Bienvenidos al Edén

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Clara sufre un indomable dolor de cabeza, es víctima de tal mal desde que tiene memoria, o al menos eso cree. Es que solo recordar los albores de su padecimiento no hacen más que incentivar el ardor en sus diminutos ojos. Ladea la cabeza de un lado a otro, buscando relajar la musculatura cervical al tiempo que suspira y fija la mirada, pero es en vano. Clara sufre de migrañas y lo padece en verdad aunque no siempre resucitan con la misma intensidad. En contadas ocasiones, las menos, aparecen encubiertas de una latente advertencia, con la implícita intención de recordarle que no se han ido, que están ahí y seguirán porque fueron, son y serán una parte innata de ella. De Clara Kreautner. La mujer que sufre los peores dolores de cabeza en el Edén Hotel y, posiblemente, de todas esas tierras según comentan los huéspedes que se alojan en el mítico hospedaje serrano que poco, más bien nada, tiene que envidiar a la arquitectura y tecnología más avanzada de Europa. 

Esta era exactamente de esas pocas veces que su agonía se hacía presente a modo de aviso, cuando Clara descendía con decisión a través de la escalera principal rumbo al acceso para salir a tomar un poco del aire puro que ofrecían las sierras de Córdoba. Estaba escapando, huyendo de la realidad. Una vez fuera de la estructura, continuó descendiendo por la escalinata de mármol de Carrara que prometían el acceso al mismísimo Olimpo, frenando repentinamente en seco. Su diminuto aunque femenino cuerpo se mantuvo inmovil, girando dubitativamente por encima del hombro para contemplar lo que creyó haber visto pasar por su lado. La respiración acompañó el silencio vacío que todos sus sentidos detectaron. Se le erizó la piel y al cabo de un instante se reprocho a sí misma por el errático comportamiento. Por suerte para ella, nadie lo había detectado porque simplemente nadie estaba allí, nadie además de Clara con sus inconsistencias, junto a la buena fortuna de no convertirse en la víctima de una sociedad oligárquica con hambre de aceptación superflua.   

Desconcertante ¿no le parece?Clara, astuta en el arte de las apariencias, no busco la mirada de su interlocutor a pesar de reconocer casi de inmediato de quien se trataba. A esa voz, enfática e incluso un tanto agresiva desde la primera sílaba, como la de muchos de los viajeros que llegaban al hotel desde el otro lado del Atlántico, solo él podía añadirle una pizca de color para no oirse tan fría. 

¿Clara?insistió. 

Defina desconcertante, Señor Eichhornrespondió con la templanza de quién sabe dirigir una conversación. 

Bruno Eichhorn, sensacional como misterioso, era tanto dueño como socio del Edén junto a su hermano mayor, Walter. La dupla alemana supo anticipar lo que en La Falda sería un excelente negocio inmobiliario, comprando la propiedad en el año 1912 por un total de $450.000 a través de un acuerdo que significó una movida financiera arriesgada. 

El menor de los hermanos tenía un temperamento medido, difícil de quebrantar. No era precisamente devoto de la admiración pública siendo que era objeto indiscutido de tal lujo. Bruno, en aquel entonces, al momento de tomar la decisión de adquirir la estancia y el hotel, a la merced de su ingenio, apostó por el desarrollo sabiendo que con ello estaba sacrificando uno de sus bienes más preciados: la libertad de quién no figura dentro del exhaustivo escrutinio de la aristocracia. 

¿Señor Eichhorn? ¿Se encuentra usted aquí conmigo? reiteró Clara con mayor certidumbre al ser ahora ella la que percibía un comportamiento extraño en su acompañante. 

Disculpe, Clara. Bien sabe usted que me gusta pensar mis palabrassonrió sutilmente. Desde mi perspectiva literaria, posiblemente escasa de entendimiento por mi formación en los negocios, la escalera que estaba usted viendo encaja de un modo impecable a la definición de lo que entendemos como desconcertante. 

— ¿Y esa definición sería…?— No era la primera vez que ambos apelaban a la seducción discreta para compartir un pequeñísimo espacio en sus vidas complejas. 

El hombre asintió en un gesto de conformidad frente al interés de quién fuera la responsable de empujarlo a sus perversiones más bajas por las noches, cuando el peso del deber no lo afligía. Con el índice y el pulgar peinó su bigote dorado en un movimiento circular que dividió los dedos por debajo de la nariz, llevándolos al punto más alejado cuando rozaban las mejillas para volver a encontrarse en el mentón. Conocía el efecto que esto producía en Clara. Se acercó a la mujer a quién le costaba no dejarse llevar por la tentación que incitaba el accionar de una persona decidida a cumplir con cual fuese la idea que se haya cruzado por su mente. Deseaba que se tratara de un acercamiento íntimo, de esos que la despertaban acalorada, incapaz de controlar la culpa por tanta necesidad de contacto y que solo la luna era testigo. Al menos, imploraba, así lo fuera. 

Una vez lado a lado, Bruno puso un pie encima del segundo escalón de la colosal escalinata ascendente que guiaba al ingreso del hotel. Apoyó sus codos sobre la pierna elevada casi a noventa grados, cruzandolos e invitó con un sencillo ademán de manos a Clara para que se dispusiera a escuchar lo que tenía para decir. Ella solo pensaba en la altura de ese hombre que, aún inclinado, le exigía levantar el rostro para distinguirlo. 

— Verás, al principio no estaba seguro— dijo mientras miraba las escaleras, como se mira las cosas sin apuro—. Cuando Walter mencionó que Ida…

Clara carraspeó. Ida Bonfert, la exasperante esposa de Walter Eichhorn, le provocaba un total rechazo por sus aires de superioridad hegemónica y su inconfundible personalidad altiva, creyéndose dueña de todo. En parte lo era, es decir, se trataba de la esposa de uno de los dueños del Edén, pero tal título no era merecedor de su intolerable arrogancia. Clara evitaba a toda costa encontrarse por el hotel con Ida, como así también lo intentaba con Gretel Clever, esposa de Bruno. A diferencia de Ida, Clara eludía a Gretel no por desdén, sino por vergüenza. Solo vergüenza, de esa pena que provoca el incontrolable deseo de pecar. Bruno era el culpable, quería convencerse. 

— Lo siento— interrumpió llevando su delicada mano a los labios—, el aire está cambiando. Por favor, continúe.

Bruno estaba embobado frente a las escaleras, sin siquiera percatarse de la interrupción. 

— Cuando Walter mencionó que Ida tenía una amiga, la cual conocía a la dueña del Edén, quién tenía la intención de enajenar la propiedad quedé desconcertado. Por aquel entonces, todos se embarcaban hacia Europa en busca de vacaciones, no al espinoso monte de Argentina. Un hotel de lujo, pensé, ¿qué sentido tiene? Claro, luego vino la Gran Guerra a dos años de comprar el Edén y Europa ya no era opción para unas vacaciones, pero en ese momento desconocía que esto sucedería. Los huéspedes de la alta sociedad encontraron en nuestro hotel una posibilidad válida para veranear y cada día llegaron más visitantes. Quizá mi hermano sea el verdadero hombre de negocios y yo solo un leal socio… En fin, no estaba seguro de comprar hasta que llegué por primera vez y vi estas escaleras. Por supuesto todo en el Edén era asombroso, con su arquitectura italo francesa, sus amplios salones, las habitaciones amobladas con exactitud exquisita, su avanzada tecnología de autoabastecimiento, sus jardines, todo… Clara, permítame decirle, nada en este lugar es tan desconcertante como éstas escaleras. 

No fue hasta este momento que Clara se entregó enteramente a las palabras de Bruno, en una especie de hipnosis que la transportaba a un estado de levitación. Por un instante, dejó de prestarle atención al hombre que le atraía para concentrarse en la persona que le hablaba.  

— Desconcertante es— continuó Bruno— un estadío de confusión, un instante de perplejidad o desorientación… Mire, algo es desconcertante cuando nos hace dudar de todo aquello que creíamos cierto. Eso me sucedió cuando vi estas escaleras. Le confieso con total franqueza que aún hoy, más de veinte años después de haber comprado la propiedad con mi hermano, me sucede. 

— ¿Podría usted contarme más profundamente cómo es eso que le sucede?

— ¿Recuerda al Doctor Einstein?

— Sí, lo recuerdo. Visitó el Edén unos años atrás, almorzó aquí e incluso se sacó una fotografía en…

— En estas mismas escaleras— se adelantó Bruno—. La cuestión es que tuve la maravillosa oportunidad de compartir una breve conversación con aquel intrigante hombre. Como dueño del Edén, era deber absoluto recibir atentamente al reconocido científico premiado con el Nobel de Física. Creí, le confieso, que la conversación no sería distante a un formalismo protocolar. Sin embargo, lo que hablamos no podría siquiera imaginarlo en aquel entonces. Realmente me encandiló. 

Clara, sujetándose a la existencia que Bruno le proporcionaba, lo escuchaba atentamente. 

— El Doctor Einstein desarrolló una teoría fascinante acerca del tiempo y el espacio. Desconozco completamente acerca de física, Clara. Podrá intuir que debatimos sobre ciencia en esa conversación, pero estaría confundida. No, eso es lo magnífico de Albert Einstein. Es más brillante de lo que conocemos… sabe más de lo que entendemos. Lo extraño o preciso, si me permite dudar, es que tuvimos la conversación al pie de estas escaleras, luego de la fotografía. 

— ¿Qué dijo?— insistió intrigada.   

— Más bien, me preguntó— respondió Bruno—. ¿Cómo funciona el tiempo?

— ¿El tiempo? 

— Sí, mejor dicho ¿Cómo conviven el tiempo y el espacio?

— ¿Y? ¿Cuál fue tu respuesta?

— No hubo respuesta.  

— ¿Entonces? 

— Se me acercó parsimoniosamente y sacó de su sobretodo negro de lana una pieza de ajedrez tallada en noble madera, con un toque sútil de barniz. Era la reina. La miró extasiado y me comentó algo como… 

— ¿Qué comentó?

— Me avergüenza un poco replicarlo frente a usted, Clara. 

— Solo dilo, Bruno. 

— Al igual que el enigmático juego, detrás de los cálculos frívolos, solo existe una manera genuina de comprender la teoría de la relatividad, siendo esa pieza de ajedrez clave para recordar la misma. Clara, Einstein expresó “cuando te sientas con una chica guapa una hora, parece un minuto. Cuando te sientas sobre una brasa al rojo vivo un minuto, parece una hora. Eso es relatividad”. Luego, volteó para meditar un instante mientras apreciaba las escaleras y se marchó lentamente. 

Bruno se tomó una pausa para finalizar y luego exclamó: 

— Creo que lo comprendí de inmediato. Ese hombre pudo ver lo mismo que yo el día en que puse por primera vez un pie en este extraño lugar. 

— Entiendo. Debo reconocer que sí es un lugar extraño— reflexionó Clara habiendo alcanzado un clímax de confianza—. Últimamente he tenido unos sueños en verdad singulares. 

— ¿Quisiera contarme? El ocaso de esta tarde otoñal nos invita a vivenciar con adoración su colorida despedida y aún contamos con tiempo suficiente antes de la cena. 

— Todo empieza con unas risas nerviosas, incluso divertidas. Parecen de otra época, cercana aunque lejana a la vez. Son risas molestas, me incomodan, me acosan… Las oigo e interrumpen mi calma. Ya sea en mi cuarto, en los salones compartidos, en los jardínes, el teatrino, donde sea que esté en soledad, aparecen esas odiosas risas. No puedo distinguir de donde provienen, sin embargo me acompañan. Luego, mis dolores de cabeza se manifiestan con intensidad, obligando a doblegarme de la aflicción. Cuando abro los ojos— Clara poco a poco iba intensificando el tono en su voz—, la oscuridad cubre cada espacio de lo que se ha convertido en un tétrico lugar que no es el Edén, o sí lo es, aunque no luce igual. Es como si todo hubiera sido hurtado, dejando solo los putrefactos restos de lo que en algún momento fue. El abandono es notorio como si los años hubieran arremetido con fuerza convirtiendo los minutos en décadas. 

— Clara…

La mujer, lejos de detener su relato, continuó exaltada: 

— El horror me inunda y corro…

— Hasta aquí mismo— interrumpió Bruno—. Clara, esas risas son la realidad y nosotros dos solamente un recuerdo. El tiempo es relativo, no lineal.  

— ¡Juro haber visto un fantasma!— exclamaron riendo. 

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Tal vez alguien, en algún lugar, también lo necesite hoy.

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