Políticamente correcto

Tiempo de lectura: 6 minutos

La conmoción no se convirtió en escándalo, al menos esa era la intención. La soleada mañana había reunido solo a unos cuantos curiosos atraídos por el morbo, incluso por la necesidad de visualizar y el inexplicable deseo en obtener una foto como souvenir del horripilante acontecimiento ocurrido la noche anterior en el bar a las afueras de la ciudad.
El primero en llegar a la drástica escena, durante la madrugada, había sido el policía de la colonia, el oficial Santos, que a su apellido poco honor hacía. Al ingresar al baño y encontrarse con el cadáver que ya comenzaba a emanar un repulsivo olor, distinguió rápidamente de quien se trataba. Era don Jaime, la misma persona que en sus épocas doradas lo invitaba a su campo junto a su gente a compartir lo que fuera, desde un lechón recién carneado que estuviesen haciendo para el mediodía, o unos mates amargos para transitar la tarde, incluso también a participar de las apuestas en los culturales juegos al terminar la jornada, acompañados siempre de un vino tinto o cervezas.
Cristóbal Santos supo inmediatamente qué hacer, cerró el lugar con las personas que estaban dentro, un anciano y distraído mesero junto a dos gauchos que aún transitaban el alegre camino de la embriaguez. Les preguntó violentamente que había sucedido como si el peso de la culpa ya estuviera sobre la espalda de esas personas y al no obtener respuesta convincente, ordenó que se quedaran en el lugar hasta nuevo aviso. Tomó su celular, en estado poco decente, y marcó un número:
—¿Qué carajo haces llamándome a esta hora, Santos? —respondieron desde el otro lado de la línea en un autoritario tono.
—Discúlpeme, intendente, pero va tener que venir lo antes que pueda hasta el bar Quinto, se trata de algo que puede ser perjudicial para usted.
—¿Eh? ¿Bar Quinto?, ¿hasta allá?, ¿qué mierda pasó, Santos? No me hinches las pelotas.
—Se trata de don Jaime, intendente, está muerto acá en el bar, aparentemente lo mataron.
—¿Cómo que lo mataron?, ¿pero qué información tenés?, ¿hay mucha gente?
—Hasta ahora está controlada la situación, todo discreto, pero necesito que venga para ver cómo procedemos —continuó el oficial conservando la calma como si estuviera preparado, esperando el día y la hora en que sucediera tal atroz crimen.
—Voy para allá, no entra ni sale nadie ni nada de ese lugar hasta que llegue. ¿Está claro?
—Sí, señor.
El intendente Aníbal Fontana, político histriónico, gobernante teatral de la colonia se encontraba cumpliendo su vigésimo año de mandato con sus recientes sesenta y siete años.
Su formación inicial inconclusa y su nula devoción a la lectura, junto a la incapacidad temprana de razonamiento y el claro desconocimiento del mundo, sumado a la llamativa resistencia a la reflexión y la vacía superioridad que ostentaba hacían de su llegada y permanencia en el poder más que un misterio, un insulto. Pero poco ya le importaba a los escasos y desesperanzados habitantes que quedaban en estas condenadas tierras que, de mala gana, soportaban sus repetitivos, poco originales, tergiversados y perversos discursos a cambio de un paulatino y soportable retroceso. Quizás la falta de un oponente medianamente digno o la imposibilidad de que fuera a ganar si se presentaba lograban su eterno pasar por la intendencia. Imposibilidad que Aníbal se había encargado de generar a través de atropellos y mafiosas movidas para perpetuarse de manera ilegítima. Si algo sabía hacer, y lo hacía muy bien, era promocionar la decadencia social a costa del beneficio personal. Lo hacía tan bien que la misma gente lo compraba. Ya sea por desconocimiento o resignación, ambas igual de graves, lo compraba.
Cuando recibió el llamado de Cristóbal Santos, fiel e interesado devoto a su gobierno, el intendente Aníbal Fontana se encontraba en su despacho, dentro de la municipalidad, tomando una medida de whiskey y, con la excusa de ser un arduo servidor público, evitaba ir a su casa para no tener que lidiar con su esposa e hijos, a los cuales, poco a poco les fue perdiendo el cariño y fantaseaba con fugarse con la recaudación y la secretaria de turno.
Inmediatamente se abrochó el último botón de la camisa, acomodó su corbata y agarró su saco para ir directo al bar no sin antes terminar la costosa medida que estaba bebiendo.
Una vez que llegó, encontró el lugar a oscuras, más que de costumbre y notó como el oficial Santos salió a recibirlo al tiempo que controlaba que nadie más anduviera por la zona.
—El famoso bar Quinto. No me explicó cómo este pedazo de porquería sigue vigente y facturando, bueno, facturando como quien dice, porque la verdad que de acá no sacamos ni lo de la municipalidad ni lo mío, Santos —dijo el intendente mientras contemplaba desde afuera la consumida estructura—. ¿O vos mordés una coima de acá hijo de puta y no me estás diciendo nada? —continuó Aníbal mirando divertidamente al oficial.
—¿Qué le puedo sacar a esto, intendente? No le voy a mentir que me dan mis tragos cuando paso por acá, pero no más que eso —respondió el oficial Cristóbal siguiendo el juego.
—No me quiero enterar de que tomas en pleno ejercicio de tu deber Santos —dijo el intendente al tiempo que soltaba una explícita e irónica carcajada—. Mejor entremos así resolvemos este quilombo rápido —dijo finalmente y se encaminaron ambos hacia la decaída puerta de ingreso.
Una vez dentro, los dos observaron como las tres personas que estaban parecían no percatarse de lo sucedido, a excepción de que dos estaban ebrios, el restante parecía absorto en sus labores como si entendiera que lo sucedido fuera algo normal y también lo era el hecho de no involucrarse en absoluto.
—¿Sabías, Santos, por qué este bar se llama bar Quinto? —preguntó el intendente.
—No, señor.
—¿Y cómo vas a saber si todavía no tenés canas? Antes, hace tiempo ya, cuando se vivía, este bar estaba lleno de mujeres que traían generalmente engañadas del norte del país, incluso de un poco más allá en Bolivia y Paraguay y solo podías interactuar con ellas después del quinto trago. ¿Podés creer vos cómo te enganchaban? Imaginate, venías a tomar un trago, el que toma uno, toma dos e incluso tres y estando a mitad de camino y con el cuerpo ya encendido, ¿quién no va consumir dos tragos más con total de hacer lo que corresponde que un hombre haga?, ¿o no? ¡Cuánta sabiduría! —exclamó orgulloso de sus antepasados el intendente Aníbal.
El oficial se quedó mudo, cumpliendo con una simple sonrisa ante el relato del intendente.
—Bueno, se acabó la clase de historia, ¿dónde está el muerto?
—En el baño, intendente. Acompáñeme.
Una vez estando ambos en el baño, Aníbal se tomó un tiempo para estudiar el cadáver. Camino alrededor del mismo, se cruzó de brazos, asentía para sí mismo y finalmente, con los brazos ahora en los bolsillos dijo:
—Vos me dijiste que aparentemente lo habían matado, Santos.
—Sí, señor.
—¿Y qué es lo que le ves de “aparente”? Mirá cómo lo dejaron. ¿Qué se sabe de esto? —preguntó Aníbal.
—El viejo fue el único que pudo describir al asesino pero solo con rasgos generales, datos imposibles para sospechar de quién pudo haber sido.
—Entiendo, ¿y qué pensás entonces vos Santos? —continuó con el interrogatorio Aníbal.
—Lo mismo que usted, intendente, pero no creo que hayan sido los hermanos Del Valle.
—¿Estás seguro de eso?
—Sí, ellos se manejan con armas y sin tanta vuelta. En cambio esto es diferente. Quizás habría que confirmar la declaración del mesero y cerrar esto lo más rápido posible para evitar un escándalo. No nos conviene —expresó sin dudas el oficial Cristóbal.
—Discúlpame, Santos, lo que no nos conviene es no interpretar un mensaje que pudo ser directamente para nosotros. ¿O acaso vos no te acordás de lo nuestro con los hermanos Del Valle y lo implicado que estaba Jaime en eso? Y desde que el impresentable se tiró a la miseria. ¿Quién te asegura que entre copa y copa no se le escapó la lengua y habló de más? Nos pudo haber comprometido tanto a los Del Valle como a nosotros.
—¿Y qué quiere que hagamos entonces, intendente? —preguntó desconcertante Santos.
—Si este habló o no ya no importa, los Del Valle hicieron el trabajo por nosotros, pero si este asesinato se empieza a comentar y llama la atención de los medios nos puede complicar porque van a empezar a investigar y vamos a caer en la volteada.
—¿Entonces? —el oficial seguía en su desconcierto.
—Entonces, Santos, acá no hubo un asesinato. Acá lo que hubo fue un incendio provocado por la negligencia de quien está a cargo y los pocos que había en el establecimiento murieron incinerados, incluido Jaime. ¿Está claro?
Aníbal Fontana salió del establecimiento seguro de que su orden se cumpliría. Mientras tanto, dentro del bar, Cristóbal Santos procedía a desenfundar su arma reglamentaria, debía organizar un incendio sin resistencia.
La mañana del día siguiente encontró a un grupo de curiosos observando y sacando fotos con sus celulares a las ruinas que quedaban en pie luego del ataque voraz de las llamas. “Pobre gente” “Qué triste final” “Por eso hay que tener cuidado, sino pasan los accidentes”, fueron los comentarios que se escuchaban entre la pequeña muchedumbre.
Faltaban pocas semanas para las elecciones municipales y el flamante intendente, Aníbal Fontana, era el principal candidato a triunfar una vez más para lograr así perpetuarse a través del tiempo, obstaculizando el futuro y condenando a los habitantes de la colonia a un decadente y eterno presente.

 

Si este relato te conmovió, compartilo.
Tal vez alguien, en algún lugar, también lo necesite hoy.

Scroll al inicio