El estruendo vino acompañado de una bala de plomo que rozó el hombro corpulento de Kimbangu. Lo daña apenas, duele lo suficiente para hacerlo consciente de que estuvo cerca. La adrenalina se eleva, su corazón bombea incansablemente y los músculos responden al estímulo hormonal que reciben para no abandonarlo en el momento que más los necesita, no lo hicieron nunca a lo largo de su vida y tampoco lo harán ahora. El aire en sus pulmones es irregular, se entre corta, el miedo a lo que puede suceder lo incita a paralizarse, sin embargo el coraje para evitarlo lo obliga a seguir, solo seguir y no permanecer quieto. La sangre, viva, empieza a brotar a través del beso que el plomo dejó en la piel, manchando su podrida camisa de tela, por lo que decide quitársela dejando al descubierto su torso moreno y maltratado. Rasga la prenda violentamente, no le es desafiante, tiene fuerza física y de voluntad, envuelve la herida que derrama sangre noble, aprieta con determinación, el dolor no le es ajeno, lo conoce, es el único que no lo ha abandonado desde que tiene memoria. Sus pensamientos están en caos, los recuerdos vuelven y el pasado se fusiona con el presente, aunque prima la claridad en su mente de luchar por un futuro. Sus pupilas están dilatadas, lo que agudiza su vista, lo necesita para moverse sigilosamente en la oscuridad de la noche la cual le sirve de aliada para no ser visto, o más bien, para no ser cazado.
—¡Eh! ¡Mandinga!— la voz carrasposa del General sorprendió a Kimbangu que se encontraba a hurtadillas, asomándose sigilosamente por el lateral izquierdo de la pequeña estructura de adobe que servía de almacenamiento para el forraje. Como siempre, sintió la furia emanando calurosamente de sus tripas, como tantas veces se encontró con la desquiciada idea de enfrentarlo, como sólo en contadas ocasiones se percibía con la valentía para hacerlo, por primera vez se veía en las condiciones de lograrlo, por última vez , para bien o para mal, lo toleraría.
—¡Negro infeliz! ¡¿Pensáis que huiríais?!— el General Hernando Ramirez de Velasco se tambaleaba sobre su errante caminar, mientras avanzaba decidido por los alrededores del casco de la estancia. Había desechado su trabuco sin pólvora con el que había disparado y sostenía en su mano hábil la espada ropera que había heredado de sus ancestros en Toledo. Acostumbrado a los síntomas de la borrachera, cada vez más frecuente, lejos estaba de sentirse incapaz de continuar con su cometido. Un esclavo suyo se había sublevado, y eso era una abominación que no iba a tolerar, no podía tolerar, faltaba más.
Kimbangu podía sentir el sudor helado cayendo de la frente y los gemidos ahogados que le oprimían el pecho en cada exhalación de aliento. Contempló la manera en que su señor se había detenido en seco para blandir torpemente la espada gritando por él. Luego se volteó dándole la espalda y continuó en dirección contraria a su ubicación, yendo con una determinación confusa hacia la capilla privada. En ese momento, entendió que se había despejado su camino, bajando hacia el río, a poco más de dos leguas de distancia a pie desde los aposentos de la merced. Desde allí podría seguir su curso hasta la gran desembocadura, donde se embarcaria sobre la modesta balsa que ingeniosamente había construido a escondidas de los señores. Si el destino lo permitía, la libertad lo estaría esperando del otro lado de las aguas, en manos de un señor completamente distinto en formas al suyo, el prestigioso General Hernando Ramirez de Velasco, quien lo acechaba esa noche para brindarle un severo castigo por lo sucedido unos instantes atrás, aunque bien sabía más que severo resultaría terminante.
El endemoniado perro al que con su inconfundible hedor no podía engañar, ahora lo tenía no solo a un suspiro de distancia, dentro del espacio para recibir el ataque que se anticipa en los movimientos agazapados de sus cuatro patas, sino que también había advertido con su grave ladrido al ebrio errático que giraba sobre su eje con dificultad para avanzar ahora hacia la forrajeria. No tenía opción, huir no serviría, contaba con piernas fuertes, pero no eran competencia para un mastín español. Debía enfrentarlo y, para colmo de males, solo conseguiría escapar si vencía al animal de pastoreo antes de que su señor los alcanzara. Curioso, tanto el perro como el hombre eran seres que tenían un mismo dueño al que obedecer. La diferencia de lealtad se atribuía en su totalidad a la diferencia en el trato que uno había recibido respecto al otro.
Los caninos se incrustaron en su cintura desgarrando la carne, por suerte del fugitivo más cerca de la zona lumbar que del pubis. Sin embargo, el flujo sanguíneo acelerado por la adrenalina le evitó el dolor (al menos de momento), permitiéndole librarse de la mordida, precipitarse junto con el perro, rodar un metro y utilizar su flexibilidad humana para apresar al animal con sus piernas alrededor del estómago, presionando fuertemente el cogote con sus brazos quedando de costado sobre el lomo del leal servidor, que el General tanto adoraba, en un abrazo que marcaría el destino de uno de los dos. Las probabilidades no estaban del lado del esclavo, pero eso siempre había resultado así en la vida de Kimbangu y a pesar de aquello nunca se dejó vencer por las circunstancias. Cerró los ojos olvidándose de su alma, hasta que la fuerza de su opositor cedió junto al último aullido agónico. El perro no merecía ese final, era tan miserable como él. Sólo ejecutaba órdenes del verdadero culpable de tanto sufrimiento. No hizo más que cumplir con su deber. Esa posición la conocía lastimosamente bien. Lo entendió, le costaba aceptarlo, jamás lo olvidaría.
El duelo fue breve pues casi se le salen los ojos cuando vió la figura del señor, de pie a su lado, con la espada en alto a punto de ajusticiar su cuerpo tendido. La sobriedad le concedió un instante de superioridad y giro sobre la tierra húmeda lo suficiente para esquivar el corte de sable que ahora se hallaba incrustado sobre el cuerpo sin vida del mastín.
—¡Coronel!— el borracho se arrodilló frente a su perro y lloró desconsoladamente. Su desprolija y colorada barba, repleta de mucosidad y lágrimas, era el detalle final que faltaba para el lamentable personaje que observaba Kimbangu rendido a unos escasos centímetros.
—Lo… lo siento.
—¡Callad! ¡Infeliz!— El General se consumía en su rabia, le resultaba inverosímil que un esclavo se dirigiera a él como un igual en petición del perdón. En realidad Kimbangu no era compasivo con el hombre, sino con su servidor, Coronel, el inocente perro.
Ya no había manera alguna de retroceder, si es que en algún momento la hubo desde lo sucedido esa misma noche, apenas unas horas atrás. El esclavo se incorporó, sintió el ardor en su cintura junto con el dolor en su hombro y comenzó a correr en dirección al río. Su mente lo abandonó, solo corrió ignorando la sensación tortuosa en sus pies descalzos (por suerte faltaba poco para el verano y no tenía que lidiar con el punzante frío). Los agravios se escuchaban cada vez más pausados, eran rumores lejanos, no lo estaban persiguiendo. No importaba. No dejaría de correr.
Súbitamente, mientras cruzaba las vastas extensiones de las tierras de su señor, le pareció verla. Se detuvo en seco, como si el tiempo se hubiese paralizado junto a él. Tenía de frente a una tropilla de caballos nacidos y criados en esas tierras, empero de raza española pura. Entre los alazanes, los preferidos del señor, destacaba un tordillo, reluciendo su pelaje blanco en medio de la noche y una mujer, de espaldas a Kimbangu, quien trenzaba distintos amarres de las crines del caballo. No podía ser, era ciertamente imposible, se repetía el moreno al que la adrenalina le había desaparecido y sentía repentinamente una insospechada paz, la misma que ella supo hacerle sentir. Por más irreal que le pareciera, no podía negar lo que veía y en una calma espiritual, sin arrebatos ni apuros, comenzó a caminar en dirección al tordillo y la mujer de espaldas, quien parecía no percatarse de la presencia del hombre que la contemplaba desconcertado. No pudo distinguir el momento cuando la imagen fue acompañada de un sonido, y como en un sueño profundo del cual no quería despertar, mientras se acercaba cada vez más a la misteriosa mujer, oía su dulce tararear entonando la melodía. La misma melodía que le había enseñado, aquel cantar custodiado por palabras privadas al esclavo las cuales lo habían deslumbrado: la expresión sonora de la libertad.
Extendió su brazo con la palma de la mano abierta, la misma con la que había estado conteniendo la sangre que emanaba de su herida en la cintura. Se encontraba a un instante de tocar a la mujer de espaldas y, cuando ésta dejó repentinamente de tararear, el silencio se adueñó de esas tierras. El primero en voltear a verlo con su expresivo rostro, fue el tordillo al que le estaban haciendo las trenzas. Luego, en un movimiento lento e inseguro, la mujer comenzó a voltearse. Kimbangu sentía paz, pero también sentía que se le estaba por salir el corazón del pecho. Acarició, con su mano ensangrentada, las costillas de ella y le descubrió el rostro apartando la melena. Ahí estaba. Permanecía con él. No se había ido.
—¡Estáis muerto cimarrón!—el General montado sobre el más distinguido alazan, tan colorado como él, avanzaba a todo galope por el sendero a la carga contra su esclavo sorprendido por el violento grito de su señor.
Giró para advertir a la mujer que lo acompañaba, pero se encogió al encontrarse absolutamente solo, con su mano sobre el hocico del tordillo. Inmediatamente reaccionó dando un salto que le costó un sentido grito de dolor (por el esfuerzo), se subió al caballo, lo taloneo con fuerza y agarrado de dos trenzas en las crines emprendió la huida.
El General Hernando Ramírez de Velasco, desbordaba emoción al acercarse cada vez más al esclavo en un violento galopar, donde las herraduras golpeaban bravamente el suelo. Podía verse al mismísimo demonio salir de sus ojos. Kimbangu, por su parte, estaba decidido a seguir hacia el río, ya fuese a pie, montado a pelo de un tordillo, o como sea necesario con tal de seguir, de no detenerse, porque detenerse en este momento significaba una cosa cierta para Kimbangu: no vivir para contarlo.
Resulta curiosa la manera en que transcurre el tiempo y caprichosa la forma en que nos confunde. Quizá, se reduzca a una cuestión inverosímil de perspectiva, o quizá esté en su propia naturaleza amoldarse a la consciencia de cada ser. Sea el tiempo uno solo, que se disfraza a gusto, o un ente de múltiples dimensiones con infinitas identidades, lo cierto es que esa noche del año 1650 no transcurría a la misma velocidad para el cazador y la presa. El General Velasco aceleraba los segundos, acortando la distancia entre los caballos. Podía sentir la tierra húmeda en su rostro que levantaba el tordillo frente a él y en varios intentos, con una percepción un poco trastocada de la realidad, tiraba manotazos en su ansiedad por apresar con sus veteranos dedos el cuello del moreno, quién parecía absorto a pesar del peligro inminente que le pisaba los talones. Tenía la mirada desvaída en un terreno llano, iluminado solo por los astros nocturnos. Las heridas recibidas esa noche demandaban su atención, pero Kimbangu las ignoraba. Su indiferencia bien podría ser la sangre perdida o lo vivenciado unos instantes atrás cuando vió a Ayarí, la mujer indígena responsable de resurgir en el esclavo el sentimiento de vida.
Una vez más, el misterioso tiempo distanciaba lo que el espacio acercaba. El General casi podía saborear su venganza como a un exclusivo vino de jerez traído directamente desde Andalucía, de ese mismo que tenía almacenado en barricas peninsulares, en un cuarto del que solo él tenía la pesada llave de hierro para acceder solo o, cuando lo deseaba, acompañado involuntariamente por distintas mujeres de su propiedad, siendo Catalina Ayarí (como la había bautizado para desprestigiar su nombre pagano) su preferida. Kimbangu, por su parte, se veía irresistiblemente atraído a los recuerdos, a esas memorias de una vida marcada por el sufrimiento, aunque con destellos de felicidad pura, una emoción tan genuina y efímera, como solo la indigena Ayarí supo concederle.
Kimbangu llegó a la estancia cuando apenas era un niño de ocho años de edad. Violentamente traído desde la periferia del Kongo, la aldea que sirvió de hogar hasta el día en que los uniformados irrumpieron asesinando a quienes oponían resistencia, aprovechándose impunemente de las mujeres. Los enviaron hasta Bruselas donde, al igual que los otros niños, lo separaron de su madre, siendo la capital de los Países Bajos del Sur dentro del Imperio español el último lugar donde la vería y lo embarcaron en un precario navío, propicio para un naufragio. No lo sabía entonces, pero a partir de ese momento, cuando sus inocentes brazos se dejaron vencer por el peso de la cadena, se había convertido en mercancía y pronto tendría dueño.
Luego de meses en alta mar, había perdido una importante cuota de peso, al tiempo que desarrolló obligadamente el carácter necesario. Las condiciones eran desafiantes para cualquier ser humano, por tanto para un niño resultaba en una empresa titánica, poco menos que imposible, convirtiendo esa ínfima posibilidad en la triste realidad de menos de la mitad de niños que nunca pisaron tierra colonial, desde su embarco en el viejo mundo europeo. Sin embargo, el pequeño Kimbangu entendió rápidamente que dependía de su astucia para sobrevivir, haciéndose valer en cada instancia de conflicto o competencia, logrando asegurar de esa manera una plaza en la lucha por la subsistencia. Cuando llegó al puerto en Cartagena de Indias reconoció el escándalo, y el alboroto, en una masa de gente febril que gritaba haciendo intercambios. Noto cómo se amontonaban para verlo a él y a los pocos niños que quedaban de la travesía. Hacían un análisis exhaustivo del físico, revisando la boca, los dientes, el pelo e incluso los genitales. El pudor lo había abandonado, como también su suerte en el momento que lo separaron de su entrañable madre. Un distinguido y acaudalado hombre, conocido como el señor Miguel de Ardiles, se lo llevó consigo sendero abajo, a través del camino real del Potosí, hasta unas tierras lejanas al puerto donde, luego de meses de odisea en una travesía que lo destruyó y paradójicamente lo volvió inquebrantable, llegó a un sitio que lo deslumbró. La Estancia San Antonio, ubicada en la reciente ciudad de Córdoba que iba camino a cumplir los cien años desde su fundación, acogía un nuevo esclavo. Por un breve momento sintió inspiración en ese rincón alejado del cruel mundo que había conocido hasta entonces. Los sonidos, los aromas y ese inconfundible paisaje impregnado de diversos colores podían confundirse con un paraíso y, en parte, lo era, solo que no para todos los que ponían un pie allí. A partir de ese día la magia con la que recibió su nuevo hogar se iría evaporando paulatinamente hasta convertirse en una alienación con su propia alma marcada por un claro denominador común que no estaba en el lenguaje de la época, pero sí en sus actos: el abuso. Todo empeoró de manera exponencial, cuando el señor Ardiles enviudó repentinamente y tomó la decisión de vender la estancia a un general, aparentemente de renombre, que trajo consigo toda la maldad que aún no había descubierto el ahora joven adulto esclavo. Hernando Ramírez de Velasco, llevaba su derecho de propietario a otro nivel y lo ejercía con vehemencia, casi con la notoria necesidad de imponer su condición de pureza, frente a lo que consideraba seres inferiores, despreciables y merecedores de todo tipo de castigos procedimentalmente. Los días desde el primer día en que ese hombre puso un pie en la Estancia San Antonio, se volvieron tortuosos e inciertos, difíciles de afrontar incluso para los esclavos más experimentados en el maltrato. Kimbangu, por su parte, se creía capaz de soportar todo y más, no tenía alma para pensar en una realidad diferente, en una situación alternativa o esperanza de mejora que no sea la escalada continua al mismísimo infierno. Cada amanecer trajo una nueva instancia de dolor físico y emocional el cual debía tolerar porque naturalmente estaba muy bien entrenado para ello. Con los años su mente fue esclavizada más que su propio cuerpo.
—¡Piojoso! ¡Ya veréis!— gritó entusiasmado Velasco.
Kimbangu se sorprendió a sí mismo galopando a toda velocidad y fue ese estado de alerta repentina lo que lo obligó a mirar sobre su hombro, perder el equilibrio y caer duramente al suelo. El alazán, que tenía detrás, obligado por su jinete, lo pasó por encima y el eco en el crujir de los huesos del moreno extasió al General que puso en dos patas a su esbelto caballo al tirar fuertemente de las riendas. Descendió, con una agilidad admirable para un ebrio, acercándose en un caminar pausado al cuerpo de su contrincante que sollozaba tendido en el pastizal virgen. Ningún hombre puede soportar tanto dolor, mucho menos fingirlo. Los gritos de Kimbangu no hacían más que extasiar a Velasco, quién no tenía apuro alguno en finalizar con su cometido de la noche. Luego de tanto esfuerzo, reflexionaba, al menos lo disfrutaría extendiendo la agonía del insurrecto hasta nuevos límites incluso para él.
—Oh vil criatura ¿tan escaso entendimiento el tuyo para creer que lograrais librarte de mí?
Kimbangu tenía los ojos bien abiertos a pesar de la necesidad de cerrarlos con fuerza, producto del intenso dolor en todo su cuerpo.
—¡Qué insolencia!— continuó el general – ¡Qué desvarío el de tu bajeza! Sentid vuestro sometimiento – dijo al tiempo que puso su pie sobre las costillas rotas del esclavo y presionó con fuerza.
El grito desolador del condenado no fue capaz de sensibilizar a su agresor, al contrario, solo lo incitaba a estrujar y retorcer su bota de cuero vacuno sobre las costillas con mayor empeño, decidido a destruir al esclavo que se atrevió a desafiarlo la misma noche que había reservado para disfrutar por primera vez de la compañía de una jovencita mulata recién adquirida para satisfacer sus perversiones más íntimas. Esa muchacha debería rozar la quincena de edad, no lo sabía con certeza, pues los datos de identidad eran propiciados por su vendedor según el valor comercial que deseaba imponer. Sin embargo, a juzgar por sus facciones y el inminente desarrollo prematuro en sus curvas, algo que codiciaba el veterano español, no debía estar lejos de ese promedio
—Habéis malogrado mi velada, más yo me asegurare que vuestra vida se convierta en nada.
Kimbangu balbuceo en un lenguaje que Velasco reconocía, empero no lograba descifrar.
—¡Callad, bestia!— gritó al tiempo que le propiciaba una fuerte patada en la mandíbula. Rechazaba cualquier indicio cultural que no fuese el impuesto, desde las costumbres hasta el propio lenguaje.
Luego, con una templanza ajena a su personalidad, se puso en cuclillas y tomó el mentón del sumiso, apretó con vigor dejando en evidencia su superioridad y le susurró al oído:
—No salvarais a esta, como así tampoco salvasteis a Catalina…— esas palabras lo dañaron más que cualquier otro agravio sufrido las últimas horas. Sabía que se refería a la joven mulata destinada a hundirse en la depravación del General y a Catalina, su amada Ayarí, quién padeció la condena de agradarle a Velasco en cuanto la vió.
La indigena Ayarí compartía la misma edad que Kimbangu y una experiencia de desarraigo similar. Había llegado a Estancia San Antonio, varios años después que el africano e inmediatamente se entrelazaron en una estimulante amistad, a pesar de sus inconvenientes para comunicarse. Fue ella la responsable de que el alienado hombre vuelva a inspirar un sentido, un razonamiento de justicia, un primitivo instinto de identidad. Fue también ella quien le enseñó lo que significaba libertad. Cuando podían, rara vez era posible, se encontraban a la luz de la luna en el ancestral algarrobo a orillas de la laguna que rodeaba las habitaciones anexas al casco central de la estancia, varios metros alejados para prevenir miradas indeseadas. El momento compartido se convertía místicamente en un intercambio energético donde el aprendizaje entre ambos les permitía desnudar todas las debilidades que mantenían ocultas para perdurar en la inadvertencia. La tentación carnal era latente, más no primordial. Ayarí y Kimbangu crearon algo más legítimo y duradero, un lazo indescifrable para cualquiera que no fueran ellos. Lastimosamente, no era el único interesado en la indigena ya que en un aspecto indigno el mismísimo General Hernando Ramirez de Velasco había fijado su atención en ella y, claro está, eso significaba un final certero.
—¡Noo!— gritó efusivamente Kimbangu —¡Nooo!— replicó con más pasión.
Por un instante Velasco se quedó estupefacto ante el sonido grave de la voz. Luego una leve inclinación hacia arriba del labio superior delató una macabra sonrisa, realmente lo estaba disfrutando.
—Estáis muerto, mandinga— dijo tomando la filosa cuchilla de hoja ancha que utilizaban para carnear el ganado y traía consigo amarrado a la cintura.
Finalmente, el moreno cerró sus ojos y relajó su musculatura, sin energía ni posibilidad de cambiar el destino.
Un brusco movimiento cortó el aire.
Se oyó un gemido aislado.
El líquido caliente y espeso comenzó a discurrir para fundirse en la historia no contada de estos terrenos.
Otra vez la tierra se teñía de rojo.
Silencio preferencial.
El pestilente aroma a vino del General inundaba su olfato y el picor que le causaba en el torso su cabellera colorada le demostraron que, contra toda probabilidad, Kimbangu seguía con vida. Hernando Ramirez de Velasco yacía inerte sobre su cuerpo. Tardó en razonar lo que había sucedido hasta que divisó por el rabillo del ojo a una figura delgada, temblorosa y completamente paralizada. Era la morenita, “María Dominga” como la habían bautizado ni bien llegó a la estancia. Estaba semidesnuda y maltratada, ciertamente traumatizada por la primera experiencia con el General, dueño de la estancia, esa noche en el cuarto donde almacenaba sus barriles con vino.
La espada ropera incrustada en el cuerpo sin vida de Velasco, era la misma que había incrustado éste último en su mastín español, cuando desatinadamente quisó aniquilar a Kimbangu.
Con una fuerza celestial, el esclavo se quitó el cuerpo de su agresor de encima, logró incorporarse e intentó dar un paso no sin antes exclamar un quejido que sirvió de aviso para que la morenita reaccionara y corriera hacia el convaleciente hombre para ayudarlo.
Una hora más tarde, con el alba asomando, se embarcaron el moreno y la morenita en la pequeña balsa que el hombre había construido. Casi sin fuerzas Kimbangu se recostó sobre la madera, dejando su espalda reposar contra el estribor y el cuello flexionado de manera que pudiera guiar. Dejó que la muchacha fuerce el primer impulso para adentrarse en el agua, hundir el remo y direccionar el rumbo hacia la gran desembocadura, para luego concentrar su último atisbo de energía en divisar la orilla donde el jesuita Juan Bautista lo estaría esperando para recibirlo tanto a él como, milagrosamente, ahora también, a su nueva compañera de viaje.
Las energías estaban abandonando a Kimbangu, la respiración entrecortada era la amenaza latente que advertía la posibilidad de ceder ante la tentación del descanso eterno. El daño físico era irreversible y la seducción de volver a verla fascinante. Sentía como sus párpados pesaban. La mano, con la que presionaba su cintura para contener los huesos astillados en su interior, aflojó y se estrelló silenciosamente a un lado. La boca seca quedó entreabierta y con la mirada cansada descubrió entre la niebla disipándose a Ayarí quién se adentraba desde la orilla, enterrando sus pies en el agua, yendo al encuentro con la balsa de madera. Sintió como las delicadas manos de la indigena sostuvieron su cabeza, impidiendo que ladeara hacia un costado, abrazándolo contra su cálido pecho y el placer de experimentar, una vez más, como las yemas de sus dedos acariciaban tiernamente el rostro. Podía observar la melodía que tarareaban sus finos labios, entonando las palabras que le habían privado desde aquel día a sus ocho años. La naturaleza se hacía notar en cada instante de ese tararear. Estaba a punto de orquestar la sinfonía perfecta, la misma que interpreta la relatividad del tiempo. Se concibe instantánea, pero resulta eterna.
La sinfonía perfecta suena. Se oye la belleza de la libertad.
El padre Juan Bautista, con el agua del río a la cintura, aferrado a la balsa, sostenía la cabeza sin vida de Kimbangu y rezaba por aquel hombre para que pudiera seguir finalmente el sendero hacia la paz. La morenita observaba la escena con aflicción. No llegó a conocer muy bien a ese hombre y, a pesar de ello, entendió que la había salvado.
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