oeste y su desaparición permanente.
El motivo de las desapariciones variaba según el cuento pero lo que se mantenía inmutable era la característica principal de los distintos personajes. No importaba de quién se tratara siempre era una persona demente.
—¿Sur?
El joven volvió en sí al escuchar que lo llamaban.
—Estoy soñando, claramente no he despertado —exclamó inmediatamente.
—No, Sur, estás pensando. Mejor dicho estabas sobre pensando y, en lo que tú te dedicabas a ello, el tiempo siguió transcurriendo. Dentro de dos minutos serán las 14:24 horas y comenzará el naufragio.
—¡¿Qué estás diciendo, Oeste?!, ¡esto es un sueño!, ¡tú no eres real!, ¡nada de esto es real!
—Lamento confirmar que sí es real, Sur, pero no es definitivo. Aún estamos a tiempo.
—¡¿A tiempo de qué?!
—A tiempo de navegar al oeste.
—¡Otra vez con eso! ¡No existe el oeste! Y si existiera ¡¿Cómo navegamos hacia allí?! ¡Este navío solo va en dirección al sur!, ¡la única dirección posible!
—Ya te lo dije, Sur, estamos próximos al naufragio.
De repente un grito ahogado y seco los interrumpió. Luego otro y otro. Sur no daba crédito a lo que estaba sucediendo.
Los jóvenes ya no estaban. En su lugar, personas con marcados rasgos adultos corrían por toda la cubierta del modesto navío que ahora estaba desmoronándose lentamente como si ya no soportara su carga.
El clima tormentoso, que en nada se asemejaba con el auspicio que trajo el crepúsculo esa mañana, agitaba violentamente las aguas, creando olas capaces de derribar imperios.
En medio de la trágica escena, Sur volteó hacia Oeste:
—No, por favor, esto no está pasando. Esto no es real. Esto…
—Sur, es real, es muy real. Ahora es imperativo actuar, no podemos quedarnos. Llegó el momento.
—¿Pero el momento de qué, Oeste? ¡Todo está acabando!
—Todavía no ha acabado, Sur, no es la hora. Mirá a los demás, están subiendo a los botes, ya nada los une en este navío, cada quien rema junto a quien lo asemeja en busca de un destino común. Vamos, Sur, es el momento, es el naufragio. ¡Es nuestra oportunidad!
Aquel joven tímido, ahora crecido, estaba inmóvil, no podía moverse, era incapaz de procesar todo lo que estaba aconteciendo al frente suyo. Sin embargo, pudo notar como había personas más decididas, organizándose sin detenerse un momento siquiera a pensar, con la tranquilidad de que estaban haciendo únicamente lo correcto posible al subir a los botes y remar en dirección sur, convencidos de que era un viaje sin pasaje de vuelta y todo lo que hicieran, incluido su último y más preciado esfuerzo sería remar hacia esa dirección.
Por otro lado, había personas ayudándose entre sí como podían para subir a los botes y remar en dirección hacia el norte y hacia el este. La expresión en sus rostros era desgarradora como si les hubieran quitado lo propio. En sus ojos corrían las lágrimas con la misma fuerza que lo hacían las olas debajo de ellos. No tenían fuerzas de seguir, incluso dudaban del destino sur. Solo querían volver de donde habían zarpado, afrontar la vergüenza por la falta de coraje y recuperar lentamente su identidad perdida.
—¡Sur!
No entendía como ni por que Oeste seguía a su lado, insistiendo en que reaccionara.
—¡Sur! ¡Vamos! ¡El tiempo se agota!
—¿A dónde vamos?
—Allí hay un bote libre, Sur, es el nuestro, debemos subir, ya casi no quedan otros.
Ambos, Sur y Oeste, se dirigieron al bote. Se embarcaron y, una vez en las aquietadas aguas, bajo las pesadas gotas y los intimidantes rayos de la tormenta, comenzaron a remar. Mientras se alejaban, Sur notó como personas saltaban desde estribor al agua, perdiéndose para siempre en la oscuridad del océano.
—Oeste…
—No mires, Sur, simplemente no lo toleraron.
Luego de remar y remar, se encontraron solos, en un océano que se había calmado y un cielo que ahora ofrecía un ocaso rosa y anaranjado pintado por un artista divino. Eran las 19 horas y faltaban doce minutos para la culminación de la cuarta parte del quinto.
—Un poco más, Sur, ya casi llegamos.
—¿Dónde están todos, Oeste? No veo los botes con los decididos en dirección sur ni aquellos rostros destrozados en dirección norte y este.
—Sí, Sur, estamos yendo al oeste.
—¡Detente! Hay que voltear en otra dirección. ¡Estamos yendo a la nada misma! ¡Estamos yendo hacia nuestra propia extinción!
—Sur, ¿recuerdas lo que pensaste justo en el momento en que te embarcaste al navío? cuando tus pensamientos estaban inquietos, similar a la tormenta que atravesamos.
—Oeste, ¿qué?, ¿y tú cómo sabes?
—Mira tu reflejo en el agua, Sur, solo mírate.
Al hacer caso, pudo comprobar cómo su rostro había cambiado. Solo conservaba aquella particular profundidad en su mirada, todo lo demás era diferente. El poco pelo que conservaba era tan blanco como el pelaje de una gaviota, los pozos debajo de sus ojos resaltaban el cansancio, las arrugas marcaban distintos caminos a lo largo y ancho, sus labios finos hacia adentro, las orejas crecidas, la nariz predominante. Luego miró sus manos, las contempló un largo tiempo, aquellas manos temblaban, cansadas, con sus últimas fuerzas. Eran las 19:12 horas.
—Sur, cuando te embarcaste, ¿recuerdas lo que pensaste?
—Pensé… ¿por qué no me atrevo?, ¿por qué aun embarcándome a un destino me siento quieto? Oeste…
—Sí, Sur, yo soy tú. Soy esa sensación más profunda de tu persona que siempre intuiste pero nunca le diste identidad en tus pensamientos. Aquella resiliente emoción que nunca se dio por vencida, ni siquiera cuando otros la humillaban sin conocerla, incluso cuando tú mismo la negaste avergonzado. Sur, yo soy tú, no lo que representaste ni lo que te impusieron, yo soy tú realmente.
—Oeste, por favor, no sigas…
—Tuviste la última oportunidad, Sur, una última posibilidad para ir en busca de mí, de descubrirme, de descubrirte y de descubrir la potencialidad de las costas del oeste. Pero una vez más la inseguridad se apoderó de ti y la incertidumbre te dejó inmóvil. Ahora, nos estamos acercando a las 00 horas y tu fuerza ya no te acompaña, no queda más que estar a la espera del final, del inevitable final, el único destino que verdaderamente nos une a todos.
El llanto del anciano no tenía consuelo al ver como ese joven, esa versión jovial y decidida de él mismo se adentraba en las aguas y nadaba convencido hacia el oeste, alejándose poco a poco, entendiendo que sería la última vez que lo vería.
Al sur unas muy cansadas personas llegaban a la costa, luego de remar durante mucho tiempo, solo para comprender que habían alcanzado lo que deseaban pero ya no tenían el tiempo suficiente para disfrutarlo.
Las costas del norte y el este, recibían a personas entregadas al destino, como si remar en el océano y caminar en las orillas de su hogar fuera exactamente lo mismo, no importaba donde ni como, solo importaba seguir el tiempo restante.
En el medio del océano, bajo un cielo estrellado, en la nada misma, un bote flotando a la deriva. En su interior, un anciano de avanzada edad cerraba los ojos por última vez, sumergiéndose en un sueño muy profundo, descubriendo las maravillas de lo que pudo ser una realidad.
En la exhalación de su último aliento susurró:
La costa Oeste.

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