Era marzo ya, incipiente aún, pronto quizás, pero era el tercer mes del año ya. Día viernes, terminando la semana. El contexto del momento era ancestralmente literario. El principio y el fin conviviendo juntos. La sensación de estar comenzando un nuevo ciclo pero al mismo tiempo que se está cerrando una etapa. La serpiente alimentándose de su propia cola. El círculo del infinito.
El sol se está poniendo, ofreciendo sus últimos haces de luz, despidiendo paulatinamente este lado de la Tierra con sus cálidos atardeceres de temporada. El aire, tibio, acompaña y no castiga. Alrededor, el verde desfila con su aroma, haciéndose presente y saludando a su público. Pronto la magnífica obra mutará a un marrón amarillento y extrañaremos ese vívido verde por un tiempo.
Me encuentro sentado, al borde de un calmo río, oyendo el primitivo viaje de sus aguas, observando e interpretando la realidad que me rodea, completamente abstraído. Podrían pensar que estoy en una realidad paralela, divagando, pero lo cierto es que estoy viviendo plenamente aquello que llamamos presente. Ni en el pasado de un gran verano ni en el futuro de un incierto invierno. Simplemente presente en este viernes de este incipiente marzo.
De pronto una presencia imponente pero tranquilizadora se hace sentir a mis espaldas. Volteo sobre mi hombro izquierdo y ahí está la bestia que supera los setecientos kilogramos de peso. Con su natural fuerza podría fácilmente correrme a un costado pero es su humildad la que genera mi respeto y es mi amor y agradecimiento el que genera el suyo. El caballo quiere pastar donde me encuentro sentado, conoce muy bien la fértil riqueza junto al río. Simplemente en el brillo de sus ojos me dice todo, me pongo de pie, mi mano sobre su lomo, le doy una palmada y lo reverencio con la mirada.
A lo lejos una voz me llama, es mi compañero de cabalgatas. Un hombre mayor que yo, de costumbres y gustos diferentes, con experiencias de vida opuestas y creencias incompatibles. Pero a pesar de esto, entrelazados por un interés común, la predisposición al aprendizaje.
Su llamado tiene un objetivo, terminar de ensillar a los caballos para comenzar la travesía de la fecha. Una cabalgata nocturna por los montes de La Perla, aquellos campos reservados a los militares donde todavía la historia sangra, los recuerdos lloran y la verdad quema.
Entiendo que su zaino ya casi está listo así que interrumpo la dieta de mi rosillo y procedo en alistar al mismo para que juntos emprendamos nuestro destino.
Primero lo cepillo y luego pongo la montura, le ajusto la cincha, con delicadeza le pongo las riendas y una vez arriba acomodo los estribos.
Ambos jinetes, ya montados sobre estas bellezas, comienzan el viaje acompañados de las primeras estrellas.
El primer tramo, en dirección sur, bordeando el oeste desde La Calera fue bastante calmo. Sin imprevistos ni exabruptos pero aun así para nada ordinario. Y es que la conversación era de lo más interesante. De esos intercambios de palabras que no se dan habitualmente, cuando indagamos, predispuestos a escuchar al otro y de incluso hasta a nosotros mismos cuestionarnos.
El paso que llevábamos era lento, el zaino y el rosillo recién se estaban calentando. Todavía había ciertos encuentros con la ruta y, previendo la velocidad en que pasaban los autos, era mejor continuar con cuidado.
No existía apuro alguno, la noche estaba reservada para la aventura y, al menos que algo muy grave pasara, nosotros seguiríamos avanzando.
El sonido fue cambiando casi imperceptiblemente pero si uno va atento es capaz de notarlo. La civilización lejos va quedando y con ella la claridad de las luces y la sensación de resguardo. Ahora la naturaleza nos abrazaba en su intimidante oscuridad.
Llevábamos ya más de una hora transitando un camino de tierra, un paso entre localidades, en la llanura previa al ascendente monte, cuando nos encontramos con dos paisanos que no alcanzaban la docena en años, cada uno sobre su caballo y que eran habilidosos jinetes eso rápidamente me lo demostraron.
El afectuoso saludo con mi compañero de cabalgatas puso en evidencia dos cosas; primero que se conocían de antes y segundo, que se sumarían a nuestro viaje.
Sorpresa la mía cuando comprobé la habilidad de los pequeños paisanos. Ya estando en el medio del monte, sin camino delimitado, solo ellos eran capaces de marcar el paso. No tenían ni la mitad de mi edad pero si el triple de mi astucia y es que las condiciones en que te coloca la vida determinarán el ritmo de la madurez.
La oscuridad era total, el sonido de la naturaleza envolvente y el destino de nuestro viaje, podría decirse, aterrador.
Fue entonces que la primera inquietud del grupo surgió y de pronto el inmenso monte pareció pequeño para los cuatro jinetes que estábamos compactos, con los caballos a la par, ninguno con intención de alejarse demasiado.
¿Qué es ese lugar hacia dónde vamos?
La Perla, uno de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio más grande del país, ubicado en la provincia de Córdoba, que funcionó durante la última dictadura militar en la década de los setenta. Donde se estima que permanecieron cautivas hasta dos mil quinientas personas de las cuales el noventa por ciento aún continúa en calidad de desaparecida.
Y si bien nuestro destino no era el edificio principal que hacía formalmente al centro de detención, si lo era un pequeño chalecito abandonado de estructura precaria a las afueras de los campos de La Perla, uno de los que existen, donde no solo se extendía la pertenencia militar sino también los sucesos que marcaron dolorosamente ese período de la historia argentina.
Fue entonces, ante la inquietud de los pequeños paisanos que decidí comentar los relatos documentados de quienes tuvieron la desgracia de pasar por este lugar. Pero debo aclarar que mi decisión no fue tomada en base a la curiosidad de los que preguntaban, ni tampoco con la perversa intención de causar morbo y susto, sino más bien a la importancia de que estos conozcan una etapa de la formación colectiva de nuestra sociedad, reconozcan los valores primeros de libertad e identidad y no persigan a falsos profetas. La crudeza con la cual comenté los relatos fue permitida por la profundidad en la mirada de estos pequeños que injustamente a corta edad ya conocían del dolor y las bajezas humanas.
Una vez vuelto el silencio, en el grupo se podía notar cierta intención de arrepentimiento, como si no hubiera deseo de continuar la cabalgata, de repente el miedo era inevitable y el respeto imperante. Llevábamos poco más de dos horas arriba de nuestros caballos cuando sucedió el primer imprevisto.
Uno de los “chinitos”, si es que no fueron ambos, tomaron la decisión de volverse. Pasaban las diez de la noche y tenían al menos una hora de cabalgata, según el ritmo, para su regreso.
Su despedida solo me preocupó un momento al comprobar que mi compañero de cabalgatas también conocía muy bien esas tierras y podía orientarse perfectamente. Sin mayor importancia continuamos, junto a nuestros leales escoltas, rumbo a destino.
Si bien ambos decidimos continuar pude notar en él cierta duda que fue creciendo exponencialmente durante los siguientes minutos. Mi compañero, a quien a estas alturas ya diré, mi amigo, es un devoto hombre de Dios que pregona eufórica y decididamente la Biblia. Adhiere a sus escrituras como verdad suprema y vive bajo los parámetros de la fe. Supuse inmediatamente que su duda nacía en la posibilidad de que nuestro acto sea un atentado contra la voluntad del Señor al invadir sin permiso un lugar que podría estar cargado de almas en pena. La confianza que generamos me permitió corroborar mi teoría al preguntárselo.
Entonces, siguiendo la lógica, propusimos un pacto: estaríamos atentos a las señales. ¿Cuáles señales? Vaya uno a saber, pero era claro que si sucedían ciertas cosas extrañas o poco habituales lo tomaríamos como un mensaje divino e inmediatamente habríamos de desistir en nuestras intenciones de continuar. Aclarado esto avanzamos sin prever que la primera señal llegaría tan rápido.
Frente a nosotros había una cerca extendida a todo lo largo del monte que frenaba el paso. La indicación era clara: no avanzar. Mi amigo me aseguró que esa tranquera siempre estaba abierta y que, sin entender por qué, en esta ocasión estaba cerrada sin posibilidad alguna de violar la cerradura. Enseguida se tomó como la primera señal pero no tan lejos pude distinguir que una parte del cercado estaba caído y era posible pasar por arriba.
Allí, habiendo atravesado la cerca, no continuamos hasta que me exigieron elevar una oración y encomendarnos a Dios.
Debo admitir que en mí habita la duda. He sido criado bajo las leyes de la religión católica/cristiana en las primeras dos instituciones de vida; la familia y el colegio pero aun así las inconsistencias al crecer fueron generando cierta incertidumbre que ganaba terreno junto a mi curiosidad innata por leer y comprobar cómo los dioses nacían y morían con las distintas culturas y como en todas las civilizaciones, a pesar de las diferencias, tenían en común algo anhelado por quienes los fomentaban con mayor fervor: la necesidad de control. Debo admitir también, que la experiencia de observar cómo una persona insegura de pronto adquirió una clara determinación y valentía solo por el hecho de encomendarse a su Dios me conmovió. Me dijo que de ahora en más lo que pudiera pasar no lo asustaba pues al encomendarse sería la voluntad del Señor. Noté el peligro al entender lo que la maldad puede hacer al descubrir esta devoción.
De repente, sin haber alcanzado los diez pasos el clima cambió. El frío nos invadió sin previo aviso, al menos eso sentí. Lo que no podía saber a ciencia cierta es si el frío era externo debido al clima o interno por la sensación de inevitabilidad, pues, ya estábamos muy próximos a destino.
Fue entonces que una nueva cerca apareció ante nosotros. La misma aparentemente era nueva, nunca antes había estado allí y nos ubicaba a quinientos metros del chalecito el cual podría haber funcionado como lugar de inimaginables torturas y fusilamientos.
Nuevamente el pacto previo sobre las señales vino a nuestras mentes y debatimos brevemente nuestra intención con la diferencia que ahora mi amigo estaba seguro, confiado y santamente acompañado por lo que rápidamente forzó la cerradura y logramos avanzar.
En el momento en que estábamos cerrando la tranquera detrás de nosotros, una luz roja con ciertas tonalidades de azul repentinamente apareció a unos treinta metros de altura detrás de unos árboles que por la distancia podrían haber sido los que tapaban la fachada frontal del chalecito abandonado. Ambos pudimos percibir la misma y contemplarla en silencio casi con admiración.
El esplendor no podía interpretarse como otra cosa que no fuera una señal de presencia, quizás una advertencia humana para evitar nuestro paso o quizás, solo quizás, la manifestación de un recuerdo vivo.
Las sensaciones no prometen realidades, no aseguran hechos, aunque muchas veces son las mismas, esas sensaciones profundas, las que hacen temblar paradigmas y normalizan distintas subjetividades. Las sensaciones construyen pero también destruyen.
Nos miramos, la sensación era implícita y compartida, nos encontrábamos viviendo una realidad.
En esas tierras no estábamos solos pero tampoco mal acompañados, ¿cómo lo sé? Por la sensibilidad de nuestros escoltas, quienes siguieron pastando con genuina tranquilidad.
¿Quiénes nos acompañaron? Imposible decirlo con certeza.
¿Qué les había sucedido? Todo lo que no debería volver a sucederle a una persona.
¿Qué buscan? Es nuestro deber comprenderlo.
Ni héroes ni villanos, ni santos ni demonios, solo sangre en las calles y dolor en los rostros. Una guerra civil, como las de antes, como las de ahora.
Cuando reina el odio y acompaña la euforia, todos somos responsables del tinte rojo con el que escribimos nuestra historia.
El momento cúlmine había llegado, mas no era necesario avanzar, todo lo habíamos averiguado.
Si este relato te conmovió, compartilo.
Tal vez alguien, en algún lugar, también lo necesite hoy.
