La residencia Ferguson

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La oscuridad nocturna e invernal invadida por la intensa nevada en el exterior de la residencia Ferguson acompañaba románticamente el interior de la fachada, alumbrada únicamente por las exuberantes llamas encendidas en el imponente hogar central de la amplia sala contigua al vestíbulo.
El diseño arquitectónico renacentista estaba presente en todos los detalles de la residencia Ferguson ofreciendo la más exacta simetría en las proporciones de cada columna y arco visible.
La invaluable colección de arte, compuesta desde esculturas hasta pinturas de gran tamaño, tenía una exagerada ponderación en la extensión de los múltiples pasillos que llevaban a los incontables cuartos, todos cerrados con puertas dobles blancas de gran altura y adornadas con diseños poco interpretativos donde se destacaba la presencia de oro, el cual, podía encontrarse en cada rincón de la estructura misma, incluso desde las perillas hasta los pretenciosos muebles.
Los enormes ventanales tenían casi la misma dimensión en alto que las paredes y estaban recubiertos por pesadas telas rojas abiertas en par, permitiendo contemplar lo poco que podía observarse de los campos que rodeaban a la estructura, alejándose de todo contacto con otras moradas y viviendas en kilómetros. Solo la silueta negra de la vasta flora hacía compañía al paisaje oscuro de aquella noche.
La escalera central era una representación del egocentrismo humano, una muestra soberbia de la capacidad y la convicción fehaciente del merecimiento de la inmortalidad, el camino para alcanzar y hacernos de lo eterno por sobre cualquier divinidad.
La famosa residencia Ferguson era la combinación milimétrica perfecta entre el diseño europeo y el recurso americano.
Famosa por su origen, famosa por su historia, pero aún más famosa por lo que estaba por suceder, la residencia Ferguson se combinaba románticamente con esa noche fría de invierno a mediados del siglo XIX, aunque nada romántico estuviese sucediendo en su interior.
El distinguido Thomas Ferguson, el más pequeño de los cuatro hijos, único varón, del importante comerciante inglés Nicholas Ferguson y nieto del destacado Lord John Edward Ferguson, se encontraba de pie frente al hogar, buscando el consuelo en el calor de las llamas para encubrir el gélido vacío que llevaba en su interior. Había permanecido aproximadamente cuarenta minutos en la misma posición, lo cual era todo un éxito teniendo en cuenta la abundante cantidad de ginebra que bebió, suficiente para desfallecer a cualquiera. La combinación del alcohol destilado y el ardor de la leña debía asegurar un calor desértico pero no era así para Thomas, quien, con el correr de los años, había desarrollado una identidad tan insólita y distante como lo era la Antártida en aquel entonces.
El ya entonces retirado y notable hombre, reflexionaba sin cesar, con determinación inquebrantable en encontrar la solución a un problema que, a juzgar por sus gestos, debía de ser al menos complejo.
Siendo un hombre imperturbable desde que tenía memoria, nada era capaz de atentar su concentración, decidida a resolver el acertijo que en sus pensamientos deambulaba. Como si esto fuera poco, la omnipresencia del silencio en toda la residencia Ferguson solo era desmentida con los chispazos de la leña ardiendo y los vientos que envolvían una y otra vez la estructura. No se hallaba rastro de distracción alguna. No existía evidencia de estorbo alguno. Solo un hombre en compañía de sí mismo, aturdido por el ruido de sus pensamientos.
Si bien ya estaba claro el qué aún no podía descifrar el cómo. Thomas entendía perfectamente que la salida era una sola, simple, pero hallar el camino indicado hacia la misma era otra historia.
De repente, en estado de desesperanza, de manera innata, imitando el gesto más primitivo de la humanidad desde que tiene consciencia, miró hacia arriba en busca de consuelo. Lo que sus ojos encontraron no era divino pero sí ofrecía algunas respuestas. Sobre el hogar, una pintura de dimensiones colosales, enmarcada en relieve con un diseño recargado y ostentoso, brillante como el oro, contenía el retrato de Lord John Edward Ferguson, su abuelo.
Thomas se quedó contemplando la imagen, recordando aquel personaje que, si bien no había conocido personalmente, había estado presente en cada momento de su vida.
Su padre, Nicholas Ferguson, un importante comerciante, solo encontraba conversación con sus cuatro hijos, particularmente con él, cuando se trataba sobre Lord Ferguson. El padre de Nicholas había ejercido en forma directa una gran influencia sobre su hijo y este deseaba lo mismo para Thomas y sus hermanas.
Nicholas les contaba cómo su padre, descendiente de la aristocracia escocesa, de identidad conservadora, fiel a la corona del Imperio Británico, había decidido participar en la guerra de independencia de las trece colonias norteamericanas, las mismas que más tarde se presentaron al mundo con el nombre de los Estados Unidos.
Durante la guerra, una herida provocada en la vista por el impacto del disparo de un cañón enemigo en campo de batalla casi le provoca ceguera inmediata. Afortunadamente, debido a la explosión, quedó tendido en el suelo, aturdido, con la mirada perdida, junto al resto de sus compatriotas sin vida, lo que hizo que los colonos rebeldes no notaran que aquel hombre aún continuaba respirando.
La forma exacta en la que Lord Ferguson había logrado escapar de esa situación era incierta. En el relato de la experiencia que le había transmitido a su único hijo reconocido, Nicholas, siempre se preocupó por ahorrar los detalles, quizás por lo deshonroso y necesario de algunas acciones cuando lo que está en juego es la supervivencia. Y este, su único hijo, nunca permitió el debate al transmitírselo a la siguiente generación por lo cual, para Thomas, era un misterio.
Lo que no era un misterio es que Lord Ferguson luego de un año deambulando, desprendiéndose poco a poco de su identidad para pasar desapercibido en un territorio eufórico por su incipiente nacimiento y, aprovechando la singularidad que ofrecen las oportunistas relaciones internacionales, se encontraba a bordo de un buque repleto de mercancías francesas que partía hacia una nueva tierra al sur de las Américas. Una tierra que había nacido casi al mismo tiempo que los Estados Unidos pero que, a diferencia de su hermana continental que se regocijaba en los principios de la libertad y la democracia, aquí regía la imposición de un brutal absolutismo gobernado por un decadente y errante Imperio Español. Lord Ferguson se encontraba navegando hacia el Virreinato del Río de la Plata.
Thomas, quien continuaba inmerso en sus pensamientos, reflexionando perdidamente en busca de un camino que determine su decisión, notó cómo las llamas del hogar perdían fuerza con el paso del tiempo. Una segunda claridad vislumbró su juicio. Tenía en claro que la salida era una sola y, si no descifraba el cómo para cuando el fuego se consumiese, optaría por la opción más rápida y brutal. Esa nevada y fría noche en la residencia Ferguson debía resolverse la situación y no sería otro sino el mismo Thomas quien lo haría.
Como un juego del azar, donde el control escapa a las posibilidades humanas y el asiento de espectador nos tienta secretamente, los pensamientos de Thomas volvieron sobre el retrato de su abuelo e inmediatamente lo transportaron a las imágenes mentales que se construían en su cabeza para darle forma a esa historia que tantas veces, con la misma e inagotable pasión, había escuchado en su infancia.
Quizás fue el sentimiento conservador lo que llevó a Lord Ferguson a buscar tierras donde aún reinaba una autoridad implacable, superior e incuestionable lo que él mismo consideraba como lo divinamente correcto. Pero algo, aunque fuera todavía imperceptible, se estaba formando en lo más profundo de ese Lord, el mismo que había nacido y se había criado bajo los lujos y seguridad de una sola y estanca realidad distante de las incontables y reveladoras realidades que ofrecía aquel nuevo y conectado mundo. Un debate tan interesante como culposo se daba en lo más profundo de la identidad de un ser pensante.
Con el tiempo, Lord Ferguson logró regresar al Reino de Gran Bretaña. Una herencia y fortuna lo estaba esperando como así también el amor de una mujer que nunca lo había olvidado, quien le dio vida a su único hijo, al menos en ese lado del mundo, al tiempo que ella encontraba la muerte en un dificultoso parto.
Con el avance de las comunicaciones y el desarrollo de la flota inglesa, Lord Ferguson dedicó el resto de sus días al comercio de distintas mercaderías a través de los mares. La prosperidad estuvo de su lado, lo que le permitió tomarse el tiempo para criar y educar a su hijo, Nicholas, en política, negocios, ciencias y literatura.
Su hijo, devoto a las enseñanzas de su padre, no pudo evitar ser poseído por la misma indescriptible pasión de su progenitor sobre un lugar, en el fin del mundo, al sur de América, donde la diversidad y las posibilidades eran tan ilusorias como prometedoras.
Lo que Lord Ferguson había vivido en la guerra independista de Estados Unidos, lo que había experimentado en aquel descontento y precozmente revolucionario virreinato y lo que más tarde seguiría de cerca con la revolución en el máximo rival del Imperio, Francia, hicieron que se anticipara a los cambios vertiginosos que se estaban sucediendo para comprender y, más aún, pararse exitosamente en el nuevo orden.
Durante horas le contaba a su hijo, Nicholas, sobre el virreinato español, sobre su potencial y sobre el inmediato destino que a estas tierras le esperaba. Existía una notable intención de Lord Ferguson por volver a estas tierras que encajaba forzadamente solo con un atractivo económico y comercial. Su atracción iluminaba una cuestión más personal, cómo si algo muy íntimo hubiera abandonado allí.
Las llamas estaban resistiendo ferozmente sus últimos minutos en una relación simbiótica con Thomas, con la esperanza de que este descubriera el camino, el cómo, antes de que sus fuerzas se agoten y queden reducidas a cenizas.
El caballero, quien había dedicado los últimos minutos a rememorar, seguía sin encontrar el éxito. Conservando su característico temple seguía siendo arrastrado por su mente a revivir el pasado, el de su abuelo Lord John Edward Ferguson y el de su difunto padre Nicholas Ferguson.
Cuando el padre de Thomas, Nicholas, creció, comenzó a administrar los abundantes y onerosos negocios de Lord Ferguson en una transición que comenzó paulatinamente pero que luego se aceleró a velocidad exponencial por una gripe mortal que contrajo su padre, la cual lo arrebató violentamente de su lado, haciéndolo heredero de grandes riquezas pero también de importantes obligaciones.
Nicholas, quien recién comenzaba a marcar su sello como distinguido comerciante tenía ahora la responsabilidad de cumplir con el debido honor la integridad de la imagen de su padre, lo cual, lograba fehacientemente al tomar tal obligación moral como un privilegio. Nada de este proceso hubiera sido sencillo sin la mujer que lo acompañó activamente, Margaret, con quien tuvieron tres hijas y un pequeño, Thomas.
En 1806 Nicholas, una vez más debido al oportunismo de las relaciones internacionales, encontró el momento y contexto ideal para navegar hacia ese territorio del que su padre con tanta euforia y admiración le había hablado. Y, así como Lord Ferguson se embarcó más de veinte años atrás en un buque con mercancías francesas, ahora su hijo, Nicholas, se encontraba a bordo de la flota inglesa al mando del brigadier general William Carr Beresford con destino al Virreinato del Río de la Plata.
Thomas despertó repentinamente, agitado. Era irónico como el calor se adueñaba de su cuerpo en el momento más frío de la noche y con un hogar completamente oscuro, dejando solo la roja iluminación que ofrecen las moribundas cenizas. Todos sus intentos por llenar el vacío gélido en su interior habían sido en vano, pero un sueño, solo un simple sueño, fue suficiente para crear un sol en ese extenso universo.
Mientras el sudor corría a lo largo de su rostro, erizando los vellos de la piel, Thomas pensaba en aquel sueño. En algún momento de la noche, la ginebra hizo efecto en su cuerpo y cayó rendido en el sofá, sumergido en un sueño que no fue más que el nebuloso recuerdo del día en que despidió a su padre en el puerto, partiendo hacia el virreinato. El último día en que lo vería. El último día en que sabría algo de él, al menos hasta esa noche. Ahora, estando de nuevo consciente, no podía quitar el recuerdo de su mente.
Tirada, en el fino suelo tapizado, una carta escrita en tinta y pluma con una distinguida caligrafía había sido leída por Thomas al comienzo del ocaso. Su madre, Margaret, se la había entregado esa misma tarde en su lecho de muerte a la espera de sus otras tres hijas que nunca llegaron a tiempo para despedirla. En la carta, Thomas descubrió al fin la verdadera intención de su padre al partir aunque hubiera preferido ignorarlo.
La ahora maltratada carta confesaba la intención de Nicholas de ir en busca de su hermano, un hijo bastardo que Lord Ferguson le confesó durante sus últimos días haber engendrado en el antiguo virreinato antes de su regreso al Imperio Británico. Manteniendo siempre el anonimato y siendo igual de cauteloso y ágil que su padre en medio del conflicto, pudo desembarcar y pasar desapercibido durante los fatídicos días de la invasión inglesa.
Le llevó años localizar a su medio hermano hasta que al fin pudo encontrarlo, siguiéndole el paso sin revelarse, embarcándose junto a él en una misión diplomática enviada por la Junta Revolucionaria hacia Gran Bretaña.
Ambos hermanos se embarcaron a bordo de la fragata inglesa Fame. Uno falleció misteriosamente en altamar en la madrugada del 4 de marzo de 1811. El otro, simplemente desapareció, o al menos quienes lo conocían nunca volvieron a saber de él. Solo Margaret y ahora, Thomas, su único hijo varón, sabrían la verdad sobre Nicholas y sus incontrolables celos al descubrir que su medio hermano era la representación humana de la admiración en las historias de Lord Ferguson, su padre.
Se acercaba la madrugada cuando Thomas entendió que solo existía un cómo. Debía ser de la misma forma.
En medio de la oscuridad que reinaba en la residencia Ferguson, encendió una vela y quemó la carta de su padre. Luego, decididamente, con la claridad que buscó durante las largas horas desde que había descubierto la verdad bebió un sorbo de cianuro y se sentó plácidamente en su escritorio, dedicando sus últimos instantes de vida a escribir con tinta sobre su diario: “Es lo mismo, lo fue entonces y lo es ahora…”.
Cuando el alma de Thomas dejó este plano, los vientos cesaron, el último haz rojo de luz del hogar se extinguió, la vela encendida se consumió y la leyenda cobró vida.
En medio de la residencia Ferguson la historia lograba una vez más esconderse y perderse para siempre.
El relato de un hombre de procedencia y convicciones imperialistas y conservadoras que había engendrado a un hijo de pensamiento independentista y progresista. Una ilustración primitiva transmitida a través de los genes.
La gracia del destino, lo vanidoso de la voluntad y lo imperfecto de nuestra perfecta realidad.

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