Incubus y Sucubus

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Los nervios podían palparse por su evidente presencia. La presión de fallar era simplemente inevitable. El clásico miedo a la exposición no podía definirse como otra cosa que no fuera terrorífico. El arrepentimiento a último momento por el inexplicable coraje previo debilitaba las fuerzas.
La presión en el pecho.
El frío en el cuerpo.
La rigidez en el rostro.
El escalofrío en la espalda.
Las cosquillas en el vientre.
La respiración ahogada.
Iba a suceder, ya no existía la posibilidad de esquivar el destino, el mismo que ambos habían forzado. Un último instinto primitivo de supervivencia accionaba en lo más profundo de los dos generando un huracán de pensamientos donde lo único visiblemente claro era la idea de huir, desaparecer de ese lugar, desvanecerse en ese momento.
Experimentaban la misma sensación pero no la compartían. Al contrario, como un pacto implícito, ambos ocultaban el caos de su interior, reflejando la más genuina tranquilidad. Pero los cuerpos hablan, incluso llegan a decir más que las palabras. Y ellos, sí, ellos lo sabían pero aun así fingían. Ninguno desconocía la importancia de ocultar la debilidad, era imperativo mantener el muro resistente, mostrar la posición y marcar distancia. Era una batalla donde se estaba midiendo la superioridad y la indiferencia aunque las expresiones de sus cuerpos demostraran todo lo opuesto.
Mientras ella terminaba de verse una última vez frente al espejo sin estar completamente convencida de su apariencia, él esperaba afuera en el auto buscando intranquilamente la música correcta para acompañar la situación.
Las emociones parecían haber enloquecido, no había coherencia. La seguridad predominante de los días previos al encuentro había cedido frente a la adrenalina las horas antes al mismo para convertirse finalmente en una especie de pánico durante los minutos finales.
La resignación se hizo presente. Un suspiro profundo sucedió al unísono dentro de la casa y el auto frente a ella. Que sea lo que deba ser.
Ella agarró las llaves, envió un último mensaje a las amigas quienes estaban atentas ante cualquier pedido de auxilio, se acomodó el pelo, apagó las luces y salió.
Él observó cuando salía, corría con la ventaja de ser el primero en contemplarla. Volvió la vista a su celular, no quería dejar evidencia de lo atontado que había quedado su rostro.
De repente se abrió la puerta y las miradas se encontraron. La primera llave estaba ahí pero aún no se abría el candado.
Se saludaron, un saludo tan frío como confiado. Era la primera vez que se veían, todavía no se conocían pero ya compartían algo en común; la incomodidad ante el silencio.
Para evitar el mismo, ella tomó la iniciativa intentando averiguar el destino. Él, precavido, ya se había resuelto por uno entre las distintas opciones que había estado pensando. Nada elaborado, más bien convencional y rápido, sus intenciones no eran románticas pero no por eso menos nobles. En cuanto a ella, no vislumbraba intenciones claras o definidas, era más reservada pero tenía ganas de olvidar algo.
La conversación naturalmente se fue dando, ella hablando y él escuchando. No era la primera vez que la vida los encontraba en una situación de ese tipo. Ambos tenían ya experiencias de las malas pero también de las buenas. La decepción en ellos había dejado huella pero no lo suficiente para que la esperanza igualmente desaparezca.
Todavía nada era cierto, prevalecía el misterio. Si bien aún estaba esa sensación de riesgo era muy cierto que poco a poco iba disminuyendo.
Y así transcurrieron los primeros momentos, conversando y nerviosamente riendo. Las barreras estaban altas pero con el calor del encuentro se iban derritiendo.
Por fin llegaron al lugar donde iban a cenar. Se bajaron del auto y las dudas a él lo espantaron. Se preguntaba si debía tomar su mano pero decidió que no, era todavía muy precipitado. Otra llave se hizo presente pero nuevamente el candado permaneció cerrado.
Era curioso como ambos miraban la carta del lugar entre las variadas y exquisitas opciones de cena que se ofrecían pero limitando su decisión en encontrar algo simple, nada raro. Buscando una comida que no demostrara hambre, como si el comer, siendo tan humano, fuera motivo más que suficiente para avergonzarse y sentirse intimidados.
Muy cierto era que los nervios atentaban de alguna forma con el apetito pero también lo era el hecho de que el miedo a la exposición, al mostrarse, jugaba un rol importante en la elección. Él notó rápidamente esto y expresó el pensamiento hasta el momento más sincero de la noche. ¿Por qué no comer lo que nos ha tentado? Permitir el vernos siendo simplemente humanos y no seres superiores intentando demostrar algo.
Ella rio al aliviar su cuerpo, como si las palabras de él la hubieran liberado de unas ataduras impuestas y pudiera por fin librarse de la condena. Lo miró y respondió a su pregunta en un tono divertido: ¿Todo lo que nos ha tentado? Ambos se sonrojaron, dando lugar a la interpretación. Por fin se expresaron, sus bocas hablaron y sus oídos escucharon. Dos llaves más pero con candados que permanecen cerrados.
Mientras cenaban desprejuiciadamente, deleitándose con los sabores y compartiendo los platos, apareció una nueva llave, la que por fin abriría el primer candado. Ella se animó a confesar sus nervios previos al encuentro y se sorprendió al descubrir que estos eran recíprocos. Le asombraba el hecho de estar frente a un hombre que no tenía problema en admitir su miedo e inseguridad ante el encuentro con una mujer al tiempo que él se alegraba al entender que esa mujer no lo disminuía por ello. Los muros habían caído y la llave de la sinceridad abrió las puertas del palacio, dejando descubrir los mitológicos tesoros dentro. Comenzaron a conversar sobre quiénes eran, quiénes habían sido, cómo pensaban y cómo se sentían. Se quitó el candado y se desenmascararon sus mentes.
El pasado no halló facilidades en el camino de ninguno, al contrario, se topó con distintos obstáculos de diversa índole que los obligaron a luchar y superarlos pero no sin un costo que debieron pagar con cicatrices que cierran pero que se convierten en heridas dejando su marca.
Ella no había conocido el amor desinteresado de un hombre. La ausencia de su padre desde temprana edad desestabilizó emocionalmente a su madre quien abandonó la suerte propia y la de sus hijos al azar, entregándose lentamente a las drogas y estupefacientes para calmar el dolor propio de un vacío que ni los vicios materiales ni los emocionales como la autocompasión y el flagelo podían llenar. Ese alejamiento paulatino de la realidad que fue ejerciendo de manera un tanto consciente su madre la empujó a irse de su casa temprano, siendo aún muy joven, sabiendo perfectamente lo que dejaba atrás, lo que no podría volver a ver ni tocar, en busca de una nueva vida que la aleje de su pasado pero no contaba con una memoria que, a través del indescifrable proceso de formación de la identidad, le heredaría el mismo vacío difícil de llenar. La confusión, la necesidad y el desconocimiento la sometieron a situaciones y personas que se aprovecharon de ello de la forma más cruel al jugar perversamente con sus carencias, haciéndola creer merecedora de la vida que llevaba y de su inequívoco destino al relegar su felicidad para complacer la de los otros. Todas estas experiencias la fueron apagando a tal punto que para cuando al fin logró salir de allí y estabilizar su vida algo en ella había muerto.
Él, en cambio, se crio en una familia unida y acomodada, nada a simple vista podía faltarle. Gozaba de todos los privilegios y oportunidades que el mundo podía ofrecerle. Su vida marchaba en el sentido correcto y apenas comenzado el camino ya podía conocerse el final. No importaba quién tuviese al frente la conclusión era la misma: era, sin lugar a dudas, un afortunado. La culpa y la ansiedad que le generaba no vislumbrar la misma realidad que todos contemplaban provocaba en él una fobia que lo llevaría a rechazar su propia identidad al ridiculizar y subestimar sus gustos y habilidades. Convencido de que no existía persona capaz de entender su padecimiento y con el miedo de expresarse debido a las críticas de quienes lo culpaban por desagradecido y poco inteligente, decidió en algún momento entregarse sin más a sobrellevar una vida donde la felicidad era para todos menos para él. Con el paso del tiempo la frustración hizo de las suyas quitando todo incentivo o motivación hasta el punto donde algo también había muerto en su interior.
Para cuando la cena terminó, la sinceridad los llevó a conocer la verdadera persona que tenían enfrente, al menos quienes habían sido y lo que tuvieron que vivir.
Compartieron el dolor que cargaban sin pavor a ser juzgados ni prejuicios hacia el otro. Entendían perfectamente que el sufrimiento no conoce de escalas ni mediciones, mucho menos de permisos y aceptaciones. Lo que se lleva dentro es muy íntimo, muy personal, de una formación tan única como especial que hacía imposible a los demás ser capaces de deducir o razonar si una situación era merecedora de consentimiento en relación a otra o incluso, intentar sentenciar si un dolor es objetivo. ¡Qué atrevimiento! Mas conociendo lo absurdo del concepto. La gente juzga, ambos lo sabían, pero esa noche se atrevieron. La obra había finalizado y el teatro quedó vacío para que los actores pudieran descansar de la interpretación de esos admirables y ajenos personajes que dedicadamente ensayaron y habían montado al principio de esa noche y tantas otras.
Ambos se veían pero la profundidad en sus miradas ahora revelaba más, mucho más. Un segundo candado se abrió al ilustrar en el reflejo de sus ojos el duelo de las almas.
Una vez fuera del modesto pero entrañable lugar, el fresco estacional de esa noche despejada los llevó lentamente a acercarse. Sin poder deducir si era por instinto o intención, si era por deseo o necesidad, incluso desconociendo el atrevimiento de sus movimientos decididos, la realidad encontró repentinamente sus cuerpos unidos y la intensidad estalló en chispazos cuando sus bocas, caderas y manos se hallaron coordinadamente en un beso, liberando tres resistentes candados, originando un fuego proveniente del mismo infierno. En medio del vehemente ritual, los demonios comenzaban su danza.
Era al menos ingenuo pensar que esas llamas se reducirían solo con un beso habiéndose permitido la oportunidad de exponerse y descubrirse simultáneamente el uno al otro.
Nada en esa noche resultó habitual, nada encajó con los parámetros impuestos de la normalidad, pero tanto ella como él lo sentían exclusivamente puro y fugaz como es la paz en tiempos de guerra.
Ante la certeza de que ya se habían desnudado al quitarse las máscaras y perseguidos por la duda de si volvería a repetirse la oportunidad, inmersos en un calor provocado por el incendio que se extendía a través de toda la piel, decidieron irse a un lugar más íntimo y neutral.
No muy lejos, en pocos minutos, apresurados, llegaron a un hotel transitorio donde la privacidad y el anonimato sería solo para con el resto del mundo ya que entre ellos la libertad y el descubrimiento iba en potencial aumento.
Luego de los simples trámites para llegar a la habitación, ella pidió unos minutos para pasar al baño y mirarse al espejo mientras él la esperaba sentado, buscando una canción en el pequeño tablero táctil al costado de la cama.
Una vez más los nervios se hicieron presentes como aquel primer momento de la noche en que ella se debatía en salir de su casa y él la esperaba ansiosamente afuera en el auto.
La tensión se cortó cuando ella salió del baño vistiendo solo una delicada lencería color negro. Alzó tímidamente su mirada para encontrar la de él que reflejaba la extraña combinación entre el instinto primitivo por lanzarse encima junto a la sensación de cuidado que le demandaba mimarla y protegerla.
El tiempo dentro transcurría con notable lentitud permitiendo detectar cada detalle, el peso se sentía significativamente más liviano, la mente hacía rato que era insuficiente para explicar los fenómenos que se sucedían, la energía respiraba por toda la habitación y los cuerpos se atraían simbióticamente.
¿Cuándo fue la primera vez que viajaste por el universo?
Él la tomó por los muslos y se sentó en la cama subiéndola encima suyo. Acercó sus labios al oído derecho de ella para susurrarle lo feliz que era al permitirle disfrutarla y expresó su mayor intención al mencionarle que deseaba descubrir aquello que más la excitaba para que el placer fuera compartido. Estas palabras, estas simples palabras la estimularon a un nivel que ninguna acción hubiera alcanzado y al sentirse contenida y escuchada liberó completamente su sexualidad, empujándolo hacia atrás para quitarle suavemente la ropa. Se le subió encima y comenzó a besarlo. Lo besó en el cuello, lo besó en el pecho, lo besó en el abdomen que se contraía al sentir la humedad de su lengua y bajó con determinación por la pelvis no sin antes que él la tomara por los hombros para voltearla y ponerse encima suyo. Este movimiento brusco rápidamente lo atenuó con una caricia y un apasionado beso. Luego se erigió sobre sus rodillas para contemplarla en silencio al tiempo que recorría con sus manos el rostro de ella, bajando por la cintura y las piernas para luego subir haciéndole cosquillas con los dedos en el vientre. Le quitó el corpiño y tomó con fuerza los senos, hundiendo su cara en ellos sintiendo como se ponían duros por la presión, mientras oía los primeros gemidos que su acompañante exhalaba en cada aliento. Ella gozaba la forma en que saboreaban sus senos y podía sentir como la erección de él crecía a tal punto que no resistió la tentación de tomarla con la mano. Hizo que se pusiera de pie y acostada sobre su espalda comenzó a succionar con vigor haciendo de la escena una obra de arte exorbitante para el hombre que no dejaba de admirarla. Muy delicadamente él quitó lo último de la lencería para atreverse en forma muy sensible a descubrir toda la intimidad de la mujer al tiempo que ella continuaba gozando el sabor de su erección.
Cuando sus cuerpos reclamaban desesperadamente la fusión en una unión más allá de la simpleza mundana, se tomaron un último instante en asegurarse ambos de la plenitud en la seguridad del otro para luego descender y acompañarse en los profundos y desconocidos abismos de la lujuria y el romance.
Ni siquiera el más reconocido y convincente sofista era capaz de relatar con su filosofía la perfecta coreografía que mantenían los cuerpos al permitirse la mutua liberación.
Intercambiaban la autoridad y la sumisión, la torpeza y la delicadeza, los rasguños y las caricias, los besos y los mordiscos, la fuerza y la ternura. Se permitían sentirse en un acogedor amor y un sexo feroz.
Ojos, oídos, manos, caderas, bocas y mentes abrieron seis de los siete candados impuestos que sellan la identidad de las personas al permitirse observarse, escucharse, mostrarse, tocarse, sentirse y conocerse como quienes eran realmente. Para cuando la vorágine del placer pasó, ambos se descubrieron abrazados cómodamente en el calor del otro. Un último candado se hizo presente cuando pensaron en el futuro, el miedo deslumbró con su protagonismo.
Las dudas, las preguntas de lo que vendrá, la inseguridad sobre el qué será, la satisfacción de lo experimentado y el temor a que no vuelva a suceder. La confusión por la dicha de lo vivido y el vacío al comprender que estaba acabando. El renacer salvaje de eso que ambos daban por muerto en su interior. La esperanza de que quizás existía otra realidad, una nueva posibilidad de ser y el temor a perderla.
Tanto ella como él decidieron manifestar y reflexionar sobre sus más íntimos y silenciosos pensamientos sin saber que terminarían por abrir el último y más complejo candado de la identidad, el corazón. Lo que conversaron fue tan inverosímil como dificultoso para cualquiera que se decidiera a estudiarlo pero a la vez tan coherente y simple para quienes lo compartieron. La comprensión de la vida misma al apreciar el instante. La serenidad genuina al habitar la naturaleza del momento abstraídos de las presiones de la sociedad, ajenos a las expectativas impuestas y dejando en el olvido el dolor de las cicatrices que acompañan pero no definen.
Concibieron la idea del presente al mismo tiempo que se permitieron ser ellos. Entendieron que no habían conocido la verdad de la existencia hasta ese instante. Experimentaron aquello que no puede definirse por más que las ciencias y la religión lo intenten. No era enamoramiento, no era amor, no había proyección de una relación, mucho menos la idea de posesión ni celos. Pero si había cariño, era inevitable el deseo de bienestar hacia el otro, la alegría de haber sido parte de su vida y la satisfacción del recuerdo propio. El miedo se había esfumado al darse cuenta de que el futuro es una ilusión. No tenía importancia lo que sucedería sino más bien lo que sucedió y la marca que dejó. Sí, una marca. Una cicatriz de apogeo tan profunda como lo eran las cicatrices de dolor. Una marca que alteró sus pasados para ofrecerles un presente digno en apostar por una nueva ilusión, un futuro distinto al que se habían condenado. Un futuro que posiblemente los llevaría por caminos separados pero eso no lo hacía estremecedor, todo lo contrario. Les permitía volver a vivir, sin ataduras, con la confianza suficiente en ellos mismos.
Todo ese cambio de paradigma, ese descubrimiento de la existencia, ese viaje por el universo solo fue posible por atreverse. Atreverse a quitar los candados y liberar los demonios, esos que nos han convencido de que son malignos cuando en realidad son los verdaderos ángeles.
Inesperadamente, en medio de toda esa existencia, abrazados desnudos en la cama, él la tomó suavemente del cuello para darle un beso y notó como el rostro de ella se volvía borroso. Sintió una presión muy fuerte en su pecho y todo lo que lo rodeaba perdió la forma hasta desvanecerse. La oscuridad total previa al amanecer. Despertó agitadamente, estaba muy cansado.
En otro continente, en una tierra distante, ella despertaba agotada de un extraño sueño donde lo último que recordaba era como se desvanecía el rostro de aquel hombre cuando intentaba darle un beso. A pesar del agotamiento que sentía debido a la vivencia que le produjo su inconsciente mientras dormía, se lamentó: “Demasiado idílico para ser real”.

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